De pronto, el ruido del tren entrando en el pequeño apeadero les hizo levantar la cabeza y, abandonando sus paseos, se pararon para calcular cuál iba a ser la portezuela más cercana por donde podrían acceder al interior de uno de los vagones. Casualmente, o quizás no, eligieron la misma puerta, el mismo vagón. Enfilaron el mismo pasillo; al sentarse él se quitó la mochila de la espalda y, mientras se acomodaba, la dejó al lado del asiento, en el pasillo por donde ella avanzaba deprisa, sin poner demasiada atención en su camino, sólo pendiente de localizar un lugar en el que sentarse. No vio la mochila, tropezó con ella y cayó hacia delante en el instante en el que el tren comenzaba a andar. – ¡Ay!
– ¡Cuidado!- de repente sintió cómo unos brazos la agarraban fuertemente para impedir que cayera al suelo al mismo tiempo que la incorporaban- ¡Lo siento! ¿Se ha hecho daño? Perdone, ha sido culpa mía, no debí dejar la mochila ahí en medio.
– ¡No se preocupe!, estoy bien, no ha sido nada; es que voy siempre muy acelerada y en las nubes.
– Siéntese, este sitio está libre… Así, subiré la mochila al portaequipajes.
– Gracias, de verdad estoy bien, no se preocupe.
Ella le sonrió levemente y él le correspondió con un gesto risueño. Creo que fue entonces cuando se miraron por primera vez, cuando su atención reparó por fin en el otro. Puedo imaginar que fue ese momento el que enredó sus caminos, mientras tras la ventanilla un cielo metálico y brillante se preparaba para ver amanecer. – No me puedo creer que vaya usted de excursión con el frío que hace. ¿Y si llueve?, o peor, ¿y si nieva?
– ¡Oh, vamos preparados! Para nosotros, los senderistas, hace un día estupendo para caminar por la sierra.
Y así siguieron charlando del tiempo, de las fiestas navideñas ya pasadas, afortunadamente, convinieron los dos, de la próxima huelga de los maquinistas…
– Bueno, hasta otro día, yo me bajo aquí; ha sido un placer charlar con usted.
– ¡Vaya, yo también me bajo aquí! Se me está ocurriendo una cosa, ¿me permitiría usted invitarla a un café?, si tiene tiempo, claro; a los jubilados se nos olvida que los demás trabajan. Yo he madrugado mucho y aún es pronto para encontrarme con mis compañeros.
Ella miró el reloj, disponía de diez minutos, un cuarto de hora lo más, le dijo; suficiente, irían a la cafetería de la estación, algún hueco habría en la barra, tiene que dejarme que la invite… perdone, ¿Cuál es su nombre?(Continuará…)
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