Cuento: Un andén en la estación (Parte 1)

          Los veo caminando por el andén, como tantas otras mañanas. Los reconozco, a pesar de que hoy arrastran sendas maletas y que de la mano de ella cuelga una niña, morenita, regordeta, como de unos ocho años; son ellos, reconocibles en la mañana estival como lo fueron durante el frío invierno. Puedo adivinar que hoy es el día, el día que fijaron para desertar de todo lo dañino, gris o injusto que hay en sus vidas. ¿Cuándo concibieron la idea de huir juntos? El momento exacto se me escapa, pero puedo imaginar cuándo sus miradas se encontraron por primera vez.

          Sería aproximadamente el mes de enero. Las Navidades habían acabado y todo volvía a la normalidad de la rutina. Hacía mucho frío esa mañana, temprano, cuando subió la cuesta, mochila al hombro, para coger el Cercanías que habría de llevarle a la sierra. Después de los excesos de las fiestas venía bien retornar a los hábitos saludables que le habían permitido traspasar la barrera de los 70 sin apenas algún achaque reseñable. Claro que su pobre Charo había compartido con él los mismos hábitos durante casi 40 años y ya hacía cinco que criaba malvas en el pequeño cementerio de su pueblo. Ya no se ponía triste cuando pensaba en su mujer; apenas si sentía una punzada de nostalgia al recordar los planes que hicieron juntos para “cuando se jubilaran”. A ella ni siquiera le dio tiempo a jubilarse; él, casi desde el primer día que abandonó su trabajo de director de una sucursal bancaria, se dedicó a retomar con entusiasmo los hobbys que por una razón u otra había arrinconado: su colección de sellos y monedas, la lectura de temas históricos, largos paseos en bicicleta o a pie… Siempre le había gustado andar; sentía que entonces los pensamientos fluían en su cabeza con más dinamismo y serenidad. Por eso creyó que sería bueno apuntarse a un club de senderismo: disfrutaría de su ejercicio físico favorito además de respirar aire puro. Lo cierto es que al principio no buscó en el club nada más que eso, ejercicio, naturaleza y aire puro. Sin embargo, tras la muerte de Charo encontró también compañía y amistad; incluso algo más: cuando el dolor cedió convirtiéndose en una nostalgia dulzona, flirteó con alguna señora madura, aún de muy buen ver, nada serio, en realidad, simplemente algunas excursiones con noche en parador o en hotelito con encanto. Lo pasaba bien, sin más; había vuelto a ser el conquistador de sus años mozos, y eso le rejuvenecía, llenándolo de vida.

(Continuará….)

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