Capítulo 9 Un giro inesperado 

El doctor observaba a Laura con una mirada comprensiva. La conocía desde hacía muchos años y, tras una breve pausa, sonrió y le dijo:

 — Laura, no se trata de la menopausia. Creo que aún te falta mucho para que eso suceda. A partir de ahora, tendrás que reconsiderar algunos aspectos de tu vida.

 — ¿Cómo? Si estos malestares no son de menopausia, ¿entonces me estás diciendo que tengo algo grave? No me digas que estoy enferma; eso sería lo último que necesito ahora.

 — Cálmate, Laura. No se trata de ninguna de esas cosas. Lo que sucede es que estás embarazada.

 Laura palideció, mirando al doctor con incredulidad.

 — ¿Qué has dicho? ¿Embarazada? ¿Estás bromeando, verdad?

 — ¡No, Laura! Recuerda que soy un profesional y tomo muy en serio mi trabajo. Jamás bromearía con algo tan serio como la posibilidad de tener un hijo.

 — ¡No! ¡No puede ser! Esto no me puede estar pasando. No puedo estar embarazada; esto es imposible. ¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo? ¡No lo acepto!

 Laura comenzó a caminar de un lado a otro en el pequeño consultorio, abrumada por la noticia. No podía asimilar que estuviera embarazada de Alejandro. Era una situación inconcebible y no sabía cómo enfrentarlo. Alejandro podía ser considerado su hijo y ahora iba a tener un hijo de él; era una verdadera locura. Su vida se había convertido en un caos.

 — Cálmate, Laura. Es normal que una mujer de tu edad pueda quedar embarazada. Sin embargo, considerando la condición de tu esposo, es evidente que ese hijo no puede ser de él. Eso es lo que te preocupa, ¿verdad?

 Laura bajó la mirada. Aunque confiaba en su médico, no era fácil admitir que mantenía una relación extramarital. Sentía una profunda vergüenza.

 — Sí, lamentablemente es así. He estado sola durante años, y antes del accidente de mi marido, las cosas entre nosotros no estaban bien. Estábamos a punto de divorciarnos… Esto es muy vergonzoso. ¿Cómo le voy a decir a mi hija que estoy embarazada de su prometido?

 — ¿Qué has dicho?

 — Lo que acabas de escuchar, Alfonso. Estoy embarazada del futuro esposo de Valentina. No sabía que él tenía una relación con mi hija; todo ocurrió tan rápido que, cuando me di cuenta, ya estaba profundamente involucrada. Y lo peor es que en dos días él se casa con ella. ¿Te das cuenta de lo aberrante de esta situación?

 — Trata de calmarte, Laura. Entiendo cómo te sientes y no quisiera estar en tu lugar, pero no puedes dar marcha atrás. Ahora solo te queda cuidarte, porque a tu edad este embarazo es de alto riesgo. Además, debes decirle la verdad a tu hija, pero principalmente al padre del bebé.

 — ¡No, Alfonso! Eso no lo haré. No puedo enfrentar a mi hija y decirle que estoy esperando un hijo de su prometido. ¿Te imaginas? Me odiaría y le arruinaría la vida por completo. No podría perdonarme jamás.

 (…)

 Laura salió del consultorio de Alfonso, completamente devastada. No sabía a dónde ir ni a quién contarle lo que estaba sucediendo, se sentía atrapada en un callejón sin salida.

 Al llegar a casa, se encontró con Valentina y Ámbar, la madre de Alejandro. Se quedó impactada al ver a su hija probándose el vestido de novia que le había traído su futura suegra.

 — ¡Mamá, qué bueno que llegaste! Mira lo que me trajo mi suegra. ¿Qué te parece? ¿No se me ve divino?

 Laura la observaba en silencio, incapaz de articular una palabra. Era demasiado doloroso ver a su hija emocionada con su vestido de novia, mientras ella llevaba en su vientre un hijo de Alejandro.

 — ¿Pero madre, no vas a decir nada sobre cómo se me ve el vestido? ¿Acaso no te gusta?

 — Este… ¡Sí, claro! Te ves muy linda. El vestido es hermoso. Muchas gracias, Ámbar, pero no tenías por qué molestarte.

 — Hola, Laura. No ha sido ninguna molestia, al contrario. Me alegra que le haya quedado bien. Solo espero que el primer hijo que tenga con Alejandro sea una niña para que continúe con la tradición del vestido.

 — ¿Una hija? —exclamó Laura mientras tocaba sutilmente su vientre.

 — ¡Sí, claro! ¿No me digas que no quieres tener nietos?

 — ¿Nietos? Yo… la verdad es que…

 Laura no sabía qué decir. No se había detenido a pensar que, al casarse Valentina con Alejandro, lo más lógico sería que tuvieran hijos. Mientras tocaba su vientre, pensó:

 “¡Dios mío! Si llego a tener este hijo de Alejandro, sería el hermano de Valentina. Y si ella llega a tener un hijo con él, sería mi nieto y al mismo tiempo el hermano de este bebé. ¿Qué voy a hacer? Además, tengo enfrente a la abuela de mi hijo, que encima es menor que yo. Creo que me voy a volver loca”.

 Ámbar se acercó a Laura, preocupada por su palidez.

 — Laura, ¿te sientes bien? Te ves un poco pálida.

 — Sí, estoy bien. Necesito ir a mi habitación, si me disculpan.

 Salió apresuradamente a su habitación, pero al entrar, se dirigió directamente al baño y vomitó. Sentía que le había bajado la presión y se tuvo que sentar en el suelo, todo comenzaba a girar a su alrededor.

 La enfermera de Javier, al ver la puerta de la habitación abierta, entró sin avisar, ya que debía comunicarle algo importante a Laura. Al encontrarla casi desmayada en el suelo del baño, se acercó rápidamente.

 — Señora Laura, ¿qué le pasa? Permítame ayudarla.

 — No me pasa nada, ya estoy bien. Solo fue un simple mareo; de verdad, ya me siento mejor.

 Sandra, que no le tenía buena voluntad, la miró con desagrado mientras pensaba:

 “Umm, ¿un simple mareo? ¿No será la menopausia? Ya te estás poniendo vieja, Laura”.

 — ¿Qué te pasa, Sandra? ¿Por qué me miras así y por qué entraste a mi habitación sin tocar?

 — ¡Ay, no! No me pasa nada, señora Laura. Solo me quedé pensando en que se ve muy pálida. ¿Está segura de que se siente bien?

 — Sí, estoy bien. Además, ¿por qué tendría que sentirme mal? Siempre he sido una mujer muy sana.

 — Sí, claro, dichosa usted que se encuentra en excelente estado. Lástima que el señor Javier no pueda decir lo mismo. ¿No es verdad? — le dijo con sarcasmo mientras levantaba una ceja.

 — ¿Qué tiene que ver Javier en todo esto? Aún no me has dicho por qué entraste a mi habitación. Estoy demasiado estresada y quiero estar sola para poder descansar.

 — ¡Oh, sí, claro! Tiene razón, disculpe, señora Laura. Solo vine a decirle que el señor Javier tiene cita con su doctor hoy y necesito dinero para pagar la consulta.

 — No entiendo por qué sigue yendo a consulta si ya no volverá a caminar ni a hablar nunca más. Es una pérdida de tiempo y dinero. Pero aquí tienes el dinero y pídele al chofer que te lleve para que te ayude con su silla de ruedas.

 Sandra trató de contenerse, apretando los puños mientras lanzaba una mirada fulminante a Laura, pensando:

 “No cantes victoria, Laura. Muy pronto te llevarás una gran sorpresa”.

 Sandra se fue con el dinero y llevó a Javier a la clínica. Al llegar, el doctor lo recibió con entusiasmo.

 — Bienvenido, Javier. Te estaba esperando. ¿Cómo te sientes? ¿Listo para tus terapias?

 Javier, con dificultad, respondió:

 — Sí… doctor.

 Desde hacía tiempo, Javier estaba recibiendo terapia en secreto. Sandra había conseguido a uno de los mejores médicos para que se encargara de su recuperación. Laura, en el fondo, deseaba que él se muriera para quedarse con su fortuna. Sin embargo, nunca imaginó que, gracias a las terapias y el cuidado constante de Sandra, Javier comenzaba a recuperar el habla y, poco a poco, la movilidad de su cuerpo.

Respuestas