Capitulo 6 Un momento de calentura 

Al día siguiente, Laura bajó de su habitación, lista para dar clases en la universidad. Antes de salir, decidió pasar por el comedor para desayunar, donde encontró a su hija Valentina tomando un café. 

 —Buenos días, Valentina. ¿No piensas desayunar? —preguntó Laura. 

 —No tengo apetito, solo tomaré café —respondió Valentina con un tono de molestia. 

 —Hija, creo que tenemos una conversación pendiente con respecto a tu compromiso. 

 —No creo que haya mucho de qué hablar. Mi decisión está tomada: me voy a casar con Alejandro, te guste o no. 

 Valentina se marchó, dejando a Laura con la palabra en la boca. Laura conocía bien a su hija y sabía que no había nada que pudiera hacer para cambiar su opinión. Terminó su desayuno rápidamente, consciente de que debía estar en la universidad en poco tiempo; era otra prueba de fuego que debía enfrentar si Alejandro decidía seguir asistiendo a sus clases. 

 Al llegar al campus, estacionó su auto y se dirigió hacia la entrada, deseando llegar unos minutos antes de comenzar su clase, ya que no había tenido tiempo de preparar el tema que iba a tratar. Sin embargo, en uno de los pasillos se encontró con el profesor Emiliano, el rector de la universidad. Era un hombre maduro y atractivo, que había enviudado hace un par de años y desde entonces había mostrado interés en Laura. 

 —Buenos días, Laura. ¿A punto de dar tu clase? —preguntó Emiliano. 

 —Hola, Emiliano. Sí, dentro de diez minutos comienza. 

 —Perfecto, justo a tiempo para invitarte a un café. ¿Qué me dices? 

 —Emiliano, la verdad es que debo preparar la clase. Anoche no tuve tiempo de hacerlo y justo iba en este momento. Creo que será mejor en otra ocasión. 

 —No hay excusas que valgan. Siempre te has destacado por ser una mujer muy inteligente, así que solo necesitas entrar al salón de clases y dejar que fluya toda esa sabiduría que tienes. 

 Emiliano la tomó del brazo y la llevó casi a la fuerza hacia el cafetín de la universidad. Laura no tuvo más remedio que dejarse llevar; al fin y al cabo, era su jefe y no había problema en llegar unos minutos tarde a la clase. 

 Se sentaron en una mesa, mientras Emiliano sonreía, disfrutando de la cercanía de Laura, aunque fuera solo para tomar un café. 

 —¿Cuándo vas a aceptar mi invitación a cenar? —preguntó Emiliano. 

 —Emiliano, ya hemos hablado de eso muchas veces. Se me hace muy difícil salir de casa; debo estar pendiente del cuidado de mi esposo. Sabes que no puede valerse por sí mismo. 

 —Sí, ya sé que me lo has dicho un montón de veces, pero también sé que durante el día lo cuida una enfermera. No creo que no puedas pedirle que se quede con él solo una noche. Además, ya no es tu esposo. 

 —Te equivocas. Legalmente sí lo es, porque el divorcio no se llevó a cabo a causa del accidente tan repentino. 

 —Pero por las condiciones en las que él se encuentra, cualquier juez te daría el divorcio enseguida. ¿No te parece? 

 —Sí, eso también lo sé, pero si me divorcio de él ahora, me quedaría en la calle. Nos casamos bajo el régimen de bienes separados. La única forma de heredar su fortuna es si él llegara a fallecer; fue una cláusula que colocó en el contrato prenupcial. 

 —Ahora entiendo, pero eso no es razón para que no puedas divertirte y tratar de hacer tu vida con otro hombre. ¿No te parece? 

 Emiliano tomó su mano con ternura, mirándola a los ojos con picardía. Laura se sintió incómoda; aunque reconocía que él era atractivo y estaba en buena forma, su corazón pertenecía a Alejandro. Justo en ese momento, Alejandro pasó cerca del cafetín, decidido a continuar asistiendo a las clases de arte de Laura. Al ver a Laura junto al profesor, tomados de la mano, se detuvo y se acercó con una sonrisa irónica. 

 —Buenos días, ¿interrumpo? —dijo. 

 Laura se puso nerviosa, temiendo su reacción. Era consciente de que Alejandro era un hombre apasionado, pero también un joven inmaduro que a menudo no controlaba sus emociones. 

 Emiliano fue el primero en hablar: 

 —Buenos días, Alejandro. Por supuesto que no interrumpes, solo estaba tomando un café con la profesora Laura. 

 —Sí, ya me di cuenta. ¿Y cómo está usted, profesora Laura? —preguntó Alejandro, con un tono que denotaba tensión. 

 Laura, nerviosa, trató de disimular su incomodidad. 

 —Estoy bien, Alejandro. Si nos disculpas, el profesor Emiliano y yo estamos en medio de una conversación. 

 —¡Ah, claro! Por supuesto, entiendo. Bueno, no los interrumpo más. La espero en el salón de clases, profesora Laura. 

 Alejandro se marchó del cafetín, furioso. Estaba cansado de ocultar su relación con Laura y más aún al darse cuenta de que Emiliano le estaba coqueteando. Emiliano notó el malestar de Alejandro, pero no imaginaba la verdadera naturaleza de la relación entre ellos. 

 —No sé si son ideas mías, pero me parece que Alejandro actuó como si estuviera celoso. Si no fuera tu alumno, juraría que estaba molesto de que estuvieras aquí conmigo —comentó Emiliano. 

 —¿Celoso? ¡No para nada! La verdad es que no me di cuenta de que estuviera molesto. Creo que son ideas tuyas. Solo soy su profesora y mantenemos un trato profesional. 

 —Bueno, pero no me extrañaría que se sienta atraído por una mujer como tú. Los chicos de esa edad tienen las hormonas a mil y se encienden con facilidad al ver a una mujer tan bella como tú. De hecho, a mí me tienes encendido desde hace tiempo, solo que no has querido apagar ese fuego. 

 —Por favor, Emiliano, no comiences con eso. Es mejor que me vaya a mi aula; ahora sí se me ha hecho tarde para dar mi clase. 

 —Pero recuerda mi invitación. No me quedaré tranquilo hasta que me digas que sí. 

 Laura se levantó rápidamente de la mesa, recogió sus carpetas y su tablet, y se marchó apresuradamente. Estaba ansiosa por hablar con Alejandro; quería pedirle que renunciara a su clase. No soportaba la idea de verlo en la universidad todos los días. Aunque no necesitaba su sueldo, trabajar en algo que le apasionaba era uno de los pocos logros que había alcanzado en su vida. 

 Al abrir la puerta del salón de clases, se encontró con Alejandro, quien salió de forma sorpresiva y le dio un susto que casi la hace gritar. La tomó por la cintura y la empujó suavemente contra la pared, acercándose a su rostro mientras le susurraba: 

 —Ese profesor Emiliano jamás te hará sentir lo mismo que sientes cuando yo te toco. 

 —Por favor, Alejandro, suéltame. Alguien podría entrar y encontrarnos así. 

 —Dime que no te gusta lo que te hago cuando te tengo en la cama. Anda, dímelo. Dime que no quieres sentir cómo te doy duro mientras me pides más. 

 Era inevitable para Laura no excitarse. La proximidad de Alejandro, su olor, su piel joven, eran un detonante que la hacían perder el control. 

 —Ya basta, Alejandro. No podemos continuar así. Falta poco para que entren los demás alumnos. Te pido que me sueltes. 

 Alejandro deslizó su mano por debajo de su vestido, tocándola suavemente para excitarla. 

 —No sigas haciendo esto, por favor, Alejandro, ya déjame. 

 Comenzó a pasar la punta de su lengua por sus labios húmedos mientras le susurraba: 

 —Si aceptas que nos veamos al finalizar la clase, te dejo tranquila. O te juro que no me importará que me encuentren tocándote. 

 Laura sudaba a cántaros, sintiendo una mezcla de miedo por no querer ser descubierta y un deseo desenfrenado de que Alejandro la hiciera suya allí mismo. 

 —Está bien, al finalizar la clase hablaremos. Pero, por favor, suéltame antes de que alguien nos sorprenda. 

 —Muy bien, te esperaré como siempre cerca de tu auto. 

 De repente, la puerta se abrió y ambos se soltaron rápidamente. Era una de sus alumnas, quien había notado el trato sospechoso entre ellos. 

 —¡Disculpen, no quise interrumpir! No creí que estuvieran aquí. Como la puerta del salón estaba cerrada, pensé que no había nadie. 

 —No hay nada que disculpar. La puerta se cerró sin querer. Adelante, ya voy a comenzar con la clase. —Dijo Laura tratando de disimular su nerviosismo. 

 Alejandro tomó asiento junto a la alumna, quien lo miraba con una expresión sospechosa. Laura se veía agitada y sudorosa, lo que hacía evidente que algo extraño sucedía entre ambos. 

 Al finalizar la clase, Laura se dirigió al estacionamiento donde tenía aparcado su auto. Estaba nerviosa, mirando a su alrededor para no ser vista por ningún alumno, pero al mismo tiempo ansios

a por encontrarse con Alejandro. Sin embargo, para su sorpresa, no era Alejandro quien la esperaba, sino Valentina. 

 —¡Valentina! ¿Qué haces aquí? 

 (…) 

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