Alejandro fue a ver a Laura. Llegó hasta la habitación donde se encontraba hospitalizada y, al entrar, se encontró con un lugar que, lejos de parecer un hospital, parecía más bien un sitio abandonado por el gran deterioro que se evidenciaba en su interior y la miseria que se palpaba a simple vista.
Entró en la habitación que le había indicado una de las enfermeras y, al ver a Laura acostada en aquella cama, muy desmejorada y desnutrida, se quedó impactado, sin poder asimilar que se trataba de la misma mujer de la que alguna vez había estado enamorado y con la que había vivido los momentos más emocionantes, haciéndolo perder hasta la cordura.
Ella se encontraba despierta, con la mirada perdida, y no se había dado cuenta de su presencia. Alejandro caminó hacia la cama lentamente y, cuando estuvo frente a ella, le dijo: —Laura, soy yo, Alejandro.
Ella lo miró con una expresión algo extrañada; a simple vista, no lo reconocía. Había comenzado a olvidar muchos episodios de su vida y le costaba darse cuenta de quién era. Al ver que ella no lo saludaba y no tenía ninguna reacción al verlo, Alejandro insistió: —Laura, soy yo, Alejandro. ¿Me recuerdas?
Ella abrió los ojos sorprendida; en ese instante tuvo un momento de lucidez y logró reconocerlo. Fue como si sintiera un gran alivio al volverlo a ver, ya que estaba prácticamente abandonada en ese hospital. No había nadie que se apiadara de ella; todas sus amistades de la alta sociedad le habían dado la espalda hacía mucho tiempo. La única que le prestaba ayuda era aquella enfermera que trabajaba en el hospital y que sentía una gran lástima por ella.
—¿Me reconoces? ¿Sabes quién soy yo? —insistió Alejandro.
—Alejandro, viniste a verme —dijo con dificultad, ya que su enfermedad comenzaba a hacer estragos en todo su cuerpo.
—No sabía que estuvieras aquí; me enteré hoy por Valentina. —dijo con un nudo en la garganta. No podía creer que de aquella mujer hermosa y ardiente, no quedaba si no un despojo de persona.
Una lágrima corrió por el rostro de Laura mientras decía: —Mi hija no me perdonó; le dije que Javier no era su verdadero padre.
—¡Dios mío! Cuánto daño le hiciste a Valentina. Pero eso ya tiene que quedar en el pasado. Solo le pido a Dios que te perdone y también me perdone a mí por tantos errores que cometí.
—Perdóname, Alejandro, yo no quise hacerte daño. Me enamoré de ti de verdad, pero lo nuestro no podía ser. Había una gran diferencia de edad entre nosotros y, para colmo, no sabía que tenías una relación con mi hija.
—Yo te perdoné hace mucho tiempo. Quiero que sepas que solo vine a verte para saber si necesitas algo. Aunque he perdido todo y ya no tengo dinero, al menos puedo ayudarte con lo poco que tengo. Me duele que estés en este lugar tan horrible; me gustaría sacarte de aquí.
Laura ya no podía mover su cuerpo, así que le pidió a Alejandro: —Toma mi mano, por favor.
—¡Sí, claro! Aquí estoy cerca de ti.
—Aprecio que quieras ayudarme, Alejandro, pero ya no hay nada que puedas hacer. Lo único importante es que me has perdonado y espero que algún día mi hija también pueda hacerlo. Gracias por haberme regalado los mejores momentos que me hicieron sentir una mujer joven. Te amo… ahora voy a estar al lado de nuestro hijo.
Al decir esas palabras, Laura cerró los ojos mientras Alejandro la miraba, lleno de dolor.
—¡Laura! ¡Laura! ¡Noooo! Por favor no te mueras, no quiero perderte a ti también. —decía estallando en llanto.
Alejandro inclinó su cabeza mientras sostenía su mano y comenzó a llorar con mucho dolor en su corazón. No podía creer que Laura muriera frente a él. La enfermera que se encargaba de ella entró a la habitación al escuchar los gritos de Alejandro. Al ver aquella escena tan desgarradora, solo se acercó a él y le dio unas palmadas en el hombro mientras decía: —Lo siento mucho, pero por fin descansó de tanto dolor. Creo que Dios se apiadó de ella.
Alejandro se secó las lágrimas y le dijo a la enfermera: —Yo me voy a hacer cargo de su funeral.
—Está bien, venga conmigo, deberá firmar unos documentos para que pueda reclamar el cuerpo y darle santa sepultura. El tiempo que estuvo aquí, le tomé mucho cariño. Es una pena que haya muerto tan joven. —le dijo la enfermera sin poder contener las lágrimas.
Alejandro estaba devastado e incrédulo de que Laura, al verlo, diera su último suspiro. Todo su mundo estaba desmoronado. Lo había perdido todo.
Así fue. Alejandro, con los pocos ahorros que tenía, pagó todos los gastos del sepelio. Cremaron su cuerpo y le entregaron sus cenizas, las cuales guardó en el pequeño apartamento que había alquilado. No tenía empleo y, a pesar de que aún mantenía la sociedad con Manuel, aunque la disolviera, no le iba a quedar nada de la academia, ya que debía mucho dinero a los proveedores y Manuel, por fuerza mayor, tuvo que cancelar de su bolsillo.
Al final, tanto Laura como Alejandro pagaron con creces todo el daño que habían hecho. Laura terminó sus últimos días sola y en la más extrema miseria hasta su muerte. Y Alejandro, después de hacer todo lo que estuvo en sus manos para poder obtener la herencia de su padre, al final se quedó sin un solo centavo. Lo único que logró fue quedarse con Laura, como al principio había anhelado, pero lamentablemente hecha cenizas.
(…)
Tiempo después…
—Cariño, coloca la velita en el pastel para tomar la foto en familia —le dijo Valentina a Manuel mientras cargaba a la pequeña Katrina en sus brazos.
—Listo, ahora todos sonrían y digan: ¡Whisky!
—Todos salimos muy bien. La verdad es que somos una gran familia después de todo. Me has dado una hermosa hija y me siento orgulloso de tenerte a ti y a Javier Alejandro. —le dijo Manuel besándola en la boca.
—Tú me has hecho la mujer más feliz del mundo, mi amor. Y has sabido ser el mejor padre para mis dos hijos. No tengo cómo agradecerte tanta felicidad.
Eloísa, que se encontraba allí arreglando los últimos detalles del primer cumpleaños de la pequeña Katrina, enseguida agregó: —Pero yo he sido la mejor tía, ¿a poco no? Jejeje.
—¡Claro que sí! Tú has sido lo mejor que pudo pasarme después de mis dos hijos. Has sido una hermana maravillosa y también la mejor tía del mundo.
—Gracias, hermana. Me siento muy orgullosa de todo lo que has logrado, y sobre todo de que hayas convertido tu sueño en realidad de ser madre.
—Y también me siento feliz por ti, de que por fin te dieras una oportunidad en el amor con el primo de Manuel. Ahora todo queda en familia. Jejeje. —Dijo Valentina bromeando.
—Sí, y ya me pidió matrimonio, así que muy pronto tendremos boda. —le dijo Eloísa mostrando el anillo de compromiso en su mano.
—¡Qué felicidad! Te felicito, Eloísa, te lo mereces de verdad.
Manuel enseguida se acercó y le dijo: —Pues te felicito también, querida cuñada, pero ya yo sabía que mi primo te iba a pedir matrimonio. Le guardé el secreto, como me lo pidió, para que fuera una sorpresa. La verdad es que me siento muy feliz por ustedes. Les deseo lo mejor y que sean tan felices como lo somos Valentina y yo.
La vida les sonreía a todos. Valentina había logrado encontrar su felicidad al lado de Manuel y sus dos hijos. Eloísa, además de haberse convertido en una mujer millonaria gracias a la herencia que compartió Valentina con ella, también el primo de Manuel poseía una gran fortuna, y además, era el nuevo socio de Manuel en la academia de arte, por lo que, a partir de ahora, tanto ella como Valentina iban a vivir como verdaderas reinas.
Alejandro terminó sus días pintando cuadros y vendiéndolos en las calles. Ganaba muy poco, pero al menos le alcanzaba para comer. No volvió a ver nunca más a Valentina personalmente; solo sabía de ella a través de las publicaciones en la prensa, ya que la academia había alcanzado un alto prestigio, y era famosa en todo el país, además de dejar muy buenos dividendos que aumentaron la fortuna de Valentina.
Cuando realizaban alguna galería de arte, salía publicado en todas las redes sociales, eso causaba un dolor profundo en Alejandro, al ver que ese triunfo pudo haber sido de él. En cambio ahora, se encontraba solo y sin dinero. Tanto luchar por la herencia de su padre, y al final quedó en la más extrema pobreza.
Alejandro siempre veía las fotos de Valentina y solo se lamentaba de que, por sus errores, había perdido la gran oportunidad de haberlo tenido todo y de haber sido el hombre más feliz con ella y su hijo, Javier Alejandro. Aunque no era su hijo de sangre, era un niño al que él amaba profundamente, pero la vida también se lo había quitado, dejándolo completamente solo y arruinado. Cuando llegaba a su humilde apartamento, su única compañía eran las cenizas de Laura, con las cuales hablaba como si ella estuviera realmente presente.
Moraleja:
“El verdadero valor de la vida no se mide en dinero, sino en el amor y las relaciones que cultivamos.
La riqueza material puede desvanecerse, pero el amor, la amistad y el apoyo emocional son tesoros que perduran y nos brindan felicidad auténtica. Al final, son los momentos compartidos y los lazos afectivos los que realmente enriquecen nuestra existencia.”
Fin.

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