Capítulo 52 Sospechas de una enfermedad

Valentina la miró con los ojos llenos de lágrimas. — ¿Qué más vas a decirme? ¿Acaso no ha sido suficiente con haberme destruido la vida como lo has hecho durante todos estos años? Y aun así, tienes el cinismo de decirme que hay algo más que debo saber.

— Sí, aunque te cueste creerlo, yo me siento muy arrepentida por todo lo que te he hecho. Y no quiero que te vayas sin antes pedirte perdón.

— ¿Perdonarte? ¡Ja! Suena tan fácil decirlo. La verdad es que yo venía dispuesta a perdonarte, y no pensaba hacerlo por ti, sino por mí, para poder al fin liberarme de esta carga que he llevado todos estos años. Pero no contaba con que me iba a enterar de que ese hombre al que siempre vi como mi ídolo no es mi verdadero padre.

— Por favor, Valentina, no me dejes así. Al menos déjame morir en paz. —Valentina la miró y le dijo: — Que te perdone Dios, porque yo no puedo.

Enseguida se marchó, dejando a Laura llena de impotencia y dolor al saber que podía morir en cualquier momento sin el perdón de su hija.

(…)

Semanas después…

Eloísa ayudaba a Valentina con su vestido de novia. Había llegado el gran día que tanto esperaba; se iba a unir a un hombre completamente enamorado de ella, libre y con todo el dinero que cualquiera pudiera desear. Además, había puesto a disposición de Valentina todo sin hacer ningún contrato prenupcial, dispuesto a darle todo a manos llenas.

— Valentina, te ves hermosa. La verdad es que no pudiste escoger un vestido mejor; este sencillamente es espléndido, pareces una princesa.

— Gracias, hermanita. Significa mucho para mí que hoy, en un día tan importante como este, estés conmigo.

— Después de todo, nos tenemos la una a la otra y nadie nos podrá separar jamás. Pero…

— ¿Pero qué? ¿Qué pasa Eloísa, por qué te has puesto así tan seria?

— Es que quería decirte que, con respecto a cederme toda la herencia que te dejó mi padre, yo no estoy de acuerdo.

— ¿Pero por qué, Eloísa? Es lo más lógico; tú eres su verdadera hija, en cambio, yo fui solo una víctima del engaño de mi madre. No me parece justo que sea yo la que haya heredado todo, cuando la que debió recibir toda la herencia eres tú.

— Pero yo te quiero como si fueras mi verdadera hermana, y el habernos enterado de que no somos hijas del mismo padre no cambia las cosas entre nosotras. Además, mi padre te crio como su hija, y ya él no está, por lo tanto, ya no importa lo que tu madre haya hecho.

— Eres una persona con un buen corazón, Eloísa, y con eso ya me siento millonaria. Pero de verdad me quedaría mucho más tranquila si aceptas toda la herencia. Además, me voy a casar con un hombre que lo tiene todo y no me va a faltar nada.

— Ya te dije que no, Valentina. La herencia la vamos a dividir como lo habíamos acordado desde un principio, y ya no pienso hablar más del tema. Ahora vamos a darnos prisa porque ya Manuel debe estar abajo, esperando ansioso por su futura esposa.

— Tienes razón, es mejor que nos demos prisa.

Horas después….

Valentina y Manuel se casaron en la mansión. Fue una recepción muy íntima, donde solo habían invitado a sus amigos más cercanos, aunque por parte de Valentina solo estaban su hermana y su hijo, Javier Alejandro. La boda fue realmente muy sencilla, aunque toda la decoración fue realizada con muy buen gusto. A pesar de que ambos tenían mucho dinero, se habían enfocado en lo que más les importaba: estar juntos.

Valentina por fin había logrado encontrar la felicidad que tanto merecía, y por su parte, Manuel había logrado casarse con la mujer de quien siempre había estado enamorado.

(…)

Dos meses después…

Ya habían regresado de la luna de miel. Habían estado dos largos meses viajando por toda Europa, pero Valentina estaba ansiosa de regresar y poder abrazar a su hijo Javier Alejandro. A pesar de su felicidad con su nueva vida, su hijo formaba una parte muy importante para ella y lo único que quería era poder disfrutar tiempo con él.

— Me moría por verte, mi niño. ¿Y cómo te portaste con la tía Eloísa?

— Me porté muy bien. Pero te eché de menos; estuviste muchos días viajando y eso a veces me ponía muy triste.

— Bueno, cariño, pero ya estoy aquí contigo y ya no me voy a separar más de ti. Ahora sube a tu habitación y ve a ver todos los regalos que te traje.

— ¡Viva!

El pequeño subió las escaleras a toda prisa mientras Valentina le decía a Eloísa: — Gracias por cuidarlo, hermanita. No sabes la falta que me hiciste. Pero a ti también te traje unos regalitos que estoy segura te van a encantar.

— Gracias, Valentina. Sabes que lo cuidé con todo el gusto del mundo; además, ese chiquillo es un angelito.

— Qué bueno, me alegro mucho.

— Pero mira lo que les preparé: una cazuela de mariscos, como tanto te gusta. Bueno, espero que a ti también te guste, Manuel, porque lo hice con mucho cariño.

— ¡Claro que sí me encanta! Muchas gracias querida cuñada por este recibimiento.

Todos se sentaron a la mesa, pero de pronto Valentina comenzó a sentirse mal y salió corriendo al baño. Al cabo de unos minutos regresó y Manuel le preguntó preocupado: — ¿Pero qué te pasa, cariño? ¿Te sientes bien?

— Bueno, la verdad es que no sé si fue el cambio de horario o el vuelo, pero sentía unas náuseas horribles. Y no te ofendas, hermanita, pero el olor a mariscos me provocó ganas de devolverlo todo.

Eloísa y Manuel se miraron extrañados mientras ella decía: — Si no supiera que no puedes embarazarte, juraría que estás embarazada.

— ¡Por Dios! Eso es imposible; el médico claramente me dijo que yo no podía tener hijos y en todo el tiempo que estuve casada con Alejandro nunca pude salir embarazada.

Manuel, sonriendo, exclamó: — ¿Pero no buscaste una segunda opinión médica? A veces los médicos también se equivocan. Deberías verte con otro doctor y realizarte nuevos estudios.

— Tienes razón, mañana mismo lo haré. Pero por lo pronto creo que comeré otra cosa que no sean mariscos.

Todos sonrieron, pero Valentina se quedó pensativa. “Es imposible que esté embarazada, el médico me dijo claramente que yo no podía tener hijos.”

Al día siguiente…

 Manuel llevó a Valentina a la clínica a primera hora, ella quería aprovechar para hacerse un estudio completo y así saber a qué se debía realmente su malestar.

Estaba muy nerviosa, porque estaba segura de que no podía tratarse de un embarazo, lo que hizo que se imaginara que tal vez podía estar enferma.

Sentía miedo de que ahora que por fin había alcanzado la felicidad con un hombre que la amaba sinceramente, pudiera estar padeciendo de alguna enfermedad.

(…)

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