Capítulo 50 Un año después

Un año después…

Alejandro vivía devastado ya que Valentina había cumplido con su amenaza y había denunciado a Ámbar de asesinato. A raíz de los acontecimientos y las sospechas que tenía especialmente el abogado de la familia, quien además había sido un gran amigo de Gustavo, la policía comenzó a investigar todo lo relacionado con la muerte del padre de Alejandro. Tras un exhaustivo análisis de las pruebas encontradas después de tanto tiempo, llegaron a la conclusión de que había muerto por envenenamiento.

Sin embargo, en ese entonces, Ámbar se encargó de pagar una fuerte suma de dinero al médico forense para que no hiciera público el informe de la autopsia, en el que se leía claramente que la muerte había sido provocada por una sustancia venenosa que habían suministrado en pequeñas dosis en su cuerpo, provocando que muriera lentamente y de esta forma no levantar sospechas. Por supuesto, todos los responsables y cómplices de Ámbar, terminaron tras las rejas.

Además, como Ámbar se había entregado prácticamente a la bebida, su mente estaba algo perturbada y experimentaba episodios de delirios. Justamente fue en uno de esos momentos en los que ella misma confesó haber asesinado también al padre de Valentina, empujándolo desde la terraza de la clínica. Ante todo esto, el juez sentenció a Ámbar a 30 años de cárcel.

Para Alejandro, esto fue un golpe muy doloroso, ya que le costaba creer que su propia madre hubiera sido capaz de asesinar a su padre. A pesar de que ya sabía que estaba desahuciado, Ámbar había acelerado su muerte tan solo por la ambición de que Alejandro recibiera la herencia.

Fue un duro golpe para él, no podía creer que la mujer que lo había traído al mundo, hubiera sido capaz de destruirle la vida y de haberle arrancado a su padre tan solo por dinero.

Alejandro y Valentina terminaron divorciándose, pues la convivencia se había vuelto insostenible tras todo lo que había hecho la madre de él. Los problemas entre ellos crecían, y en el fondo, Valentina ya no lo amaba como antes y tampoco confiaba en él.

No podía perdonarle que hubiera sido el amante de su madre y que nunca le hubiera dicho la verdad, casándose con ella solo por el interés de recibir la codiciada herencia, que al final perdió por completo cuando se descubrió su infidelidad con Laura. Una de las cláusulas impuestas por Gustavo en el testamento establecía que si se llegaba a saber sobre alguna infidelidad por parte de Alejandro, automáticamente perdería su herencia, la cual pasaría a manos de su esposa.

Fueron días muy duros para Valentina, quien terminó refugiándose en la compañía de Manuel, el socio de Alejandro, quien siempre había estado enamorado de ella y no perdió la oportunidad de acercarse y conquistarla, ya que no había ningún obstáculo que se lo impidiera. Llevaban varios meses saliendo juntos, y Valentina había logrado sacar a Alejandro de su corazón. Estaba muy entusiasmada con Manuel, con quien estaba comenzando una relación totalmente limpia y sin ningún pasado que la perturbara.

Por su parte, no todo había sido felicidad en la mansión. Después de estar mucho tiempo postrada en una cama, Sandra, la madre de Eloísa, había fallecido, lo que unió aún más a ambas hermanas. Estaban viviendo solas en la enorme mansión, solo en compañía de Javier Alejandro y del personal de servicio.

— Valentina, te veo hoy muy contenta. ¿Cómo te fue con Manuel? —le preguntó Eloísa con picardía.

— Me fue muy bien, bueno, diría que demasiado bien. Mira la sorpresa que me ha dado. ¿Verdad que está divino? —dijo extendiendo su mano.

— ¿Qué? No lo puedo creer. ¿Entonces ya te dio el anillo? ¡Qué emoción! Pero, ¿no te parece que es demasiado pronto para casarte con él? ¿Estás segura de dar ese paso tan importante después de todo lo que te ha pasado?

— La verdad es que sí estoy segura. Creo que después de todo lo que me tocó vivir al lado de Alejandro, ya es hora de que piense un poco en mí y rehaga mi vida al lado de un hombre que verdaderamente me ama sin ningún interés económico, porque es tan rico como yo. Además, después de enterarme de que Alejandro y mi madre habían sido amantes, no podía aceptar continuar mi relación con él por más que me lo suplicó.

— Lo bueno de todo esto es que Javier Alejandro quedó bajo tu custodia y Laura no pudo seguir peleando por el pequeño, ya que tampoco es su verdadera madre. Por otro lado, Alejandro se fue y hasta ahora no hemos tenido noticias de él; creo que eso fue lo mejor que pudo haber hecho después que denunciaste a la bruja de su madre.

— Así es, ese niño ha traído una gran alegría a mi vida, al igual que Manuel. Y él lo quiere como si fuera su propio hijo; no puedo pedirle más a la vida. Con respecto a Alejandro, aún mantiene la sociedad con Manuel, pero no ha dado señales de dónde pudiera estar. Es como si se lo hubiera tragado la tierra.

— Creo que eso ha sido lo mejor para todos. La verdad es que me siento muy contenta por ti y no sabes qué felicidad me da que hayas decidido casarte de nuevo. Y bueno, en cuanto a Alejandro, es mejor que no regrese jamás.

— Pero ahora te toca a ti buscar algún chico que te guste y también hacer tu vida como la he hecho yo. Eres una mujer joven y bonita, con un futuro por delante.

— Creo que eso no es para mí. Yo me siento bien así como estoy y me da gusto vivir aquí junto a ti y a mi sobrino. Además, está muy reciente la muerte de mi madre y eso me tiene un poco triste. Lo único que me da ánimos para seguir adelante es tenerte a ti y a Javier Alejandro.

— Ya llegará el momento en que te enamores de un hombre bueno. Creo que a pesar de todo el daño que me hicieron Laura y Alejandro, nunca dejé de creer en el amor.

— Y hablando de Laura, es increíble como después de enterarse que Javier Alejandro no era su hijo, no volvió a molestarte más. ¿No sabes nada de su paradero?

— No, y es mejor así, al igual que Alejandro, es como si se la hubiera tragado la tierra. A lo mejor esos dos se encuentran juntos en este momento. No me extrañaría nada. —dijo Valentina con una expresión de desprecio mientras miraba fijamente a través de la ventana.

(…)

Valentina estaba muy lejos de la verdad, Laura había caído en desgracia. Había sido diagnosticada con una enfermedad muy extraña que hacía que los músculos de su cuerpo se fueran inmovilizando cada día. A consecuencia de su enfermedad, el hotel que había heredado de su marido lo había descuidado, lo que la llevó a declararse en quiebra.

Se encontraba completamente sola, sin ayuda de nadie y, además, sin un solo centavo. Prácticamente lo había perdido todo. Y su situación tan precaria, la obligó a internarse en un hospital público debido a la gravedad de su enfermedad. Tenía miedo de que la muerte la alcanzara en medio de su soledad.

Durante todo ese tiempo, sufrió muchísimo, el dolor físico la hizo reflexionar con todo el daño que había hecho. Estar postrada en una cama de hospital por tanto tiempo sin poder moverse, la hizo muchas veces pensar, en todo el calvario que vivió su difunto esposo Javier.

La atormentaban los recuerdos cuando ella lo insultaba y se burlaba de su condición por todo el maltrato que había recibido de él. Pero ahora que era ella la que se encontraba en una condición similar, se dio cuenta que terminó haciendo lo que tanto criticaba. Había hecho mucho daño con sus acciones, principalmente a su hija Valentina. Lo que la hacía sufrir amargamente, impotente, clamando que algún día pudiera perdonarla.

Su cuerpo no podía moverse, pero su mente estaba muy lúcida, aunque el médico le había dicho que no por mucho tiempo, ya que era una enfermedad que invadía todos los órganos del cuerpo y que eventualmente afectaría su cerebro, llevándola a un estado completamente vegetal. Por ello, había pedido a una enfermera, con quien había hecho una gran amistad, que buscara a su hija Valentina, ya que necesitaba hablar con ella antes de perder la conciencia. Tenía la necesidad de pedirle perdón.

Aquella tarde llamaron a la puerta, Valentina se encontraba con Eloísa y el pequeño Javier Alejandro almorzando en el comedor.

— Señora Valentina, disculpe que la moleste, pero la busca una señora vestida de enfermera y dice que necesita hablar con usted urgente. ¿Quiere que la haga pasar?

— Sí, por favor, hazla pasar a la sala y dile que enseguida voy a atenderla.

Valentina estaba muy extrañada, ya que no sabía de quién se trataba. Inmediatamente le comentó a Eloísa, intrigada:

— ¿Pero quién será esa mujer que me busca con tanto afán?

— ¿Quieres que vaya contigo para saber quién es?

— No, mejor quédate con Javier Alejandro y terminen de comer. Yo iré a ver de quién se trata.

Cuando Valentina llegó a la sala, se acercó con el ceño fruncido y vio que efectivamente era una mujer que llevaba puesto el uniforme de enfermera.

— Buenas tardes, soy Valentina. ¿Y usted quién es?

— Mucho gusto, Valentina. Soy la enfermera que está atendiendo a la señora Laura. Vengo de parte de ella porque está gravemente enferma y necesita verle con urgencia.

— Disculpe, señora, pero no quiero saber nada de esa mujer. Para serle franca, me cuesta creer que sea verdad lo que me dice, después de todo el daño que me ha hecho.

— Le entiendo perfectamente. Desde que la señora Laura está hospitalizada, nos hemos hecho muy buenas amigas y en todo este tiempo pudo contarme todo lo que pasó entre ustedes. Justamente por eso estoy aquí; ella necesita hablar urgente con usted antes de que pase lo peor.

Valentina no entendía a qué se refería aquella mujer; estaba totalmente sorprendida de tener noticias de Laura después de tanto tiempo en el que creía que nunca volvería a saber de ella.

— Disculpe, pero no comprendo a qué se refiere con “lo peor”. ¿Qué es lo que pasa con Laura?

La enfermera la miró con una expresión que denotaba que se trataba de algo muy grave.

(…)

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