Capítulo 43 Una dura verdad 

Valentina observaba con asombro a ambos, esperando que las palabras de Ámbar fueran simplemente el resultado de su estado de embriaguez. Desde hacía tiempo, había notado que, desde la mañana hasta bien entrada la noche, Ámbar consumía licor y pasaba la mayor parte del tiempo ebria.

— Señora Ámbar, ¿qué barbaridad acaba de decir? Por favor, deje de beber. Lo que está ocurriendo es serio y necesitamos que esté sobria más que nunca.

Alejandro, nervioso y tratando de evitar que su madre continuara hablando, intervino rápidamente, tomando a Ámbar del brazo para llevarla a su habitación y alejarla de Valentina.

— Madre, es hora de que te vayas a dormir. No necesitamos que compliques las cosas con tus comentarios absurdos.

— ¡Ya suéltame, Alejandro! Respeta que soy tu madre y aún puedo darte una bofetada, a pesar de que ya eres un hombre casado.

— Vamos a tu habitación. Es muy tarde y es mejor que descanses. Mañana será otro día y podremos hablar cuando estés más sobria.

— ¡No voy a ningún lado! Y aclaro para ambos que no estoy borracha, aunque he tomado algunas copas de vino. Pero ha llegado el momento de que Valentina sepa toda la verdad, porque está en juego mi nieto. Te advierto que pueden quitarte la herencia de tu padre, y eso no lo permitiré.

Valentina, angustiada por las palabras de su suegra, no pudo contenerse y exclamó, alterada:

— ¡Basta! ¿Qué está pasando? Necesito que me digas, Alejandro, por qué tu madre ha dicho todo esto. ¿Hay algo sobre mi hijo que no sé?

Alejandro se puso pálido, incapaz de responder, mientras Ámbar, con su habitual frialdad, se acercó a Valentina y le dijo:

— Sí, hay algo que debes saber, y creo que Alejandro es quien debe contártelo.

Antes de que Alejandro pudiera reaccionar, entró en la sala Sandra. Desde la muerte de Diego y la lectura del testamento, en el que no había dejado nada a su hija Eloísa, había caído en una depresión que la había llevado a enfermarse de cáncer, deteriorando su salud.

A pesar de todo, Valentina sintió compasión por ella y decidió que se quedara a vivir en la mansión, asumiendo todos los gastos de su tratamiento médico.

 Sin embargo, Sandra albergaba un profundo resentimiento hacia Alejandro por lo que le había hecho a Valentina. Se había mantenido en silencio para no causarle más dolor, y su enfermedad había suavizado su corazón; deseaba que Eloísa y Valentina fueran felices y se mantuvieran unidas como hermanas, para poder partir de este mundo en paz.

Al no poder dormir, había escuchado la discusión en la sala y se acercó, exclamando para sorpresa de todos:

— Es la primera vez en mi vida que estoy de acuerdo con tu madre. Es hora de que le digas a Valentina la verdad sobre lo que ocurrió entre la víbora de Laura y tú a sus espaldas.

Valentina, en ese momento, comprendió que Ámbar no estaba tan equivocada y que efectivamente había algo grave de lo que no estaba al tanto.

— ¡Dios mío! ¿Qué significa esto? ¿Tú también estás enterada, Sandra? ¡Díganme qué está pasando! ¡Alejandro, termina de hablar de una vez!

— Valentina, por favor, cariño, necesito que te calmes. Es mejor que hablemos en privado para poder explicarte lo que sucede.

No podía faltar Eloísa, quien al no encontrar a su madre en la habitación, había salido a buscarla por toda la casa y se encontró con todos reunidos en la sala. Valentina al verla llegar preguntó con hostilidad, ya que estaba fuera de control por el misterio que se estaba cocinando a sus espaldas:

— No me digas que tú también sabes lo que está pasando, Eloísa, porque todos parecen estar al tanto de algo que yo ignoro.

Eloísa se sorprendió por la actitud de Valentina, ya que era la primera vez que ella la trataba de esa manera. Efectivamente, Sandra le había contado todo lo que había presenciado entre Alejandro y Laura, pero no se atrevió a decírselo a Valentina por miedo a que no le creyera y la echara de la mansión. Ante la grave enfermedad de su madre y la falta de un lugar a donde ir, prefirió guardar silencio.

— Hermana, yo… la verdad es que prefiero no opinar, pero quiero que sepas que no deseo que nada te haga sufrir.

— ¿Y tú, Alejandro? ¿No piensas decirme la verdad?

— Sí, Valentina, pero por favor, hablemos en privado.

— ¡No pienso moverme de aquí! Al parecer, todos están enterados de algo que yo no sé, así que no veo razón para hablar en privado. ¡Dime de una vez qué está pasando!

Alejandro bajó la mirada, incapaz de enfrentar a Valentina. Había llegado el momento que tanto había evitado durante años.

— Valentina, antes de decirte la verdad, quiero que sepas que te amo con toda mi alma y que nunca fue mi intención hacerte daño.

— Deja de darle vueltas al asunto y termina de hablar. ¡Estoy esperando! —gritó, histérica.

— Antes de conocerte, tuve un romance con Laura.

— ¿Qué estás diciendo? ¡Dime qué barbaridad estás diciendo!

— Perdóname… No sabía que tú eras su hija, y ella tampoco sabía que yo era tu prometido en ese entonces. Todo fue una jugada del destino.

Valentina se dejó caer en el sofá, impresionada y sin poder hablar. Estaba aturdida, incapaz de asimilar lo que Alejandro le estaba revelando. A los pocos segundos, lo miró con los ojos llenos de lágrimas y le dijo:

— Entonces, eso significa que tú eras el amante secreto de mi madre, a quien ella ocultaba con tanto celo… entonces… ¡No puede ser lo que estoy pensando! ¡No puedo creerlo! Entonces, Diego Alejandro… ¿Diego Alejandro es hijo tuyo y de mi madre?

(…)

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