Capítulo 45 Cara a cara 

El cambio de actitud de Valentina había sido radical. El dolor de la traición de Alberto y su madre, le había causado un dolor inmenso, y solo sentía sed de venganza. No podía creer cómo había estado engañada tantos años por el único hombre que había amado tanto.

Mientras Valentina se encontraba con el abogado Gómez discutiendo los términos de la demanda contra Alejandro, él ya estaba en la academia desde muy temprano. Como era lógico, no había dormido en toda la noche; estaba atormentado por todo lo que sucedía.

Además, lo de su madre lo tenía descontrolado; aún no asimilaba que ella fuera responsable de la muerte de Javier. La dejó en el hotel, recomendándole que no saliera de allí, temiendo que Valentina cumpliera con sus amenazas y avisara a la policía. Por muy culpable que fuera Ámbar de toda la desgracia que había pasado, era su madre y le dolía cualquier cosa que le sucediera. Se encontraba entre la espada y la pared.

Entró a su oficina, ordenando las carpetas que tenía sobre el escritorio. Se sentía aturdido, se sirvió un café y, cuando estaba a punto de tomar un sorbo, la puerta se abrió de repente. Él brincó de la impresión, derramándose el café encima. Con tanto tormento en su mente, se había olvidado por completo de que Laura comenzaba a trabajar como su asistente.

—Hola, buenos días, Alejandro. Vine puntual a mi primer día de trabajo. Tú me dirás por dónde debo comenzar —dijo, plantándose frente a él con una sonrisa, como si nada hubiera pasado.

—Pensé que ibas a tener un poco de sentido común y no te ibas a aparecer en la academia —le respondió Alejandro, limpiándose los restos de café.

—No tienes que tratarme así, Alejandro. Yo no soy la única culpable en todo esto. Sabes perfectamente que, de no ser por tu madre, hoy mi hijo estaría conmigo.

—Todo esto está muy mal —decía, llevándose las manos a la cabeza—. Jamás imaginé que todo esto terminaría así. Mi vida se ha destruido por completo.

—Pero, ¿acaso tuviste problemas con Valentina?

Alejandro golpeó el escritorio y le dijo molesto:

—Ya puedes estar contenta. Valentina ya sabe toda la verdad.

Laura se quedó asombrada; no se esperaba que la verdad se descubriera tan pronto.

—¿Qué has dicho? ¿Entonces ya sabe que tú y yo fuimos amantes?

—Sí, lo sabe absolutamente todo y, además, también sabe que Javier Alejandro es mi hijo.

—¿Y cómo se enteró? Porque te juro que yo no tuve nada que ver en eso.

—Lo sé, mi madre fue la que se encargó de contarle toda la verdad.

—¿Tu madre? ¿En serio? Esa bruja de Ámbar está loca. Pero, en el fondo, me alegro de que Valentina sepa la verdad; es lo mejor para todos.

—Solo piensas en ti. No te importa el sufrimiento de tu hija; solo estás pendiente de lo que a ti te conviene. Y quiero que sepas que ya no es necesario que trabajes para mí, porque ya he perdido lo que más me importa en la vida, así que ya no puedes chantajearme.

—Pero eso no te va a librar de que me regreses a mi hijo; de eso puedes estar seguro.

Mientras Laura y Alejandro discutían en la oficina, Valentina llegó de sorpresa a la academia. Quería hablar con Alejandro y contarle lo que el abogado le había dicho sobre la muerte de su padre. Al llegar al pasillo, se dio cuenta de que la puerta de la oficina estaba entreabierta, así que decidió entrar, llevándose una gran sorpresa al encontrarse frente a frente con Laura después de tantos años sin saber de ella.

—¿Pero qué significa esto, Alejandro? No esperaste mucho tiempo para salir corriendo a los brazos de esta mujer que no puedo llamar madre.

Alejandro se levantó de la silla sorprendido; no se imaginaba que, después de todo lo que había pasado la noche anterior, Valentina se apareciera en la academia.

—¡Valentina! No es lo que estás pensando; por favor, déjame explicarte. Necesito que me permitas hablar. Estás pensando mal; yo…

Laura intervino de inmediato:

—¡Valentina! Tantos años sin vernos. Estás hecha toda una mujer. ¿Y no piensas saludar a tu madre? —dijo con sarcasmo. En ese momento, tenía sentimientos encontrados; veía a Valentina sintiendo que ella le había quitado al hombre que amaba y a su hijo, pero al mismo tiempo, era su hija, y en el fondo la quería.

—¡No seas cínica! —le respondió Valentina con una expresión de odio—. ¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma después de todo lo que me has hecho? Y encima te presentas aquí, apenas a unas horas de que Alejandro se fuera de mi casa. ¿A qué has venido? ¡Ah, ya sé! Viniste a consolarlo, ¿no es así?

—Pues no es así. No dejaste que Alejandro te explicara el motivo de mi presencia aquí, y por si fuera poco, me estoy enterando por lo que acabas de decir que Alejandro te dejó.

—Te equivocas; Alejandro no me dejó, yo lo eché de mi vida porque no puedo permanecer casada con un traidor que me fue infiel con mi propia madre. Pero si todo es un malentendido, ¿me puedes explicar qué haces aquí?

—¡Ah! Ya veo que Alejandro no te dijo que, a partir de hoy, voy a ser su asistente personal.

Valentina puso una expresión de horror; cuando creía que ya había visto suficiente, ahora se encontraba con esta nueva noticia:

—¿Qué estás diciendo? ¿Eso es verdad, Alejandro?

Alejandro palideció; las piernas le temblaban de los nervios. Las cosas se habían salido de control y ya no soportaba más la presión que le generaba el regreso de Laura. En ese momento, sintió un dolor intenso en el pecho y ya no pudo permanecer de pie. Se fue desvaneciendo poco a poco hasta caer al piso ante la mirada horrorizada de ambas.

Valentina fue la primera en acercarse a él para ayudarlo, gritando desesperada:

—¡Alejandro! ¡Alejandro! ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? ¡Dios mío, creo que es un infarto!

Laura estaba aterrada, inmóvil, observando la escena, hasta que los gritos de Valentina la hicieron reaccionar:

—¡No puede ser! Voy a llamar a emergencias para que envíen una ambulancia.

Después del fuerte dolor en el pecho, Alejandro perdió el conocimiento, quedando desmayado en los brazos de Valentina. Ella lloraba desesperada, sin entender lo que le estaba pasando.

Alejandro había sido ingresado de emergencia en la clínica, mientras Valentina se encontraba en la sala de espera al lado de Laura. Ambas estaban en silencio, solo esperaban que el médico saliera para darles información sobre el estado de salud de Alejandro.

Manuel llegó de repente, ya que Valentina lo había llamado a su celular para darle la noticia. Al llegar a la sala de espera, se encontró con ambas mujeres, pero él no sabía nada de lo que pasaba entre ellas y mucho menos que Laura era la madre de Valentina.

—Valentina, vine lo más rápido que pude. ¿Pero qué le pasó a Alejandro? ¿Cómo está? ¿El médico te ha dicho algo?

—Hola, Manuel. No, aún no ha salido nadie de la sala de emergencia. Estoy muy nerviosa porque no sé si se trata de un infarto; lo vi muy mal.

—Tranquila, Valentina. Aquí estaré hasta que tengamos noticias de Alejandro. ¡Ah! Ya veo que conociste a Laura, la nueva asistente.

Valentina le lanzó una mirada llena de coraje a Laura, lo que sorprendió a Manuel.

—¿Pero qué pasa? ¿Por qué te has puesto así?

—Porque esa mujer es mi madre.

—¿Qué has dicho? ¿Cómo que Laura es tu madre? Pero Alejandro no me dijo nada. La verdad es que no comprendo.

—Es una historia muy larga y, la verdad, no es el momento para hablar de eso, pero ya llegará el momento adecuado para contarte la verdad.

Laura se acercó a donde estaban ambos y, al ver a Manuel, lo saludó con amabilidad:

—Hola, Manuel. ¿Cómo estás?

—Laura, la verdad es que estoy sorprendido. No sabía que eres la madre de Valentina. No entiendo por qué no me lo dijiste antes.

—Pues… la verdad es que en otro momento podemos hablar de eso.

—Bueno, ya veo que hay muchos secretos en esta familia de los que no estoy enterado, pero está bien. Espero que algún día me puedan contar todo.

De pronto, salió el doctor de la sala de emergencia:

—¿Quién es la esposa del señor Alejandro?

Valentina le respondió, para molestia de Laura:

—Yo soy su esposa, doctor. Dígame, ¿qué le pasó a mi marido?

—El señor Alejandro ha sufrido un infarto.

—¿Qué? ¿Pero cómo se encuentra? ¿Está bien?

—El señor se encuentra estable, pero va a permanecer en terapia intensiva, ya que está muy delicado. Lo vamos a tener en observación por las próximas 24 horas.

Laura exclamó de inmediato:

—¿Y puedo verlo?

—Bueno, en realidad el señor no puede recibir visitas por el momento, pero me dijo que quiere ver a su esposa.

Laura apretó los puños, tratando de contener el coraje que sentía en ese momento. Por su parte, Valentina le dijo al doctor, para molestar aún más a Laura:

—Entonces, puedo pasar a ver a mi esposo, ¿no es así?

—Sí, por supuesto, puede pasar, pero solo cinco minutos y, por favor, trate de que el señor no se altere por nada; en su condición, sería fatal que tuviera una recaída.

Laura se quedó consumiéndose de coraje , se sentía fuera de lugar, no terminaba de aceptar que Valentina era su esposa legalmente y que además, también aparecía ante la ley como la madre legítima de Javier Alejandro.

(…)

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