Capítulo 42 Una verdad inesperada 

Horas después…

La noche había caído y Valentina se sentía inquieta. Alejandro aún no llegaba, había pasado la hora de la cena y el pequeño Javier Alejandro ya estaba en su habitación, dormido. Ella había intentado llamarlo varias veces, pero su celular estaba apagado. Le había dejado numerosos mensajes, y la preocupación crecía.

“¡Dios mío! ¿Dónde estará Alejandro? Estoy empezando a preocuparme. Él nunca llega tarde y siempre me llama si no puede estar a tiempo para la cena. ¡Ya sé! Voy a llamar a Manuel a ver si él sabe dónde puede estar.”

Justo cuando Valentina estaba a punto de marcar el número de Manuel, la puerta se abrió y, al ver entrar a Alejandro, exclamó, llena de alivio:

—¡Mi amor, por fin llegas! Me tenías muy preocupada. Pensé que te había pasado algo. Estaba a punto de llamar a Manuel para saber de ti.

—Lo siento, cariño. Tuve un día muy pesado en la academia. Necesito un trago doble.

—¿Un trago? Pero si tú nunca tomas licor. ¿Qué te pasa, Alejandro? Te noto extraño. ¿Acaso te pasó algo grave?

Alejandro se sirvió una copa de whisky y se la bebió de un solo sorbo, ante la mirada atónita de Valentina, que no comprendía lo que le sucedía.

Después de aquella conversación con Laura, en la que se sintió completamente descontrolado y temeroso de lo que podría suceder, había estado en su oficina pensando en cómo darle la noticia a Valentina sobre el regreso de su madre.

—Por favor, Alejandro, dime algo. Estás como si hubieras visto un fantasma. ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así?

Alejandro se tumbó en el sofá y se llevó las manos a la cabeza mientras decía:

—La verdad es que sí, acabo de ver un fantasma.

—No comprendo. ¿A qué te refieres? ¡Por Dios, Alejandro! Me vas a volver loca de angustia. ¡Habla de una vez y dime qué está pasando!

Él la miró a los ojos, sintiéndose lleno de dolor y angustia. Sabía que lo que estaba a punto de decir cambiaría la tranquilidad que habían logrado en su matrimonio. A pesar de que solo iba a revelar una parte de la verdad, no estaba dispuesto a perder a Valentina.

—Lo que pasa es que hoy en la academia recibí la visita sorpresiva de Laura.

—¿Qué has dicho? ¿Mi madre regresó? ¡Eso no puede ser verdad!

—Es cierto, se apareció inesperadamente en mi oficina. Quedé tan sorprendido como tú. Todavía no asimilo su regreso después de tantos años.

Valentina quedó en shock, incapaz de procesar la noticia. Tuvo que sentarse porque sus piernas temblaban. Siempre había estado consciente de que en cualquier momento Laura podría aparecer, pero no estaba preparada para recibir una noticia así.

—¡Dios mío! ¿Cómo es posible que apareciera? ¿Y qué te dijo? ¿Dónde estuvo todos estos años?

—No lo sé con certeza, pero lo que sí tiene claro es que quiere la custodia de Javier Alejandro.

—¡No! Eso jamás. Ella nos lo dio en adopción, no puede venir después de cinco años a quitarnos a nuestro hijo. ¿Se lo dijiste, no es verdad? ¿Le hablaste claro?

Alejandro se encontraba entre la espada y la pared. No podía oponerse a Laura, ya que ella estaba dispuesta a contarle toda la verdad a Valentina sobre su relación. Así que no le quedaba otra alternativa que tratar de convencer a Valentina de que accediera a darle la custodia del niño, aunque eso le partiera el corazón.

—Valentina, cariño, ¿recuerdas que siempre me decías que debíamos decirle la verdad a Javier Alejandro sobre su verdadero origen? Que estabas dispuesta a asumir que en realidad eres su hermana.

—Sí, ¡claro que lo recuerdo! Siempre terminamos discutiendo porque nunca estuviste de acuerdo en que le contara la verdad al pequeño. ¿No me digas que ahora has cambiado de opinión?

—No se trata de que haya cambiado de parecer, sino de que no podemos tapar el sol con un dedo. Laura es la madre del niño y no se va a quedar tranquila hasta que pueda recuperarlo.

Valentina caminaba de un lado a otro de la amplia sala, fuera de control. Aquella noticia la había puesto muy nerviosa y lejos de estar feliz de que su madre apareciera, ante esas circunstacias, hubiera preferido no volver a saber de ella. Amaba a Javier Alejandro como si fuera su verdadero hijo y no estaba dispuesta a perderlo.

Además, su relación con Laura nunca había sido la mejor. La quería porque era su madre, pero siempre habían tenido muchas diferencias. Valentina nunca estuvo de acuerdo con que ella tuviera un amante mientras su padre estaba postrado en una silla de ruedas precisamente por su culpa. Sin embargo, lo que Laura no sabía era que ese amante secreto era Alejandro.

—La que ha cambiado de opinión he sido yo. Es verdad, al principio estuve de acuerdo en contarle la verdad al niño, pero de ahí a que mi madre nos lo quite, hay un trecho muy grande. ¡No estoy dispuesta a perderlo! Esa es mi decisión final.

—Mi amor, por favor comprende, Laura ya puso todo en manos de abogados y está dispuesta a hacer cualquier cosa por quedarse con la custodia.

—¿Y qué me estás tratando de decir? ¿Piensas entregarle a nuestro hijo sin antes luchar por él?

—Ella dice que podemos seguir viéndolo, pero que quiere llevárselo a vivir con ella.

Valentina miró a Alejandro, impactada por su comentario. No podía creer que él se rindiera tan fácilmente sin importarle que podían perder al pequeño. Estaba incrédula de ver con cuanta facilidad había aceptado el regreso de Laura a sus vidas.

—Te desconozco. Otro hombre en tu lugar lucharía hasta el final por el niño, pero tú estás tomando una actitud muy cómoda, como si en el fondo quisieras entregarle el niño a mi madre.

—¡No! Claro que no, no se trata de eso…—decía con desesperación llevándose las manos a la cabeza.

—¿Ah, no? ¿Y entonces de qué se trata? ¿Acaso hay algo más que yo no sepa? Porque de lo contrario, no comprendo tu actitud tan relajada.

Alejandro se quedó callado y, en ese momento, entró a la sala Ámbar. Ella iba por un trago y se sorprendió al verlos discutiendo a esa hora de la noche y en medio de la sala.

—¿Pero qué extraño? ¿No están dormidos? Yo bajé por una copita de vino para relajarme y dormir. ¿Qué les pasa? ¿Por qué tienen esas caras de tragedia?

Alejandro la miraba con odio, ya que gran parte del problema que enfrentaban era culpa de ella. Sin embargo, no podía reclamarle nada delante de Valentina. Lo que sí tenía que decirle era que Laura había aparecido y no estaba muerta, como ella creía. Según la versión de Laura, Ámbar la había mandado a matar.

—Mamá, Laura fue hoy a buscarme a la academia.

Ámbar frunció el ceño y exclamó:

—¿Qué barbaridad acabas de decir? Eso no puede ser verdad, Laura está muerta.

Valentina, sorprendida por el comentario de su suegra, le preguntó:

—¿Y de dónde saca usted que mi madre está muerta? En todo este tiempo nunca supimos de su paradero, pero tampoco recibimos noticias de que le hubiera pasado algo grave como para pensar que estuviera muerta. ¡Es absurdo su comentario!

—Es que… es que… bueno, en vista de que no había aparecido, lo más lógico era pensar que estaba muerta. Pero todo esto es una broma de mal gusto, ¿no es así, Alejandro? Esa mujer no puede aparecer de la nada después de tantos años.

—No, madre, lo que acabo de decirte es la verdad. Laura regresó y quiere la custodia de Javier Alejandro.

—¿Qué? ¿Quiere a mi nieto? ¡Eso no se lo voy a permitir! Tú puedes luchar y evitarlo. Sabes que tienes el poder para hacerlo, ese hijo lleva tu sangre.

En medio de la desesperación que sintió Ámbar por el regreso de Laura, se le escapó decir delante de Valentina una verdad que Alejandro no quería que ella descubriera y que pensaba mantener oculta hasta su último respiro para no perder a Valentina, la única mujer que amaba con todo su ser.

Valentina los miraba a ambos, aún sin entender qué había querido decir su suegra con ese comentario tan fuera de contexto.

(…)

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