Capítulo 37 La carta de Laura 

Alejandro había llegado con Valentina a la mansión. Al encontrarse con su hermana Eloísa, ambas se abrazaron de inmediato y comenzaron a llorar por la trágica noticia de la muerte de Javier.

Mientras tanto, Sandra permanecía sentada, con la mirada fija en un punto de la pared, llorando en silencio y completamente devastada.

—¿Cuándo te enteraste? —le preguntó Eloísa.

—Nos acabamos de enterar. Esto es una pesadilla; todavía no puedo creer que papá ya no esté con nosotros. Debe ser que resbaló y cayó al vacío, porque mi padre no era un hombre que pensara en suicidarse. Además, no tenía motivos para hacerlo, ya que mi madre acaba de darle un hijo varón. Eso era una razón suficiente para seguir viviendo.

Justo en ese momento, Ámbar bajaba por las escaleras. Tenía una expresión algo frívola, pero trató de ser lo más diplomática posible al hablar con Valentina.

—Qué bueno que llegaron; los estaba esperando.

Valentina corrió hacia Ámbar, preguntándole desesperada:

—¿Usted sabe lo que pasó realmente con mi padre? Por favor, dígame lo que sea; necesito saber la verdad sobre su muerte.

—Querida, solo estaba de visita en la clínica para conocer el estado de salud de Laura y de su bebé. Y para mi sorpresa, me encontré con una multitud de gente en la calle alrededor del cuerpo de tu padre. Pregunté a algunos de los presentes qué había sucedido, y me dijeron que había caído de la terraza. ¡Ay, qué calamidad! La verdad es que es algo horrible. ¿Te imaginas? Su esposa acaba de darle a luz un varoncito y él muerto en medio de la calle. ¡Qué horror!

Alejandro estaba muy nervioso, pues aún no lograba descifrar lo que realmente había pasado con Javier. Miraba a su madre y sentía que ella no podía haber causado su muerte. Sin embargo, había mucha confusión y solo quería saber qué había pasado con Laura y su hijo. Se acercó a ella disimuladamente para que Valentina no sospechara de su interés y le preguntó:

—¿Y cómo está la señora Laura y el bebé? Porque me dijiste que había tenido un varoncito.

Ámbar, con una sonrisa y una mirada llena de malicia, le respondió:

—Justamente de eso quería hablarles a ambos, pero a solas. Si no te molesta, Eloísa, ¿por qué no llevas a tu madre a la cocina y le preparas un té? Creo que eso le puede calmar su estado de nervios. Así aprovecho para hablar con mi hijo y Valentina sobre algo muy importante que deben saber.

—Sí, señora Ámbar, por supuesto. Después hablamos, Valentina, con su permiso. —dijo Eloísa con humildad, sin embargo, había algo que no terminaba de gustarle de Ámbar, pero en ese momento no quiso darle importancia y se enfocó en su madre que estaba devastada.

Valentina, llena de ansiedad y en medio de un ataque de nervios difícil de controlar, se acercó a Ámbar y le dijo:

—¿Qué pasa con mi madre, señora Ámbar? Me tiene muy nerviosa y Alejandro no ha querido decirme nada. ¿Acaso le pasó algo malo?

Ámbar la tomó por los hombros y acarició su cabello mientras le decía con palabras pausadas, ante la mirada ansiosa de Alejandro:

—Querida Valentina, debes tomar esto con calma. Lamentablemente, cuando tu madre supo de la muerte sorpresiva de tu padre, al parecer entró en una crisis nerviosa y decidió irse de la clínica, dejando abandonado a tu hermanito.

La cara de Alejandro era un poema, pero no dijo nada, ya que quería que su madre terminara de explicar lo que había sucedido. Sabía en el fondo que todo había sido su plan y no se atrevía a opinar hasta poder hablar en privado con ella.

Para Valentina, fue una noticia sorprendente que le causó mucho asombro, ya que conocía perfectamente a su madre y sabía que no era el tipo de mujer que actuara de manera tan irresponsable.

—¿Qué has dicho? ¿Mi madre abandonó a mi hermanito? ¡No! Me niego a creer que ella haya sido capaz de hacer algo así. Es totalmente absurdo, y mucho menos sabiendo que mi padre acaba de fallecer.

—Cálmate, querida Valentina. No culpes a Laura por lo que hizo. Hablé con el médico que la atendió en la cesárea, y me dijo que puede estar pasando por una depresión posparto. Al enterarse de la horrible noticia del fallecimiento de su esposo, le produjo una crisis nerviosa que la llevó a tomar esa decisión sin pensar en las consecuencias. —dijo con seguridad intentando convencer a Valentina. — Sin embargo, antes de irse, dejó en la habitación de la clínica una carta dirigida a ti. Creo que eso te puede ayudar a entender muchas cosas sobre su drástica decisión.

Valentina, entre sollozos, le dijo:

—¿Una carta? ¿Y dónde está? Necesito leerla y entender todo este laberinto tan horrible que me ha tocado vivir en los últimos días.

—Toma, querida, aquí está. Puedes leerla en privado si eso te hace sentir mejor.

Valentina tomó la carta y la leyó desesperadamente, sin prestar atención a las palabras de Ámbar; solo quería respuestas que le ayudaran a asimilar y entender el porqué de la decisión de su madre.

“Querida Valentina, cuando estés leyendo esta carta, estaré muy lejos de ti, pero confío en tu madurez y sentido común; siempre me demostraste ser una niña muy segura de sí misma. No quiero que me juzgues por la decisión que voy a tomar, pero el fallecimiento tan repentino de tu padre me ha causado una pena muy grande y no puedo soportar su ausencia.

Por eso, te otorgo todos los derechos sobre tu hermanito, pidiéndote que lo cuides y lo adoptes como tu hijo. Creo que eso ayudará a que tú y Alejandro reciban la herencia que les dejó su padre. No te preocupes por mí; quiero alejarme de todo, no tengo la capacidad mental ni emocional para enfrentarme a la cruel realidad. Confío en ti, Valentina; te entrego un pedazo de mi vida. Y al mismo tiempo, quiero pedirte perdón por todo el daño que te he causado.

Laura.”

Al terminar de leer la carta, Valentina comenzó a llorar inconsolablemente, mientras Alejandro trataba de calmarla:

—Amor, por favor, me duele verte así, eso te hace daño. ¿Qué dice tu madre en esa carta que te ha puesto tan nerviosa?

—Se fue para siempre Alejandro. Abandonó al bebé y me pide que lo adoptemos como nuestro hijo para que, de esta forma, podamos recibir la herencia de tu padre.

Alejandro palideció y miró a su madre con coraje, con una mirada que, si hubiera podido, la habría desintegrado. No estaba de acuerdo con la forma en que ella había manejado las cosas, y aún no sabía cuál iba a ser el paradero de Laura.

(…)

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