Capítulo 36 Un nuevo dolor para Valentina 

Laura no tuvo otra alternativa que aceptar el chantaje de Ámbar. Estaba perdida; no podía regresar a la mansión ni reclamar un solo centavo de la fortuna de Javier. Se encontraba completamente entre la espada y la pared.

Ámbar la tenía en sus manos por completo. Tuvo que firmar un documento en el que cedía todos los derechos de su hijo a Valentina, dejando una carta en la que explicaba las razones por las cuales no podía quedarse con el niño, debido a su fuerte depresión tras la muerte de Javier.

 No podía reconocer que el padre del niño era Alejandro, ya que la idea era que Valentina aceptara adoptarlo creyendo que era su hermanito. Luego, debían hacer creer a todo el mundo que el niño había nacido dentro del matrimonio, para así poder reclamar la herencia.

Ámbar fue quien redactó la carta a su conveniencia, no quería cuidar cada detalle para no poner en riesgo sus planes.

— Perfecto, Laura. Con este documento quedas desligada totalmente de mi nieto. Solo falta que Alejandro y Valentina lo registren como hijo suyo, para que pueda comenzar el trámite legal y así mi hijo pueda recibir su herencia. Cuando esto ocurra, te contactaré para darte el dinero acordado y así puedas desaparecer para siempre de la vida de mi hijo y de mi nieto.

Laura estaba devastada. Se encontraba aún hospitalizada, acostada en la camilla de aquella habitación que se había convertido en una verdadera pesadilla. En cuanto al bebé, todavía permanecía en cuidados neonatales mientras se recuperaba por completo y lograba desarrollar sus órganos para ser dado de alta.

— Estás muy callada, Laura. Creo que ha sido un pacto justo. Además, deberías estar tranquila, porque ese bebé estará en las mejores manos y crecerá con su verdadero padre. Estoy segura de que Valentina le dará el amor de madre que necesita. Lo único es que ella jamás sabrá que ese niño lleva también la sangre de Alejandro. Siempre creerá que cuida a su hermanito, un niño que su madre, en medio de la depresión por la muerte inesperada de su marido, abandonó en un momento de crisis nerviosa y luego desapareció sin dejar rastro.

— Eres una demente. Lo que estás haciendo es realmente aberrante.

— Es mejor que cierres la boca, Laura, porque lo que estoy haciendo no es más aberrante que tener un hijo del marido de su propia hija. Y si me disculpas, voy a ver cómo está mi nieto.

— ¡Ámbar, espera!

— ¿Ahora qué quieres, Laura?

— El médico me dijo que me daba de alta hoy mismo, y no tengo dónde quedarme. ¿A dónde se supone que debo ir al salir de la clínica si ya no puedo regresar a mi casa?

— No te preocupes por eso. Tengo un amigo que es dueño de un hotel y me debe unos cuantos favores. Estoy segura de que él te dará hospedaje y comida. Estarás allí hasta que yo te vuelva a contactar para darte el dinero acordado del pacto que hicimos. ¿Está bien?

— ¿Y se puede saber de qué voy a vivir hasta que tú me vuelvas a contactar? ¿Y mi ropa? ¿Mi auto? ¿Y mis joyas? Todo está en la mansión. ¿O también pretendes despojarme de los únicos bienes materiales que tengo?

— ¡Calma! Te conseguiré algo de ropa. En cuanto a tu auto y las joyas, no puedo entregártelas. Eso levantaría sospechas, porque se supone que tuviste una crisis nerviosa que te hizo abandonar todo y solo te dio tiempo de dejarle una carta a tu hija. Además, apenas Alejandro tenga en su poder la herencia de su padre, te daré una cantidad suficiente de dinero como para que puedas hacer tu vida fuera del país. Quiero que estés lo más lejos posible de nuestras vidas.

Horas después…

Alejandro ya se encontraba en la casa de la playa con Valentina. Estaba ansioso y muy pendiente de su celular, esperando noticias de Ámbar. Por su parte, Valentina estaba un poco más tranquila, a pesar del dolor que llevaba dentro por no poder ser madre. Por supuesto ignoraba todo lo que estaba pasando.

— La casa es hermosa. No sabía que tus padres tuvieran esta propiedad. De haberlo sabido, nos hubiéramos venido a vivir aquí. ¿No te parece, cariño? —dijo Valentina caminando por toda la casa.

— No, mi amor. No hubiéramos podido vivir aquí, porque esta propiedad es parte de la fortuna de mi padre, y no podemos habitarla hasta que me entreguen la herencia formalmente.

— ¿Entonces quiere decir que estamos aquí de forma ilegal? ¿Y si viene alguien a sacarnos?

— No te preocupes. Solo serán unos días, y antes de que se den cuenta de que estamos aquí, ya estaremos de regreso a la mansión de tus padres.

Justo en ese momento sonó el celular de Alejandro poniéndolo muy nervioso, era la llamada que tanto esperaba pero que al mismo tiempo tenía miedo de responder. “Dios mío, es mi madre” pensó mirando a Valentina.

— ¡Cariño, responde! Recuerda que no encontré mi celular y aún no tengo noticias de mi madre.

— ¡Sí, claro! Déjame contestar; es mi madre la que llama.

Alejandro trató de disimular su nerviosismo y contestó la llamada mientras caminaba de un lado a otro, tratando de alejarse de Valentina para poder hablar con su madre.

— ¡Hola, madre! ¿Cómo está todo por allá?

— Escúchame muy bien y no me interrumpas. Tienes que hacer al pie de la letra lo que te voy a decir para que el plan funcione:

— Está bien, dime, te escucho.

— El padre de Valentina falleció.

— ¿Qué has dicho?

— ¡Cállate! Te dije que no me interrumpieras.

Alejandro estaba impactado con la noticia, mientras Valentina solo lo miraba ansiosa por saber qué estaba pasando.

— Le vas a dar la fatal noticia a Valentina y también le dirás que su madre ha dado a luz a un pequeño varoncito. Pero al enterarse de la muerte tan repentina de su padre, huyó de la clínica, dejando abandonado al bebé, y le dejó una carta en la que explica el porqué de su decisión. Y si te pregunta de qué murió su padre, le dirás que, al parecer, cayó accidentalmente de la terraza de la clínica. ¿Me has entendido?

Alejandro, con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, le respondió:

— Sí, está bien.

Enseguida colgó la llamada y, al ver la expresión de Alejandro, que denotaba que algo malo había pasado, Valentina se acercó a él, llena de angustia, mientras le preguntaba:

— ¿Qué pasa, Alejandro? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Acaso le pasó algo a mi madre?

— Valentina… cariño… es que se trata de tu padre.

— ¿Qué le pasó a papá?

— Tuvo un accidente.

— ¿Qué? ¡No puede ser! ¿Pero se encuentra bien? ¿Dónde lo tienen? Debemos regresar, necesito ver a mi padre —decía Valentina entre sollozos.

— Cálmate, mi amor. Lo que pasa es que tu padre, lamentablemente, falleció.

— ¡Nooo! Eso no puede ser. Mi padre no puede estar muerto. ¿Pero cómo es posible? ¿Cómo pudo morir? ¿Qué tipo de accidente tuvo como para perder la vida? ¡Es injusto! —gritaba entre sollozos.

— Según lo que dijo mi madre, cayó accidentalmente desde la terraza de la clínica.

— ¡No puede ser! Mi padre no pudo morir así. ¡Dios mío! Esto parece una pesadilla. ¿Y mi madre? ¿Cómo está mi madre y el bebé?

— Es mejor que regresemos y así podremos enterarnos mejor de lo que pasó.

Alejandro no tuvo el valor de seguir hablando. Estaba muy aturdido; pasaban pensamientos horribles por su mente, preguntándose si su madre tenía que ver con la muerte repentina de Javier. Sabía que ella era una mujer muy calculadora y siempre hacía su voluntad, pero no la conocía como una asesina. Estaba realmente atormentado, temiendo lo que encontraría al regresar a la mansión. Mientras conducía el auto, se preguntaba:

“¿Qué pasará con Laura? ¡Dios mío! No puedo creer que mi madre haya sido capaz de hacerle algo. Siento que esta angustia me va a matar. Solo espero que ella no tenga nada que ver con la muerte de Javier; eso sería espantoso.”

Una hora después…

Ámbar se encontraba en la mansión, esperando el regreso de Alejandro y Valentina, mientras ya le había dado la fatal noticia del fallecimiento de Javier a Sandra y Eloísa.

(…)

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