Alejandro al colgar la llamada de su madre estaba muy nervioso, no se imaginaba lo que estaba sucediendo en realidad, pero no le quedaba más remedio que obedecer lo que Ámbar le había ordenado. Estaba en juego el dinero de la herencia, sin embargo, lo que más le preocupaba era su hijo. Subió rápidamente a la habitación para buscar a Valentina y, para su sorpresa, la encontró acompañada de Eloísa, quien la estaba consolando. A pesar de la difícil situación en la que se conocieron, ambas lograron acercarse y entre ellas nació una empatía que las unió como hermanas. Eloísa era muy diferente a su madre; ella tenía buenos sentimientos y nunca estuvo interesada en la fortuna de su padre. Sin embargo, era una chica ingenua y siempre estuvo bajo el cuidado de Sandra, haciendo todo lo que ella le ordenaba. La manipulaba con mucha facilidad, pero había encontrado en Valentina un apoyo y disfrutaba mucho de su compañía. Por eso, al enterarse de que su hermana no podía tener hijos, no dudó en brindarle su apoyo de forma desinteresada, a pesar de la negativa de Sandra, quien solo se preocupaba por el dinero. Alejandro se acercó y dijo: — Valentina, necesito hablar contigo a solas. Por favor, Eloísa, ¿nos puedes dejar un momento de privacidad? — Sí, por supuesto. Lo siento, no quise importunar, pero vi a Valentina tan deprimida que no quise dejarla sola. — No te preocupes, Eloísa. Al contrario, te agradezco que estés aquí con ella. — Bueno, me retiro. Con permiso. Apenas salió y cerró la puerta, Alejandro se acercó a Valentina, tembloroso, ya que no tenía idea de lo que su madre había hecho. Justamente por eso, debía sacar a Valentina de la mansión lo antes posible. — Valentina… cariño, no me gusta verte así, tan deprimida. — ¿Y cómo quieres que esté? Mis esperanzas de tener una familia contigo se han esfumado. ¿No te das cuenta de que no soy una mujer de verdad? ¡No soy una mujer completa! —gritó, llena de dolor e impotencia. Alejandro se acercó a ella y la abrazó. Se sentía muy mal al ver su estado de nervios, mientras le remordía la conciencia pensando que Laura ya había tenido un hijo de él. — No digas que no eres una mujer completa, eso no es verdad. Eres maravillosa y en todo este tiempo me has hecho muy feliz. — Pero no te puedo dar lo que más anhelas en la vida: un hijo. ¿No te das cuenta? Y de eso depende tu estabilidad económica. Encima, por mi culpa, lo has perdido todo. — ¡Claro que no, Valentina! ¿Qué culpa puedes tener de no poder tener hijos? Si hay que buscar un culpable, ese tengo que ser yo. — ¿Y tú por qué? Tú no has hecho nada malo. Has sido un esposo encantador, me has hecho la mujer más feliz del mundo y, sobre todo, has sido fiel y leal. Te lo agradezco infinitamente. No sabes lo mal que me siento al no poder darte un hijo. Me siento horrible. A Alejandro se le hizo un nudo en la garganta, porque mientras más hablaba Valentina, más miserable se sentía. Ella se secó las lágrimas y lo miró con preocupación, sospechaba que algo le pasaba a Alejandro. — ¿Y qué era eso que tenías que hablar conmigo a solas? Te noto muy nervioso, ¿acaso pasó algo malo con mi madre? — ¡No! No ha pasado nada, tu padre la llevó a la clínica. Al contrario, venía a decirte que empacaras una maleta con algunas cosas. Quiero llevarte a un lugar donde estoy seguro de que te sentirás mucho mejor. — ¿Pero a dónde me vas a llevar? — Es una sorpresa. Quiero que nos despejemos un poco de todo este ambiente y sé que unos días lejos de esta casa nos sentarán muy bien. — Pero no podemos irnos sin saber cómo está mamá. Recuerda que papá la llevó a la clínica y quiero saber cómo está y si ya tendría a mi hermanito o hermanita. No quiero que piense que, por no poder tener hijos, no voy a estar con ella en este momento. — Amor, por favor, hazme caso. Es mejor que te despejes un poco de todo esto. Además, quiero pasar tiempo contigo a solas. Necesitamos estar juntos ahora más que nunca, y aquí, viviendo en esta casa con tus padres, no tenemos privacidad. Solo serán unos días y después regresaremos, podrás estar con tu mamá. Valentina se quedó pensativa. En el fondo, no le pareció tan mala idea. Después de saber que no podía darle hijos a Alejandro, no iba a despreciar la oportunidad de estar con él. No quería perderlo; lo amaba con locura, así que le respondió: — Está bien, cariño, tienes razón. Creo que nos hará muy bien tomarnos unos días solos para pensar. Voy a empacar algo de ropa. ¿Saldríamos hoy mismo? — Sí, en este momento. No quiero que nos tome la noche. — Está bien, nos llevaremos mi auto. Empacaré lo más rápido que pueda. Pero antes voy a despedirme de Eloísa. — ¡No, cariño! Es mejor que no le digas nada. — ¿Pero por qué no? Ella es mi hermana y se ha portado muy bien conmigo. ¿Acaso no te termina de gustar Eloísa? — No se trata de eso, cariño. Solo que no quiero que sepan dónde vamos a estar ni lo que vamos a hacer. Recuerda que su madre es un poco extraña y, sinceramente, no le tengo confianza. Además, quiero que seamos solo tú y yo a partir de ahora en todo lo que hagamos, sin involucrar a nadie más. — Está bien, cariño, tienes razón. Entiendo perfectamente que quieras vivir en otro lugar donde no tengamos siempre la presencia de mi familia. Pero algún día podremos hacerlo. Valentina comenzó a empacar ropa para ella y para Alejandro, aunque no sabía qué debía llevar realmente, ya que él no le quiso decir a dónde irían. Sin embargo, a pesar de su depresión, se sentía entusiasmada. Al principio, había pensado que, después de darle la noticia a Alejandro sobre su esterilidad, tal vez él no querría continuar con ella. Pero, sin embargo, estaba feliz de que él quisiera pasar tiempo juntos; eso los acercaría aún más. Mientras tanto, en la clínica… El cuerpo de Javier ya había sido retirado del lugar donde cayó. Ámbar estaba muy cerca de la clínica, esperando que despejaran todo para volver a entrar y buscar a Laura. Había un despliegue policial en los alrededores; restringieron el paso a la clínica y solo permitían el ingreso de emergencias y familiares de pacientes internados allí. Justamente de esa forma, Ámbar había logrado entrar de nuevo. Subió rápidamente al pasillo donde se encontraba hospitalizada Laura, pero una enfermera la detuvo: — Disculpe, señora, no puede entrar a la habitación si no es familiar de la paciente. — ¡Claro que soy familia de Laura! Ella acaba de dar a luz a mi nieto. — Bueno, en ese caso, puede pasar. Es que estamos tomando medidas de seguridad porque la policía está investigando la muerte de una persona que saltó desde la terraza. Aquí entre nosotras, la verdad es que no se sabe si fue un suicidio o si alguien lo empujó. — ¡Pero qué barbaridad! Con más razón tengo que ver a Laura. No puede quedarse sola, y por eso vine a acompañarla y a conocer al bebé. ¿Y, por cierto, puedo ver al niño? — El bebé se encuentra en cuidados neonatales, está en incubadora hasta que pueda respirar por sí solo, porque nació antes de tiempo y debe mantenerse bajo cuidados intensivos. — Entiendo. Entonces voy a pasar a ver a Laura. Con permiso. — Adelante. Ámbar abrió la puerta de la habitación y Laura, al verla, se sorprendió de que estuviera allí. — ¡Ámbar! ¿Y qué haces tú aquí? — No veo por qué te extrañas. Acabas de dar a luz y vine a conocer a mi nieto. —le dijo con una sonrisa malévola, sabía que eso causaría un gran impacto en ella. Laura se quedó paralizada al escuchar la voz de Ámbar. Un escalofrío recorrió su cuerpo, como si un viento helado hubiera invadido la habitación. Su corazón comenzó a latir con fuerza, resonando en sus oídos mientras su mente se llenaba de pensamientos aterradores. Miró a Ámbar con una expresión de terror, sintiendo que el aire se volvía denso a su alrededor. “¡Dios mío! No puede ser, Ámbar ya sabe la verdad”, pensó, mientras un sudor frío se acumulaba en su frente. El miedo se apoderó de ella, y su respiración se volvió entrecortada. Ámbar, con una mirada intensa y penetrante, parecía leer cada uno de sus pensamientos. Laura sintió que las paredes de la habitación se cerraban a su alrededor, como si no hubiera escapatoria. “¿Qué va a pasar ahora?” se preguntó, sintiendo que el mundo se desmoronaba. La posibilidad de que Ámbar conociera su secreto la llenaba de pavor, y la angustia la llevó al borde de las lágrimas. Cada segundo se sentía como una eternidad. Laura se preguntaba si podría encontrar las palabras adecuadas para enfrentar a Ámbar, o si sus propios miedos la llevarían a la desesperación. La atmósfera estaba cargada de tensión, y el silencio se volvió ensordecedor, como un presagio de lo que iba a pasar. (…)
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