Ámbar había llegado a la clínica, estaba dispuesta a todo, llegó a la sala de espera y allí encontró a Javier. Se acercó a él con sumo cuidado, consciente del coraje que seguro estaba sintiendo por el nacimiento de ese hijo que no era suyo. —Hola. ¿Cómo está Laura? ¿Ya dio a luz al bebé? Javier la miró con una expresión que denotaba el desagrado que le causaba su presencia allí, especialmente al imaginar que quizás ella ya estaba al tanto de toda la verdad. Sin embargo, no podía arriesgarse; mantener la farsa de que no sabía sobre la relación entre Laura y Alejandro era lo único que le permitía llevar a cabo su venganza contra ellos. —Laura está bien y ya dio a luz. —¿En serio? ¿Y tuvo niña o niño? —Tuvo un varón. ¿Algo más que quieras saber? —Javier, no tiene por qué ponerse así a la defensiva. Recuerde que, desde que nuestros hijos se casaron, ahora somos una familia. Deberíamos limar asperezas, aunque la verdad no comprendo el porqué de su hostilidad cuando su mujer acaba de darle un hijo varón. Javier la miraba con desconfianza; no estaba seguro de si realmente Ámbar sabía que ese hijo era de Alejandro. Decidió mantenerse callado y limitarse a responderle lo estrictamente necesario para evitar ser descubierto. Solo se quedó pensativo mientras ella continuaba hablando: “No parece estar enterada, pero de todos modos voy a tener mucho cuidado con lo que diga esa vieja metiche interesada.” Ámbar, al ver que Javier no le respondía, insistió nuevamente: —Javier, ¿pero qué le pasa? Llevo rato preguntándole si puedo pasar a ver al bebé y a Laura, pero usted está perdido en sus pensamientos. ¿Acaso le preocupa algo? —¡Por supuesto que sí! Estoy pensando que el niño, al ser tan prematuro, tiene que quedarse hospitalizado unos días más en la clínica. —Entiendo… pero, ¿puedo ver a Laura? —Ella está descansando; es mejor que por ahora la dejemos tranquila. Javier no quería que Laura tuviera ningún tipo de contacto con Ámbar o con Alejandro. No confiaba en ella y había algo en su comportamiento tan amable que no le daba buena espina. Al ver que no podía ver a Laura para hacerle la propuesta de que le entregara al niño a cambio de no contarle la verdad a Valentina y ofrecerle una buena suma de dinero de la herencia que recibiría Alejandro, decidió llevar a cabo la otra parte de su plan. —Javier, ¿le gustaría tomarse un café? —¿Un café? Qué curioso, en todo el tiempo que usted ha estado viviendo en mi mansión, jamás se ha tomado un café conmigo. He notado que me esquiva cada vez que tenemos la oportunidad de cruzarnos en cualquier parte de la casa. —Bueno, Javier, la verdad es que usted siempre está un poco malhumorado y tal vez he querido acercarme, pero usted ha puesto una barrera entre ambos. —¿Ámbar, cuál es su interés? —¿Mi interés? ¡Por favor! ¿De qué interés está hablando? No existe ningún interés, solo he querido ser amable con usted, especialmente por todo lo que ha hecho por nosotros en estos meses. No sea malito, y vamos a tomarnos un café. De todos modos, no podemos ver a Laura ni al niño, así que, ya que estoy aquí, podemos matar el tiempo con un café. ¿No le parece? Después de pensarlo bien, Javier accedió a ir con ella. Además, pensó que no perdía nada con tomarse un simple café; así podría aprovechar para sacarle cualquier información que ella supiera respecto a Alejandro y Laura. —Está bien, Ámbar, vamos a tomarnos ese café. Creo que nada malo podría pasar. Ámbar, al oír esto, pensó mientras sonreía con malicia: “¡Bingo! Caíste redondito. Ahora debo jugar mi mejor carta.” —Bien, gracias por aceptar. Permítame ayudarle a levantarse. —No es necesario, aunque todavía uso este bastón, me sé defender muy bien. Efectivamente, Javier caminaba con lentitud, pero podía desplazarse fácilmente a donde quisiera. Lo que siempre trataba de evitar era el uso de las escaleras, por eso mantenía un elevador en la mansión. Subieron en el elevador de la clínica hasta llegar al cafetín que estaba ubicado en la parte baja del edificio. Allí estuvieron por una hora; sin embargo, Ámbar no levantó ninguna sospecha en Javier. Su comportamiento era realmente normal, y hasta llegó a creer que definitivamente ella no estaba enterada de nada. —Me agrada que haya aceptado tomarse el café conmigo. ¿Se da cuenta de que no pasó nada malo? —Sí, efectivamente no debería pasar nada malo. ¿Y qué piensa ahora que mi hija Valentina no puede darle un hijo a Alejandro? Inmediatamente se vio la incomodidad de Ámbar, pero fue justo en ese momento que comenzó a llevar a cabo su plan. —Javier, le mentí. —¿Cómo es eso que me mintió? ¿A qué se refiere exactamente? —Esto es algo que me gustaría hablar a solas con usted y no precisamente aquí, rodeada de tanta gente. Es que me conozco, me voy a poner mal y no quiero que nadie me vea llorar. Además, sé que para usted no va a ser fácil asimilar lo que tengo que decirle. La expresión de Javier cambió por completo; comenzó a preocuparse, ya que se imaginó que eso tan importante que tenía que decirle Ámbar no era otra cosa que la relación que habían tenido Alejandro y Laura. —Está bien, me interesa saber lo que tiene que contarme. ¿Quiere que vayamos a otro sitio donde podamos hablar más en privado? —Sí, por favor, pero no tenemos que salir de la clínica. Aquí hay una terraza bastante grande a la que casi nadie va. La conozco porque, durante el tiempo que estuvo mi difunto esposo aquí hospitalizado, de vez en cuando subía allí a meditar un poco. ¿Quiere que vayamos allí? —Sí, me parece bien. Vamos entonces. Subieron al elevador y llegaron a la terraza que estaba en el piso veinte. Efectivamente, allí no iba nadie, y la puerta que daba acceso estaba abierta, ya que la cerradura se encontraba dañada y no le habían prestado la debida atención para evitar que alguien pudiera subir allí. —La verdad es que es inmensa la terraza, tiene una vista espectacular. —Sí, aquí venía siempre que me sentía triste, y respirar este aire puro me hacía sentir mucho mejor. —¿Y qué es eso que tiene que contarme, Ámbar? —Se trata de Alejandro y Laura. Javier palideció, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo. La miró fijamente mientras le decía: —¿Y qué es lo que pasa con mi esposa y Alejandro? Javier estaba al borde del precipicio; no había seguridad alrededor de la terraza. Ámbar se acercaba lentamente, sin que él se imaginara lo que pretendía hacer. Lo estaba distrayendo con una noticia que, para Javier, era crucial en esos momentos. —Hoy me enteré de que Alejandro y Laura eran amantes. Para Javier, fue una verdadera sorpresa que ella estuviera enterada de todo. Sin embargo, debía fingir que no sabía nada, debía actuar como si fuera la víctima en todo esto. —¿Qué está diciendo? ¿Cómo se le ocurre inventar algo así? ¡Es una locura! Eso tiene que ser una mentira. Ámbar se acercaba más a él, sin que este sospechara nada de lo que estaba a punto de hacerle. Ella seguía hablando para distraer su atención desde el sitio donde estaba parado, apoyado en su bastón. —Usted, mejor que nadie, sabe que no es mentira lo que le estoy diciendo. Ya debería dejar de fingir, Javier. Usted sabe la verdad de lo que está pasando entre Laura y mi hijo. —¡Claro que no! No sé de qué está hablando. ¿Acaso se ha vuelto loca? —No estoy loca y sé perfectamente lo que le estoy diciendo. Como también sabe que ese niño que acaba de nacer es mi nieto. —Muy bien, Ámbar, sí, es verdad. Yo estoy enterado desde hace mucho tiempo de la canallada de Alejandro con Laura. ¿Y qué quiere usted ganar en todo esto? Porque es más que obvio que se tomó la molestia de llegar hasta aquí porque tiene una carta bajo la manga, ¿no es así? —Supone bien, definitivamente es usted demasiado inteligente. —Ya no se acerque. ¿Acaso no se ha dado cuenta de dónde estamos? Ya dígame qué es lo que quiere. Javier comenzaba a ponerse muy nervioso, ya que estaba en la orilla del precipicio y muy lejos de la puerta de salida de emergencia. Sin embargo, no le pasaba por la mente que Ámbar tenía otros planes maquiavélicos en su contra. Más bien pensó que su único fin era sacarle una fuerte suma de dinero, ahora que sabía que Alejandro no iba a recibir la herencia. —Ya dígame, Ámbar, ¿cuánto dinero quiere? Porque me imagino que detrás de todo esto tiene que haber un interés económico de su parte y de Alejandro. ¿O me equivoco? —No, no se equivoca, pero en realidad lo que necesito en este momento no es la miserable cantidad de dinero que usted me pueda dar. Yo quiero a mi nieto conmigo. Quiero que Alejandro y Valentina lo adopten y, de esta forma, podremos recibir todos la herencia de mi difunto esposo. —¿Pero acaso se ha vuelto loca? Yo no voy a permitir que mi hija termine criando un hijo que es fruto de la infidelidad de su propia madre con Alejandro. ¡Eso es aberrante! Definitivamente ya me di cuenta de dónde sacó Alejandro sus bajos instintos. Eso jamás lo voy a permitir. Alejandro no tendrá a su hijo nunca mientras yo tenga vida. Tendrán que pasar por encima de mi cadáver. —¡Exacto, Javier! Y justamente así lo haré. —¡Nooooo! ¡Nooooooo! Solo se escuchó el grito aterrador de Javier mientras caía al vacío, gracias al empujón que le dio Ámbar, tomándolo totalmente desprevenido. Ella solo miró desde arriba cómo había caído sobre un auto estacionado, quedando su cuerpo completamente destrozado. Inmediatamente salió de la terraza a toda prisa, antes de que alguien pudiera percatarse de su presencia allí. Tomó el elevador y salió de la clínica como si nada hubiera pasado, se subió a su auto y miró la multitud que comenzaba a acercarse al cuerpo sin vida de Javier. Sacó su celular y llamó a Alejandro a toda prisa: —¡Alejandro! —¿Qué pasa, madre? ¿Por qué estás tan agitada? —Saca a Valentina de la mansión, no dejes que vea el celular ni las redes sociales. Vete con ella como lo habíamos planeado, llévala a la casa de la playa. Esa propiedad está sola y las llaves las puedes encontrar en mi habitación. —¿Pero qué pasa, mamá? Al menos dime qué fue lo que ocurrió. —Es mejor que no sepas nada por ahora, para que no te pongas nervioso delante de Valentina. Llévatela lejos por unos días y espera mi llamada. Cuando todo esté bajo control, yo te llamaré para que regreses a casa con ella y te hagas cargo de tu hijo. —¡Pero mamá, no me cuelgues! ¡Espera! ¡Mamá! Alejandro se puso nervioso; sin embargo, como no sabía qué estaba pasando, no le quedó más remedio que hacer lo que su madre le había pedido. (…)
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