Capítulo 31 Un parto adelantado 

Meses después… 

 Habían pasado varios meses desde que se descubrió la existencia de Eloísa, la hija escondida de Javier, quien ya estaba viviendo en la enorme mansión como un miembro más de la familia. Laura, por su parte, se encontraba en su séptimo mes de embarazo. Durante todo ese tiempo, se había mantenido apartada de Alejandro, evitando a toda costa caer de nuevo en sus bajos instintos. Solo se cruzaban cuando ella salía de su habitación, donde pasaba la mayor parte del día. A pesar de estar en su propia casa, vivía como una prisionera, ya que era incómodo toparse también con Sandra, la amante de su marido. 

 Valentina, por su parte, aún no se embarazaba, lo que tenía muy afligido a Alejandro. Prácticamente dependían económicamente de Javier, y eso le otorgaba aún más poder en la situación. La incertidumbre de no saber por qué no quedaba embarazada la llevó a decidir ir al médico para realizarse unos estudios, pero sin decírselo a Alejandro. No podía creer que habían pasado meses y ella aún no podía concebir, a pesar de que lo intentaban a diario. 

 Aquella tarde, llegó a la mansión muy cabizbaja. Se sentó en el sofá de la sala y quedó con la mirada perdida. 

 —Valentina, cariño, ¿dónde estabas? Me tenías muy preocupado. ¿Qué te pasa? ¿Por qué traes esa cara? —preguntó Alejandro. 

 Al ver a Alejandro, Valentina comenzó a llorar de repente, lo que lo preocupó aún más, ya que no tenía la menor idea de lo que podía sucederle. 

 —¿Cariño, qué pasa? ¿Acaso te hicieron algo en la calle? ¿Te robaron? ¡Dios mío! Por favor, dime qué te pasa. 

 —Alejandro… no sabes cuánto lo siento, pero es que yo… 

 —¿Tú qué? Me vas a matar de la angustia. ¿Qué pasa? 

 —Es que vengo de la clínica de hacerme unos estudios médicos. 

 —¿Pero por qué no me dijiste nada? Yo hubiera ido contigo para acompañarte. ¿Y qué te dijeron, amor? ¿Te dijeron por qué no quedas embarazada? 

 —Sí… hubo un silencio que preocupó aún más a Alejandro, Valentina estaba devastada. 

 —Dime cariño me tienes preocupado. 

 — Alejandro…lamento decirte que yo jamás podré darte un hijo. 

 Alejandro se quedó inmóvil de la impresión, pero la que pegó un grito aterrador fue Ámbar, que venía de su habitación y llegó a la sala justo cuando Valentina le daba la fatal noticia. 

 —¿Qué estás diciendo? ¿Cómo es eso que no puedes embarazarte? ¡Eso no puede ser! Tiene que haber un error. No puedes hacernos esto a mi hijo y a mí —le dijo mientras se acercaba a ella, sacudiéndola llena de coraje. 

 —¡Madre, por favor, suéltala! La estás lastimando, por favor trata de controlarte. 

 —¿Cómo quieres que me controle con lo que acaba de decir Valentina? ¿Acaso no te has dado cuenta de que si ella no te da un hijo, perdemos toda la herencia de tu padre? ¡Dios mío, esto es una desgracia! No puede estar pasando. 

 —Por favor, madre, tratemos de calmarnos. Mira en el estado de nervios que se encuentra Valentina. Trata de ser más comprensiva, por favor. 

 —¿Comprensiva? ¡Jaja! Ya veré cuando tu suegrito se canse de tenernos aquí en su casa y termine poniéndonos de patitas en la calle. ¿No te has dado cuenta de que lo hemos perdido todo? No entiendo por qué te empeñaste en casarte con esta niña que ni siquiera puede darte un hijo. 

 —¡Ya basta, señora Ámbar! No merezco que usted me trate así. He sido una buena esposa para su hijo en todo este tiempo. Me he comportado a la altura y he hecho todo lo posible para poder embarazarme. —decía Ámbar entre sollozos, estaba cansada de sentirse un objeto. —No tengo la culpa de que los estudios médicos hayan arrojado que, lamentablemente, nunca podré ser madre. Ya me siento demasiado miserable como para que usted me ataque injustamente. 

 Los gritos resonaban en toda la mansión, lo que llamó la atención de los demás. Inmediatamente, Javier, que se encontraba en su estudio, salió a toda prisa para saber qué estaba sucediendo. Laura, que prácticamente casi no salía de su habitación, también se acercó a la sala al escuchar la discusión, ya que vivía en medio de una zozobra con el temor de que en cualquier momento se descubriera la verdad. 

 —¿Pero se puede saber qué gritos son esos que se escuchan en toda la casa? —preguntó Javier, molesto—. ¿Hija, por qué estás llorando? ¿Alejandro, acaso le hiciste algo a mi hija? 

 Laura estaba de pie frente a todos, sin decir nada, solo esperando a que Alejandro o Valentina pudieran dar una explicación sobre la discusión. Pero Ámbar fue la primera en hablar, molesta e impotente al ver que todos los años que había estado casada al lado de Gustavo, soportando sus achaques y su triste enfermedad, habían sido en vano. 

 —Voy a decirle a Javier qué es lo que está pasando: su hija no podrá darle un hijo a Alejandro jamás. 

 —¿Cómo estás tan segura de eso? 

 —Porque se lo acaba de decir su médico. Ya sabía yo que mi hijo no podía ser el del problema. 

 Javier, lleno de coraje por el comentario de Ámbar, le respondió con toda la mala intención para que ella se molestara y entendiera que ahora estaban en sus manos. 

 —Entonces eso quiere decir que Alejandro no recibirá la herencia de su padre y, por lo visto, yo terminaré quedándome con la mansión, porque dudo mucho que puedan pagarme todo el dinero que he invertido en sus deudas, especialmente en la hipoteca. 

 —Yo le voy a pagar hasta el último centavo, señor Javier. 

 —¿Y se puede saber cómo lo vas a hacer, Alejandro, si no tienes ni siquiera dónde caerte muerto? 

 —¡Ya basta, señor! No le permito… 

 —Tú me permites eso y mucho más porque estoy en mi casa y aquí digo lo que me da la gana. 

 Laura, al ver que Javier comenzaba a alterarse, intervino tratando de evitar que las cosas se pusieran peor. 

 —¡Ya basta, por favor! No es necesario que discutan de esa forma. Además, mi hija está en medio de una crisis nerviosa. Les pido que se calmen. 

 Y por supuesto, no podía faltar la presencia de Sandra y Eloísa, quienes no pudieron evitar enterarse del escándalo e inmediatamente se acercaron a la sala. Eloísa, al ver a Valentina llorar inconsolablemente, sintió pena por ella y se acercó para ayudarla a levantarse del sofá mientras le decía: 

 —Vamos, salgamos de aquí. Te voy a preparar un té para que te calmes. 

 Ambas se marcharon de la sala, mientras Sandra permanecía allí. Sin embargo, Laura, al verla, no pudo aguantar el coraje de ver el cinismo por parte de ella: 

 —¿Se puede saber qué haces aquí? Esto es un problema familiar y no tienes derecho a inmiscuirte. 

 —Solo vine a ver qué sucedía porque escuché gritos desde mi habitación. Pero le informo, señora Laura, que yo también vivo en esta casa y soy la madre de la hija de Javier, por lo tanto, tengo derecho a estar informada de todo lo que pase. 

 —¡Eres una cínica! —le gritó Laura furiosa mientras tocaba su vientre, comenzaba a sentir malestar. 

 —¿Y acaso usted no lo es? 

 Javier, enseguida, gritó molesto: 

 —¡Bueno, ya basta! Se callan las dos. Sandra, por favor, vete a tu habitación. Ya es suficiente con todo el conflicto que se ha presentado. 

 Pero justo en ese momento, Laura comenzó a sentir dolores de parto. Eran contracciones fuertes que no podía aguantar. Debido al estrés y el coraje que había acumulado, se le había adelantado el nacimiento del bebé. 

 —¡Ay, tengo un dolor muy fuerte! Creo que el bebé está a punto de nacer. 

 Alejandro fue el primero en acercarse a Laura, angustiado: 

 —¿Está segura, señora Laura? 

 —¡Claro que estoy segura! Conozco muy bien este dolor, y cada vez las contracciones son más seguidas. Por favor, llévenme a la clínica urgente. 

 Javier, al ver la reacción de Alejandro, se acercó y lo agarró fuerte del brazo, mirándolo a los ojos fijamente mientras le decía: 

 —Yo me encargo de mi mujer. Es mejor que tú te ocupes de tu esposa, porque la mía está a punto de darme un hijo, ese hijo que no puedes tener con Valentina. 

 Javier apretó los puños, deseoso de darle un puñetazo en la cara. Sin embargo, trató de contenerse, ya que eso empeoraría aún más las cosas y no era el momento para desatar un conflicto mayor que pudiera poner en riesgo la vida de Laura y su hijo. 

 Salieron de la mansión a toda prisa. Javier ordenó al chofer que los llevara a la clínica donde Laura había tenido todo su control prenatal, mientras Alejandro caminaba de un lado a otro de la sala, nervioso ante la mirada sorprendida de su madre que no comprendía su comportamiento fuera de lugar. 

 —¿Pero se puede saber qué te pasa, Alejandro? Pareciera que el que va a ser padre eres tú y no tu suegro. Hay cosas mucho más importantes en qué pensar que preocuparte por Laura. Ella ya tiene quien se preocupe por ella. 

 —¡Ya basta, mamá! Es que hay cosas que tú no entiendes. 

 —¿Y qué es lo que tengo que entender, Alejandro? Aquí lo único que hay que entender es que la inútil de tu esposa no puede darte un hijo. Y sin un hijo, no puedes recibir la herencia que te corresponde. ¡Estamos en la calle, Alejandro! Tu padre fue un inconsciente al colocar esa cláusula tan absurda. Estoy hablando contigo, Alejandro. Parece que tu mente está en otra parte. 

 —¿No te das cuenta de que estoy preocupado por Laura? Prácticamente se le adelantó el parto. Es muy prematuro que tenga el bebé en estos momentos, eso pondría en riesgo la vida de ese niño. 

 —¿Y se puede saber por qué te importa tanto el hijo que va a tener Laura? ¿Y cómo es que sabes exactamente el tiempo de embarazo que tiene? Estoy esperando que me expliques, Alejandro. Porque en vez de estar preocupado por tu esposa y por todo el problema que tenemos encima, te preocupas más por la llegada de un niño que no es nada tuyo. 

 —¡Pues te equivocas, mamá! El hijo que va a tener Laura es mío. 

 —¿Se puede saber qué barbaridad estás diciendo? ¿Acaso el haberte enterado de que Valentina no puede darte un hijo te ha vuelto demente? 

 —No, mamá. Te equivocas. Estoy más cuerdo que nunca y ya me cansé de tener este secreto guardado. 

 Ámbar 

se quedó inmóvil de la impresión, no daba crédito a lo que estaba escuchando, en ese instante sentía que todo por lo que había luchado se había desmoronado en un segundo. 

 (…) 

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