Capítulo 30 La hija bastarda 

Mientras Javier estaba enfrentándose a Valentina intentando justificar su engaño durante años, Laura y Alejandro luchaban en contra de sus sentimientos y de ese deseo ardiente que no podían frenar. Sin embargo, Alejandro estaba contrariado sin saber qué hacer, no podía irse de la mansión por los momentos o Javier se quedaría con todo su patrimonio y encima enviaría a la cárcel a Laura; pero no sabía como iba a poder soportar vivir bajo el mismo techo sabiendo que Javier estaba enterado de toda la verdad. 

 — Alejandro, considero que lo más prudente será que nos marchemos, ya es tarde y Javier debe estar furioso esperándome. 

 — Laura por favor, después de todo lo que me has dicho no podemos irnos sin antes buscar una solución a esta situación. 

 — ¿Acaso no te das cuenta de que no existe ninguna solución? Javier tiene el control de todo; a mí puede enviarme a la cárcel y alegar que fue un intento de asesinato. En tu caso, acabas de firmar un documento cediendo la mansión de tus padres a cambio de resolver tus deudas. Si descubre que te he dicho la verdad, podrías quedarte sin hogar; se revelaría que soy tu amante y que estoy esperando un hijo tuyo, lo que implicaría que perderías tu herencia. Lo más doloroso es que yo perdería por completo el amor de mi hija. 

 Alejandro se llevó las manos a la cabeza, completamente desesperado; sentía que se encontraba en un túnel sin salida. Lo que Laura le advertía era cierto, ya que en una de las cláusulas que su padre había impuesto en el testamento se indicaba claramente que si se descubría alguna infidelidad por su parte, la herencia pasaría a manos de su esposa. Dadas las circunstancias, esto también implicaría perder a Valentina, quien no lo perdonaría al enterarse de su infidelidad con su propia madre. 

 Decidieron abandonar el hotel sin haber tenido un acercamiento íntimo, ya que, al enterarse de lo que realmente ocurría entre Javier y Laura, Alejandro había perdido todo deseo de estar con ella. 

 Laura detuvo el auto a unas cuantas calles de la mansión: 

 — Bájate aquí y trata de llegar a casa un poco más tarde. No quiero que nos vean llegar juntos, y mucho menos que Javier sospeche que nos hemos visto. 

 — Laura, yo… 

 — Por favor, Alejandro, bájate del auto y no digas nada. Lo mejor será guardar silencio hasta que sepa qué hacer con mi vida y, sobre todo, con este niño que llevo en mi vientre. 

 — No quiero que Javier le dé su apellido; sería una verdadera pesadilla tener que ver a mi hijo sin poder decirle que soy su verdadero padre. 

 — Lamentablemente, hemos cometido muchos errores y estas son las consecuencias. Entiende, Alejandro, no podemos hacer nada más que callar. Ya bájate del auto; no quiero que se me haga más tarde. 

 Alejandro se bajó y Laura arrancó el auto a gran velocidad; estaba destrozada, como si un hacha le hubiera partido el corazón en dos. Al llegar a la mansión, encontró a Javier y a Valentina conversando de manera alterada. Por un momento, sintió temor de que pudieran haber descubierto su relación con Alejandro. Cuando ambos notaron su presencia, se quedaron en silencio, y Laura, con voz temblorosa, preguntó: 

 — ¿Qué está sucediendo aquí? ¿Por qué tienen esas expresiones? 

 — ¿No le vas a contar a mamá lo que acabo de descubrir? 

 Al escuchar las palabras de Valentina, Laura sintió aún más miedo, ya que estaba casi segura de que su hija se refería a ella y a Alejandro. Javier, que al igual que Laura se encontraba muy nervioso, ya que no podía seguir ocultando a la hija que tenía con Sandra, miró a Laura y le dijo: 

 — Necesitamos hablar; ya le he revelado la verdad a nuestra hija. 

 Laura palideció, ya que tenía la idea fija de que todo lo que estaban discutiendo se refería a Alejandro y a ella. Escuchar a Javier decir que su hija conocía la verdad fue como recibir un balde de agua helada. Se sintió descompuesta y casi se desplomó. Sin entender a qué se referían Javier y su hija, se acercó a Valentina y le dijo: 

 — Valentina… hija, lamento mucho que te hayas enterado de esto tan vergonzoso. Quisiera pedirte disculpas porque no tengo cara para mirarte a los ojos. 

 Valentina frunció el ceño, mostrando confusión ante las palabras de Laura, y antes de que esta pudiera continuar, le preguntó molesta, creyendo que se refería a la hija oculta de su padre: 

 — Un momento, mamá, ¿qué intentas decirme? ¿Entonces tú sabías que papá tiene una hija con Sandra, la enfermera? 

 El impacto para Laura fue aún mayor, al darse cuenta de que no se trataba de lo que ella había supuesto. Enterarse de una noticia tan inesperada como esa la sorprendió aún más. Tenía sentimientos encontrados; de alguna manera, se sintió aliviada de que Valentina no estaba hablando de su relación con Alejandro, pero, sin embargo, se enteraba de una nueva traición por parte de Javier, de la cual no estaba al tanto, y que además le hizo ver que él se había burlado de ella durante todo este tiempo, al igual que Sandra, de quien nunca había confiado. 

 Javier observaba en silencio, esperando a que Laura explotara y dijera lo que tenía que expresar. 

 — ¿Qué acabas de decir? ¿Qué tu padre tiene una hija con Sandra? ¿Esa es la verdad a la que se refiere tu padre? 

 — Sí, mamá, ¡ya estoy enterada de toda la verdad! ¿Pero acaso no es eso de lo que me tenía que enterar? ¿O existe otra verdad que me han ocultado, como me ocultaron que tengo una hermana casi de mi edad? 

 Laura miraba a Javier, incrédula ante lo que él había hecho. 

 — ¿Me puedes explicar si lo que está diciendo nuestra hija es cierto? ¿Entonces tienes una hija con Sandra? ¿Esa mujer era la amante que tenías desde que nos casamos? ¡Habla, Javier! ¡Dime la verdad! 

 Javier, tomando valor, miró a Laura de frente, sin ningún tipo de decoro, ya que sentía que si él le había sido infiel con otra mujer, lo que ella había hecho con el esposo de su hija era peor. 

 — Sí, Laura, lo que nuestra hija dice es cierto. Tengo una hija llamada Eloísa que tiene la misma edad de Valentina, y es fruto de mi relación con Sandra. 

 Javier la miraba de manera desafiante, queriendo ver hasta qué punto Laura era capaz de reprocharle lo que él le había hecho. Sin embargo, para su sorpresa, ella le dio una bofetada que lo hizo caer al suelo. 

 — ¡Eres un degenerado! ¿Cómo te atreves a meter a tu amante en nuestra propia casa? ¿Cómo pudiste ocultarme durante todos estos años que tenías una hija con esa mujer? 

 Valentina, horrorizada, ayudó a su padre a levantarse; aunque estaba indignada con la actitud de Laura, no defendió a su padre, ya que también se sentía engañada. Cuando Javier se recuperó de la bofetada, que además le había roto la boca, se acercó a Laura y le dijo de manera desafiante: 

 — ¿Te parece injusto que haya ocultado por tantos años a una hija con otra mujer? ¿Te parece abominable que la haya traído a vivir aquí para que me cuidara de tus maltratos? ¿Y qué me dices de ti, Laura? Dímelo aquí frente a tu hija: ¿tu comportamiento ha sido intachable en todo este tiempo? Porque hasta hace poco me dijiste que mientras estuve postrado en una silla de ruedas, tú también tenías un amante. ¿O ahora me lo vas a negar? 

 Laura, mirando a Javier y a su hija, no pudo responder a las acusaciones que este le hacía. Comenzó a sudar, con las manos temblando, ya que no podía contradecir lo que decía Javier; sabía que estaba dispuesto a todo y eso implicaría su destrucción total, así como la de Alejandro. 

 — ¿Mamá, por favor, di algo? ¿Es cierto lo que dice papá sobre ese supuesto amante? 

 Laura se recompuso, respirando profundamente para controlar su nerviosismo, y respondió a su hija: 

 — Sí, es cierto. Tuve un amante, pero eso ya ha terminado. Fue algo sin importancia y se lo confesé a tu padre. 

 — ¿Y quién fue ese amante, mamá? ¡Por favor, dilo! 

 En ese momento, la puerta de la casa se abrió y entró Alejandro, quien se encontró con una reunión que se veía algo acalorada. Valentina, al verlo, corrió hacia él, llorando inconsolablemente, decepcionada tanto de Javier como de Laura. 

 — Alejandro, mi amor, al fin llegas. Necesito que me saques de aquí; no quiero seguir viviendo en esta casa. 

 Alejandro llegó igual que Laura, sin entender lo que estaba sucediendo, y preguntó, temeroso y nervioso, temiendo lo que le fueran a responder, especialmente tras haberse visto a escondidas con Laura. 

 — ¿Qué está pasando? ¿Por qué te quieres ir? 

 Javier, al verlo, se acercó a él con prepotencia, mientras Laura permanecía impotente, conteniendo las ganas de llorar: 

 — Te diré lo que está sucediendo, querido yerno. Ahora tienes una nueva cuñada y se llama Eloísa; es mi hija con Sandra y a partir de hoy se quedará a vivir aquí. 

 Valentina no asimilaba la decisión que acababa de tomar su padre; por su parte, Laura reaccionó de manera histérica y se acercó a él: 

 — ¿Cómo te atreves a tomar una decisión así sin consultarme primero? Ahora no solo tengo que soportar a tu amante viviendo bajo mi techo, sino que también debo tolerar a tu hija bastarda. 

 — ¡Cállate, Laura! No me hagas hablar más de la cuenta, y mucho menos vuelvas a referirte a mi hija Eloísa como bastarda. Porque pienso darle mi apellido, al igual que al hijo que estás esperando. 

 Valentina, confundida y sin entender por qué Javier había dicho eso, exclamó: 

 — ¿Por qué hablas así del hijo que espera mamá? ¿Acaso no es hijo tuyo también, papá? 

 La tensión en el ambiente era palpable; Alejandro apretaba los puños tratando de contenerse, mientras que Laura lo miraba, intentando transmitirle con la mirada que se mantuviera tranquilo, ya que cualquier comentario podría detonar la ira de Javier. Este, con su típica sonrisa malévola, respondió a Valentina: 

 — Por supuesto que el hijo que espera tu madre es mío; lo que quise decir es que Eloísa también tiene el derecho de llevar mi apellido. 

 Laura respiró aliviada, al igual que Alejandro; estaban en medio d

e una situación tensa donde cualquier movimiento podría causar una explosión que amenazara con destruirlo todo. 

 (…) 

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