Capítulo 28 La otra hija 

Mientras Alejandro se dejaba seducir por Valentina, ahogando con su pasión el deseo que aún sentía por Laura, en la habitación principal se encontraba Javier, haciendo todos los intentos porque Laura fuera suya otra vez. 

 —¿Y no te vas a acostar? Me dijiste en la cocina que tenías mucho sueño, pero no has cerrado los ojos ni un momento. —Le dijo Javier mientras la observaba detenidamente, la deseaba demasiado. 

 —Es que tengo algo de calor y no quiero acostarme todavía. 

 —¿Hasta cuándo vas a seguir evadiéndome? Te dije que hoy quiero hacerte el amor como antes. Quiero estar contigo, Laura, con mi esposa, la mujer que tanto amo. 

 Javier se acercaba a Laura cada vez más, tratando de convencerla de la mejor manera posible para que accediera a estar con él. 

 Sin embargo, ella no podía dejar de pensar en lo que había sucedido en la cocina con Alejandro, además de que le había prometido encontrarse con él al día siguiente en el mismo lugar de siempre para hablar sobre lo que estaba ocurriendo con su embarazo. 

 Javier comenzó a besarla por el cuello mientras ella cerraba los ojos, incapaz de soportar su cercanía. Escuchar su respiración acelerada cerca de su oído y sentir sus besos húmedos en su cuello le provocaban una profunda repulsión que ya no podía aguantar. 

 —¡Suéltame! Te dije que no quiero estar contigo —empujó a Javier, quien cayó sentado en la cama. Estaba furioso, sabiendo que ella no quería estar con él porque, en el fondo, su mente estaba en Alejandro. 

 Se levantó de la cama con furia y la tomó por el brazo, lanzándola sobre el lecho, mientras se tumbaba encima de ella, intentando forzarla a que estuviera con él. 

 Le desgarró el camisón, dejando sus pechos expuestos. Laura trataba de quitárselo de encima, pero él tenía una fuerza que la mantenía dominada; parecía poseído, ciego de rabia y deseo por tenerla. 

 —¡Suéltame! Te dije que no voy a estar contigo; me das asco, entiéndelo de una buena vez. 

 Las palabras de Laura no tenían ningún impacto en Javier, quien solo se enfocaba en poseerla a la fuerza. Sentía que había soportado demasiado y que era hora de que Laura volviera a ser su mujer. 

 Desbordante de ansias de poseerla, empleó su fuerza al máximo, logrando dominarla por completo mientras la penetraba violentamente. Estaba tan excitado que solo deseaba saciar las ganas acumuladas que había soportado durante años. 

 Laura lloraba desesperada, tratando de evitar gritar para que nadie la escuchara. Sabía que si Alejandro se enteraba de que Javier la estaba obligando a estar con él, la situación podría empeorar y terminar en tragedia. 

 Llegó un momento en que no pudo hacer nada y se quedó acostada, dejando que Javier continuara el acto bochornoso que la hacía sentir miserable, mientras él sonreía, satisfecho por haber logrado lo que tanto anhelaba. 

 Laura mantenía la mirada fija en un punto de la pared mientras las lágrimas caían por su rostro. Javier gemía de placer al ritmo de sus movimientos, hasta que por fin alcanzó el clímax, quedándose sobre ella unos segundos para recuperar el aliento. 

 Luego se levantó, cubriéndose con la sábana y le dijo a Laura: 

 —Esta es la primera de muchas noches en las que vas a ser mía. 

 Cuando Laura se sintió finalmente libre, corrió al baño, cerrando la puerta con llave. Se dejó caer en el suelo mientras lloraba desconsolada, sintiéndose extremadamente sucia y humillada. 

 Lamentablemente, había ocurrido lo que tanto había evitado. No sabía qué hacer; estaba muy enamorada de Alejandro y la atracción que sentía por él no era solo sexual; estaba convencida de que lo que sentía era un amor verdadero. Lo que aún ignoraba era que Alejandro había comenzado a enamorarse de su hija Valentina. 

 Se metió a la ducha, como si el agua pudiera limpiar las huellas que Javier había dejado en su piel. 

 (…) 

 Al día siguiente… 

 —¿A dónde vas, Laura? No me dijiste que pensabas salir. —le dijo Javier sintiendo aún más autoridad de controlarla después de haberla hecho suya. 

 —Tengo que hacer unas cosas en la universidad. Recuerda que tengo días sin dar clases y ayer me llamó el rector para preguntarme si aún iba a continuar en mi puesto. 

 —Pero no me comunicaste nada de eso. Sin embargo, no importa. De igual forma, yo te voy a acompañar. 

 —¡Javier, por favor! —exclamó exaltada — déjame hacer mi vida y no quiero que me estés vigilando a todas partes que voy. ¿Acaso no fue suficiente con lo que me hiciste anoche? 

 —Estoy seguro de que lo disfrutaste tanto como yo, porque te quedaste tranquila y no dijiste nada. 

 —No sé hasta dónde va a llegar tu maldad y tu cinismo, pero necesito que me dejes respirar. Y si me quedé callada,fue para evitar un escándalo. —le dio la espalda y salío de la mansión sin darle tiempo a nada. No podía dejar de ir a la cita que tenía con Alejandro, era la única oportunidad que tenía para contarle todo lo que estaba pasando con Javier. Debía advertirlo para que no cometiera ningún error que pudiera delatarlos. 

 —¡Laura! ¡Laura, no te vayas! Espera, te estoy hablando. —gritaba Javier furioso, pero cuando estuvo a punto de alcanzarla, Sandra apareció de repente. 

 —Javier, necesito hablar contigo ahora mismo. 

 —Ahora no puedo; tengo que ir tras Laura. 

 —Lo siento, pero ya no puedo seguir esperando. Quiero que sepas que nuestra hija se encuentra aquí en la mansión. 

 Al escuchar esto, Javier desistió de seguir a Laura. La miró con el ceño fruncido y una expresión aterradora. Se acercó a Sandra, apretándole el brazo mientras le decía: 

 —¿Qué barbaridad estás diciendo? ¿Cómo que Eloísa está aquí? ¿Acaso te volviste loca? 

 —¡No! ¡Claro que no! Solo estoy cansada de ser una sombra en tu vida. Te lo dije claramente: si no tomabas la decisión de divorciarte de Laura y darle a nuestra hija tu apellido, iba a gritar a los cuatro vientos toda la verdad sobre nuestra relación y que, además, tenemos una hija. 

 —¿Dónde está? ¿Dime dónde la tienes? 

 —Está en mi habitación y espera que tú personalmente la presentes ante todos como tu hija. 

 —¡Ni se te ocurra! En estos momentos nadie puede enterarse de que tenemos una hija. 

 Pero en ese instante, se oyó una voz que dijo: 

 —¿Y hasta cuándo vas a seguir ocultándome, papá? 

 —¡Eloísa, hija! 

 Justo en ese momento, Valentina bajaba las escaleras y no hubo tiempo para que Eloísa pudiera salir de la sala. 

 Javier estaba pálido mientras Sandra sonreía con satisfacción, sabiendo que estaba a punto de revelarse toda la verdad. 

 Valentina, de la manera más ingenua, preguntó: 

 —Hola, ¿y ella quién es, papá? 

 Javier miraba a Eloísa y a Sandra, sin saber qué responderle a Valentina. Un escalofrío invadió su cuerpo mientras pensaba en cómo explicarle a su hija que tenía una hermana prácticamente de la misma edad. 

 Fue un momento de 

gran tensión en el que tanto Eloísa como Sandra se mantenían en silencio, esperando la respuesta que iba a dar Javier a Valentina. 

 (…) 

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