Capítulo 27 Un encuentro en la cocina 

Laura estaba a punto de explotar. Lo que Javier planeaba hacer era, sin duda, aberrante, y ella no estaba dispuesta a continuar con su juego. 

 — Javier, tú no puedes hacer eso. 

 — ¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Acaso no quieres ayudar a tu hija y a Alejandro en este momento de crisis por el que están pasando? 

 — Mamá, ¿acaso no quieres que Alejandro y yo vengamos a vivir a esta casa? 

 Laura se sentía entre la espada y la pared. Miraba a Javier con odio, ya que estaba logrando lo que se había propuesto. No podía quedar mal ante su hija y dejar que esta pensara que no quería brindarle su apoyo; así que, sin más remedio, tuvo que aceptar la propuesta de Javier. 

 — Hija, por favor, no es lo que piensas. Solo creo que una pareja recién casada necesita más privacidad, pero en realidad no tengo inconveniente en que vengan a vivir aquí. 

 — No te preocupes por eso, mamá. Además, será por poco tiempo; en cuanto salga embarazada de Alejandro, todos nuestros problemas se habrán terminado. 

 Alejandro permanecía callado. Se sentía contrariado por todo lo que había generado su visita a esa casa. Al igual que Laura, se encontraba en un callejón sin salida. No tenía un solo centavo en el banco para mantener a su familia, y si no aceptaba la propuesta de Javier, perdería todo, especialmente la mansión que había estado en su familia durante generaciones. 

 Sin embargo, pensó: “Si nos quedamos aquí, no podré soportar estar cerca de Laura. Luce tan hermosa. No puedo creer que se haya reconciliado con ese viejo tan feo de Javier. A pesar de que siento que me estoy enamorando de Valentina, no puedo sacarme de la cabeza a Laura; la deseo con todas mis ansias. Esto es algo que no puedo evitar, es más fuerte que yo”. 

 Javier, al ver a Alejandro tan pensativo, no dudó en preguntarle: 

 — ¿Y qué te pasa, Alejandro? Estás muy pensativo. No me digas que tampoco estás de acuerdo con mi propuesta. 

 — No se trata de eso, Señor Javier. Al contrario, creo que aceptaré lo que me propone. Pienso que es lo mejor por ahora, porque no quiero que Valentina pase apuros. Además, cuando ella salga embarazada, todos nuestros problemas económicos se resolverán y le aseguro que le devolveré hasta el último centavo. 

 — ¡Muy bien! Entonces no se diga más; traigan sus cosas cuando quieran. Laura se encargará de acondicionarles una de las mejores habitaciones de la casa. ¿No es así, amorcito? 

 Con una sonrisa fingida, respondió: 

 — Sí, por supuesto. 

 Valentina y Alejandro fueron a la mansión a buscar todas sus cosas y a darle la noticia a Ámbar. Por su parte, Laura, al quedarse a solas con Javier, no pudo aguantar toda la presión que tenía dentro y estalló completamente: 

 — ¿Hasta cuándo me vas a atormentar con tu estúpida venganza? Esto que has hecho es demasiado aberrante. ¿Cómo pretendes que vivamos todos juntos bajo el mismo techo? ¿Acaso te has vuelto loco? 

 — Necesito que te calmes. Te dije claramente que no descansaré hasta hacerle pagar a ese cínico de Alejandro el haberse metido con mi mujer. Así que lo mejor que puedes hacer es ir arreglando la habitación donde se quedarán a partir de mañana. Sabes perfectamente que no estás en condiciones de exigir nada. Más bien, agradece que no te echo a la calle o, peor aún, que no te envío a la cárcel por haber intentado asesinarme. 

 Laura se quedó llorando en medio de la sala, mientras Javier subía a la habitación. 

 Sandra, que aún se encontraba escondida detrás de las cortinas, al ver a Laura sola, no pudo resistirse a acercarse. Tenía mucha curiosidad por saber cómo se sentía después de la decisión que acababa de tomar Javier. Su única finalidad era verla sufrir; estaba consumiéndose de celos desde que él había regresado a dormir a la misma habitación que Laura. 

 Al ver a Sandra parada frente a ella, se secó las lágrimas rápidamente y le dijo: 

 — ¿Se puede saber qué haces aquí? 

 — La escuché llorar y vine a ver si necesitaba algo. 

 — No necesito nada, así que puedes retirarte. 

 Sandra le dio la espalda y, cuando estaba a punto de salir de la sala, Laura la llamó: 

 — ¡Espera, Sandra! 

 — Dígame, señora. 

 — ¿Hasta cuándo vas a quedarte viviendo en mi casa? Como te habrás dado cuenta, Javier está completamente curado y ya no necesita de una enfermera. 

 — Sí, es verdad. Sin embargo, el Señor Javier me pidió que me quedara como su asistente personal para no quedarme sin empleo. 

 — Pero yo no estaba enterada de eso. ¿Cuándo tomó esa decisión sin informarme? 

 — Fue hace poco, pero puede preguntárselo a él. ¿Necesita algo señora? —le dijo con un aire de cinismo que Laura no pudo soportar. 

 — No, puedes irte. 

 — Muy bien, con su permiso, señora. ¡Ah! Se me olvidaba otra cosa. 

 — ¿Ahora qué quieres, Sandra? 

 — Quería felicitarla por su embarazo. Veo que el Señor Javier se recuperó extremadamente bien. 

 Laura no le respondió, dio media vuelta y subió las escaleras a su habitación, dejando a Sandra con la palabra en la boca. 

 Sandra se quedó mirándola con una sonrisa malévola mientras pensaba: “Mi paciencia se está agotando y ya no pienso seguir manteniendo oculta a mi hija. Ella también tiene derecho a vivir en esta casa y disfrutar de toda la fortuna de Javier, más ahora que supuestamente la víbora de Laura le va a dar un hijo”. 

 (…) 

 Al día siguiente… 

 Llegó la noche, y Valentina y Alejandro ya se encontraban instalados en la mansión. Ámbar, aunque al principio no estuvo de acuerdo, mantenía la esperanza de que su nuera saliera embarazada. Ella era la más interesada de que su hijo recibiera la herencia. 

 Era la primera noche que iban a dormir allí, y Valentina era la más feliz de todos. Estaba ajena de todo lo que estaba ocurriendo, solo quería disfrutar de su matrimonio con Alejandro, lo amaba con toda su alma y quería darle ese hijo, no solo por la herencia, si no porque deseaba formar una familia con él. 

 — ¿Verdad que está hermosa la habitación que mi madre nos arregló? —le dijo Valentina mientras desempacaba y arreglaba todo en el clóset. 

 — Sí, es muy bonita —le respondió Alejandro fríamente. 

 — Pero cariño, ¿qué te pasa? Quita esa cara. Deberías estar contento porque ya no tendrás que preocuparte por el dinero por un buen tiempo. 

 — Entiende, Valentina, no es fácil vivir aquí en casa de tus padres. La verdad es que no me siento cómodo con esto. 

 — Tranquilo, cariño, voy a hacer que se te pase ese mal humor. Mira lo que me puse especialmente para ti. 

 Valentina se paró frente a él, se quitó la bata que tenía encima del camisón y se veía realmente hermosa. El camisón de tela transparente dejaba ver todos sus encantos. 

 Se acercó a Alejandro tratando de seducirlo; sin embargo, este la apartó enseguida. 

 — ¡No, Valentina! Por favor, aquí no. 

 — ¿Pero qué estás diciendo? ¿Qué quieres decir con que aquí no? 

 — Esta es la casa de tus padres, y por más que sea, me siento incómodo. Además, pueden escucharnos, y no quiero que piensen que somos unos pervertidos cuando apenas estamos pasando la primera noche aquí. 

 — ¡Un momento! ¿Estás hablando en serio? 

 — ¡Sí, muy en serio! 

 — ¿Acaso te estás escuchando, Alejandro? ¿Me estás diciendo que mientras estemos en casa de mis padres no vamos a hacer el amor? 

 — No he dicho eso, Valentina. Es que hoy es la primera noche que pasamos aquí. No quiero que tus padres tengan una mala imagen de nosotros. La verdad es que no estoy de humor para hacer el amor. 

 — ¿Se puede saber cómo pretendes que quede embarazada si no hacemos el amor? Desde que nos casamos lo hemos hecho casi todos los días, y nada. Entonces imagina si viviendo aquí vas a ponerte apático; nunca tendremos un hijo. 

 La verdad era que Alejandro no dejaba de pensar en Laura. Estar viviendo bajo su mismo techo y saber que la habitación estaba a solo unos pasos de la de ella lo tenía realmente muy contrariado. 

 Además, el saber que estaba durmiendo en la misma habitación que Javier lo tenía totalmente fuera de control. Tenía sentimientos encontrados; por un lado, sentía que se estaba enamorando de Valentina, pero, por otro lado, no podía sacarse de la cabeza a Laura, recordando constantemente todas las veces que había estado con ella. 

 Ahora, más cerca que nunca, no podía soportar la idea de imaginarse que ella estuviera en ese momento en los brazos de Javier. 

 — ¡Ya basta, Valentina! La verdad es que no quiero que terminemos discutiendo. Es mejor que nos vayamos a dormir; mañana será otro día. 

 — ¿Pero a dónde vas, Alejandro? Me acabas de decir que nos vayamos a dormir y ahora vas a salir de la habitación. ¿Dónde vas? 

 — Voy a bajar a la cocina por un vaso de agua. 

 — ¡Yo te acompaño! 

 — ¡No, Valentina! No es necesario. Ve a dormir, no tardaré un minuto. Necesito estar solo un momento. 

 Valentina no tuvo más remedio que darle espacio a Alejandro para que se calmara y poco a poco se adaptara a vivir en esa casa. 

 Por su parte, Laura se encontraba en la habitación con Javier, que estaba a punto de darse una ducha. Sin embargo, ella, al igual que Alejandro, no lograba conciliar el sueño. Se levantó de la cama, se puso una bata sobre la pijama y se dirigió a salir de la habitación. 

 — ¿A dónde vas, Laura? 

 — Voy a la cocina por un vaso de leche porque no puedo dormir. ¿Acaso también me vas a prohibir caminar libremente en mi propia casa? 

 — No, solo me extraña que salgas a esta hora de la habitación. Pero no es necesario que bajes; yo puedo llamar a la sirvienta para que te traiga el vaso de leche. 

 — ¿Vas a llamar a la sirvienta a esta hora para que solo me traiga un vaso de leche? ¿Hasta dónde pretendes llegar con tu paranoia? ¡Es el colmo! 

 — Está bien, ve tranquila. Solo no te demores, amorcito, porque esta noche quiero que por fin podamos estar juntos. 

 Aprovechó que Laura había bajado a la cocina para darse una ducha y prepararse para cuando ella regresara. Estaba deseoso de volver a tenerla entre sus brazos. 

 Por su parte, Laura llegó a la cocina, pero la luz estaba apagada. Al entrar, se tropezó de frente 

con Alejandro, que no se había dado cuenta de su presencia debido a la oscuridad. 

 Ambos se sobresaltaron, y Laura gritó del susto, ya que no se había imaginado encontrarse con Alejandro. 

 — ¿Alejandro? ¿Qué haces aquí? 

 (…) 

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