Capítulo 22 Los bajos instintos de Laura 

 Había sido un día realmente agotador. Laura había asistido a los servicios funerarios acompañada de Javier, quien se lo había impuesto como si fuera una misión de vida o muerte. Fue un largo día en el que tanto Alejandro como ella tuvieron que disimular ante todos los presentes, mostrando una fachada de dolor por la pérdida de Gustavo, mientras que por dentro la situación era un verdadero torbellino. 

 Para Laura, la jornada resultó especialmente estresante. Alejandro aún no tenía idea de que Javier sabía todo sobre su relación y, para colmo, sobre el embarazo. Así que, al llegar la noche y regresar a la mansión, se encontraron con Sandra, estaba hecha un manojo de nervios, esperándolos con mucha intensidad, no soportaba la idea de que estuvieran juntos. Desde que Javier había recuperado las riendas de su vida, había prescindido de la ayuda de Sandra, lo que no hacía más que aumentar la tensión. 

 — ¡Por fin llegaron! Me tenían preocupada —dijo Sandra, mirando a Javier con una intensidad que no pudo disimular. Laura, que aún no tenía idea de quién era realmente Sandra en la vida de Javier, respondió con un toque de sarcasmo, estaba molesta y además no soportaba la presencia de Sandra en su casa: 

 — ¿Y se puede saber cuál es la angustia, Sandra? Sabías que estábamos en el funeral del padre de Alejandro, no veo por qué tenías que ponerte tan nerviosa. 

 — Estaba preocupada por el Señor Javier. Después de todo, apenas se ha recuperado de sus piernas y no es conveniente que esté saliendo tan seguido de casa. 

 Laura, con una sonrisa que podría haber sido un arma, replicó: 

 — La verdad es que no veo ningún peligro. Si supieras que está demasiado bien en todos los aspectos… ¿No es así, maridito? —dijo, tratando a Javier con la misma ironía que él le había mostrado en la funeraria. 

 Sin esperar respuesta, dio media vuelta y subió las escaleras a toda prisa, dejando a Javier y a Sandra a solas. Era evidente que no podía soportar la presencia de él ni un minuto más. 

 Una vez que Laura se alejó lo suficiente, Sandra se volvió hacia Javier, agarrándolo del cuello de la camisa como si estuviera a punto de desatar una tormenta. 

 — ¿Se puede saber a qué estás jugando, Javier? Esto no puede continuar así. Esa mujer me humilla cada vez que le da la gana y tú te quedas callado como si nada. Recuerda que estás completamente recuperado gracias a mí y a todos los cuidados que te di durante todos estos años. Cuidado con traicionarme, porque no vas a vivir para contarlo. 

 — ¡Ya basta, Sandra! —exclamó Javier, tratando de mantener la calma—. No me amenaces, porque sabes que eso no va conmigo. Sé perfectamente todo lo que has hecho por mí y pienso retribuírtelo dándote una fuerte suma de dinero. 

 — ¿Una suma de dinero? ¿Y no has pensado en nuestra hija? ¡Ella no merece que todo lo quieras arreglar con un cheque! —protestó Sandra, con su voz subiendo de tono. 

 — Cállate, Sandra. Sabes muy bien cuáles fueron las condiciones para que tuviéramos a esa niña. 

 — Sí, pero esa niña ya creció y tiene derecho a una parte de tu fortuna. 

 Javier, exasperado, sugirió que hablaran de eso en otro momento. 

 — ¿Y qué vas a hacer conmigo? —dijo Sandra, con un tono lleno de desesperación—. Laura ya no me quiere aquí, tú te has recuperado y yo ya no tengo excusa para seguir siendo tu enfermera. 

 — Por ahora, quédate tranquila y déjame pensar en lo que voy a hacer. Estoy agotado y solo quiero descansar. 

 — ¿Vas a subir a la habitación? ¡Perdón! Pero no comprendo, hasta donde yo sé, tu habitación está en la planta baja de la casa. 

 Javier suspiró, buscando las palabras adecuadas para no provocar un escándalo mayor: 

 — A partir de hoy voy a dormir en la misma habitación que Laura. 

 — ¿Qué? ¡No, eso no puede ser! —gritó Sandra—. ¿Cómo puedes hacer eso después de todo lo que sabes de ella? 

 — Es parte de mi venganza hacia Laura. Aunque no lo entiendas ahora, algún día lo harás. 

 Sandra, en medio de su desesperación, intentó darle una bofetada, pero Javier, enseguida la detuvo. 

 — No se te ocurra ponerme un dedo encima, Sandra. Si lo haces, perderás todo lo que te he ofrecido. Me voy a dormir con mi esposa, y si no te gusta, sabes lo que tienes que hacer. 

 Javier subió al elevador, dejando a Sandra completamente devastada. Todo lo que había planeado se desmoronaba ante sus ojos. 

 Mientras tanto, en la habitación principal, Laura se encontraba en el jacuzzi, tratando de relajarse del día tan infernal que había tenido y pensando en cómo salir del lío en el que se había metido. Con los ojos cerrados y música suave de fondo, se dejó llevar por los recuerdos de sus momentos íntimos con Alejandro. El deseo la invadía, y aunque sabía que Alejandro era ahora el esposo de su hija, su mente se rebelaba contra su dignidad. 

 Comenzó a acariciar su cuerpo húmedo, imaginando que eran las caricias de Alejandro. La intensidad del momento la llevó a gemir, entregándose a sus pensamientos. Javier, al entrar en la habitación, se dio cuenta de la escena que se desarrollaba ante él. Se quedó observándola, atrapado entre el deseo y la realidad. 

 “Está pensando en Alejandro”, reflexionó. “Eso no durará mucho, porque voy a hacer todo lo posible para que vuelva a ser mía. Te lo juro, Laura.”

 De pronto Laura se dio cuenta de su presencia y cuando volteó hacia la puerta enseguida exclamó molesta: 

 —¿Qué haces aquí Javier? 

 (…) 

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