Capítulo 23 La última voluntad de Gustavo 

Laura observaba a Javier con una mirada intensa, cubriéndose sus pechos, se sentía invadida en su intimidad. Su furia era palpable, mientras Javier mantenía una sonrisa despreocupada. 

 — ¿Qué haces aquí? ¡Eres un pervertido! ¡Sal de aquí! — exclamó Laura, visiblemente alterada. 

 — Relájate, no hay razón para que te pongas así. Además, no es algo que no haya visto antes; simplemente ha pasado tiempo desde la última vez que fuiste mía — respondió Javier con desdén. 

 — Te exijo que salgas del baño de inmediato, Javier. 

 — La verdad es que no sé cómo planeas manejar la situación, porque esta noche dormiré en nuestra habitación. Así que te sugiero que te acostumbres, querida. 

 — No tengo problema en ir a la habitación de huéspedes si eso significa evitar tu presencia. 

 — Creo que no has comprendido lo que discutimos, Laura. Te dejé claro que debes estar a mi lado, quieras o no. De lo contrario, corres el riesgo de enfrentar serias consecuencias legales, y en la cárcel no encontrarás un jacuzzi como este para relajarte. 

 Laura se sentía cada vez más estresada al darse cuenta de que la situación con Javier se deterioraba. Era consciente de que él podía cumplir sus amenazas, lo que la llevó a aceptar, a regañadientes, compartir la cama con él mientras buscaba una salida a esta complicada situación. 

 (…) 

 Al día siguiente… 

 legó el momento de la lectura del testamento. Ámbar se encontraba acompañada de Alejandro y Valentina, esperando que el abogado de Gustavo comenzara. 

 — Doy inicio a la lectura de la última voluntad del señor Gustavo… 

 El abogado comenzó a leer el testamento, mientras Ámbar y Alejandro aguardaban ansiosos escuchar que toda la fortuna pasara a manos de Alejandro. 

 — He decidido que mi última voluntad sea que mi hijo Alejandro herede toda mi fortuna, siempre y cuando tenga un hijo dentro del vínculo matrimonial y que se pueda comprobar que el niño lleve su misma sangre. De lo contrario, no recibirá un solo centavo de mi herencia, y esta será destinada a una fundación benéfica. 

 Otra de mis condiciones es que, si mi hijo llegara a cometer adulterio y esto se comprobara, perderá toda la fortuna, que pasará en su totalidad a su actual esposa, siempre y cuando ella ya tenga un hijo con él, el cual deberá ser verificado mediante una prueba de ADN. 

 — Señores, hemos concluido con la lectura del testamento. 

 El abogado finalizó mientras guardaba los documentos en su portafolio. Ámbar, incrédula, se quedó a la espera de más información. 

 — ¿No me diga que eso es todo? 

 — Sí, señora Ámbar, efectivamente, eso es todo. 

 — No puedo creer que no me haya dejado nada. Soy la esposa de Gustavo. 

 — Señora Ámbar, fue claramente la voluntad del señor Gustavo, y solo les queda aceptarla. 

 — ¿Cómo puede ser que ni siquiera mi hijo esté beneficiado de forma inmediata? Alejandro debe esperar que su esposa Valentina quede embarazada para recibir lo que por derecho le corresponde. Eso no me parece justo. 

 — Lamento informarle que no puedo hacer nada más. Solo he cumplido con transmitir la última voluntad del señor Gustavo. Con su permiso, me retiro. 

 El abogado se marchó, dejando a Ámbar en un estado de incredulidad respecto a las decisiones de Gustavo. Valentina, sintiendo la tensión, intentó calmar a Alejandro, quien mostraba signos de nerviosismo. 

 — Alejandro, no me gusta verte así. Por favor, trata de calmarte. 

 — Esto es una locura. Prácticamente no tengo ni un solo centavo, a menos que tengamos un hijo. ¿Te das cuenta? 

 — Entiendo tu frustración, pero creo que tu padre solo quería asegurarse de que no despilfarraras la fortuna que tanto esfuerzo le costó. 

 — ¿Te das cuenta de que si llego a serte infiel, toda la fortuna pasará a tus manos? 

 Alejandro, cegado por la rabia, pronunció estas palabras sin pensar, lo que provocó la respuesta hostil de Valentina. 

 — ¿Y qué te molesta? ¿Que no puedas serme infiel? ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? 

 — No quise decir eso, Valentina. Estoy abrumado por todo lo que ha sucedido últimamente. 

 — Sabes que soy tu esposa y puedes confiar en mí. ¿Qué está pasando? ¿Por qué estás tan distante? 

 Antes de que Alejandro pudiera responder, Ámbar intervino. 

 — Deben tener un hijo lo más pronto posible, o de lo contrario, no veremos ni un centavo de la fortuna de tu padre. 

 — Madre, me estás presionando demasiado. Es irracional tener un hijo solo para recibir la herencia. 

 — Sí, estoy presionando, y a ti también, Valentina. Deben apurarse si quieren disfrutar de la herencia de Gustavo. 

 — Con todo respeto, señora Ámbar, tener un hijo es una decisión importante y responsable. Además, no necesito la herencia del señor Gustavo; mi padre posee una gran fortuna que también heredaría, tenga o no un hijo. Si me disculpan, iré a mi habitación. 

 Valentina se sintió utilizada al darse cuenta de que la premura de Alejandro para casarse con ella estaba vinculada a la herencia. Alejandro, apretando los puños, reflexionó: 

 “Pensar que ese hijo ya viene en camino, pero es 

con Laura. Me siento entre la espada y la pared porque si se llega a saber la verdad, lo perdería todo” 

 (…) 

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