
El recuerdo me desanima. No puedo atacarla cuando ya está en el suelo.
Herida.
Rota.
Vencida.
Prefiero preservar la memoria de lo que fue, de lo que me enamoré, lo que él destruyó. Mi conciencia no ofrece un segundo de calma. Quiere atacar.
La recuerdo hermosa, fresca y viva, ahora se ve marchita. Por favor, un segundo.
La primera vez que la ví, sus ojos se oscurecían de miedo, pero había algo más allá, una luz, una chispa. Éramos un grupo de hombres peligrosos en medio de su vivienda, bebiendo té como si fuéramos una mala imitación de ingleses y discutiendo asuntos de mala vida con su corrupto nuevo esposo, mientras su beba recién nacida dormía en la planta alta.
La recuerdo pidiéndole perdón al viejo Kesar por ofrecerle un té de manzanilla y no algo más elaborado, y recuerdo la mirada que le ofreció el malnacido de su cónyuge. Al jefe le pareció cómica la vergonzosa disculpa de la joven esposa, pero para el policía el insulto se le grabo en la retina. No me imagino el castigo a la que la sometió una vez que nos fuimos. Uno de muchos después.
La primera vez que agarré valor y me le acerqué, se derrumbo sobre mí como si fuera una represa que ha aguantado años de presión. Me confesó sus maltratos, la dependencia a la que la subordinaba y al final, había disimulado una mala disculpa, excusando su dolor bajo los infortunios de una mala semana y de estrés acumulado.
Pero, se repitió. Una y otra vez. Dije muchas cosas en su momento, lo que debía hacer en su situación, pero jamás ofrecí mi ayuda. Podría haberlo hecho. Y cuando rechazo los avances de un amor surgido entre el apoyo y el consuelo, me alejé y no miré atrás, ocasionalmente la veía oscurecerse junto a él, pero no volví a interceder. Ella había dicho que era muy mayor para mí, no me había insultado o rebajado de ninguna forma, todo se había tratado de su edad. Pero cuando lo escuché de sus labios, que jamás correspondería mis sentimientos y que no era más que un hombro donde llorar para ella, mi mundo cayó en ruinas. Era su amigo, así me llamó. Sentí una cuchilla revolviendo mis intestinos.
—No puedo hacerte eso —Todo lo que veía era su espalda, desde el umbral de la puerta la observaba. Había una línea marcada que no lograba atravesar. Aún queriéndolo con fervor, abrazarla como una vez lo hice y dejar que el tiempo corriera.
—¿Porqué no? —Sus hombros suben suavemente—. Me lo advertirte.
Lo recuerdo. No logro olvidarlo. No logro cambiarlo. Debí cambiarlo. Debí haberte llevado conmigo. Un línea de cinco años no debía haberme importado, tampoco a ella. Pero era un tonto de dieciocho años enamorado. Era un tonto de dieciocho años con el corazón roto.
—Perdón —No puedo decir otra cosa.
“Perdóname Venice, perdóname por todo. Con solo una mirada capturaste mi alma, no me importo que tuvieras un esposo o una hija, en el instante que vi tus ojos te apropiaste de todos mis deseos, mis aspiraciones y fantasías, y cuando dijiste que no; que no serias para mí, todo se nubló, todo perdió color”.
Y quería… No sé que quería, tal vez, que sintiera un poco de mi dolor.
—Me asuste —No es difícil de imaginar, a ella derrumbada y a ese monstruo sobre ella—. Ese beso…
—¿Beso?
—Sentir lo que estaba sintiendo, por un hombre que no era mi esposo —Habla como si estuviera perdida en sus pensamientos, relatando una historia de fantasía a una gran audiencia—. A él lo elegí para compartir mi vida y mis anhelos, me casé enamorada, ilusionada…
Lo recuerdo. ¿Cómo olvidarlo?
» Y en ese jardín, rodeada de las flores que planteé para celebrar el nacimiento de nuestra hija, estaba en los brazos de otro hombre… sintiéndome valorada, apreciada, amada después de tanto sin sentir nada…
—No hay error en aceptar lo que no encuentras en casa, es humano…
—¡Soy una mujer casada! —Al fin voltea y vislumbro las manchan formándose en su piel anteriormente impoluta.
Y así, me rompo.
—Casada con un hombre que amaba más la autoridad que le ofrecía su trabajo, que a la mujer que había elegido para ser la madre de su hija —La rabia derrumba el muro que nos separa, entro en el cuarto—. Casada con un hombre viseado por la emoción de reunirse con criminales y sentarse en su mesa —En ese momento fue un don nadie, sintiéndose el amo y señor—. Casada con un hombre que se limpiaba el trasero con la promesa que había hecho delante de un ministro, que se revolcaba con la primera que le abría las piernas.
—Pero al final casada —Resuelve—. Y con ese beso me volví una adultera, yo también me limpié el trasero…
—Eres… —El aliento se me escapa—. Eres tan…
—¿Idiota? —Se alza en la cama, sentándose—. ¿Descarada?
—Tan leal —Como nadie antes—. Tan buena.
Demasiado para este mundo. Demasiado para su esposo. Demasiado para mí.
—No… —Niega poniendo una mano sobre su pecho—. No tanto. Hoy me arrepiento.
—¿Si? —Sus palabras hacen más daño que bien, mi mente desgraciada imagina lo que hubiéramos sido. Incluso imagino a la manipuladora de su hija creciendo en mi patria. Habría sido una excelente adquisición rusa. Despiadada, brutal y hermosa, pero no tanto como su madre.
—Perdóname tú a mí, me asuste —Sus labios se fruncen en una mueca, que es disuelta enseguida y tocada por sus dedos con dolor en la mirada. Voy a matarlo. Nadie debería tocar ni uno de sus pétalos, menos estropear su magnificencia—. Fui una cobarde.
¿Y sí…?
—Aún estamos a tiempo… —Con el aliento entrecortado y el corazón a mil por hora, elimino la distancia y me siento a su lado.
Una risita es mi recompensa.
—¿Aún? —Pregunta con la mirada brillosa—. ¿Ahora me lo dices, cuando estoy herida, desarreglada y… vieja?
—¿Vieja? —La veo igual que hace veinticinco años, para mi no ha cambiado ni uno de sus matices—. ¿Seguimos con la edad?
—Perdí tanto tiempo —Con una mano delineo su mejilla, ella se recuesta sobre la palma y cierra los ojos.
—Tampoco soy un pendejo —Su olor penetra mis fosas nasales y embriaga mis neuronas. Su aroma, su perfecto aroma—. Y no hemos perdido nada, nos volvimos a encontrar.
—Nunca debí haberte perdido —Sus ojos se abren y no puedo más, un abismo nos separa. Es demasiada la distancia—. Me sentí como si me estuviera aprovechando de un jovencito…
La distancia empieza a ser menos, con cada centímetro mis ojos ven más hacia abajo.
—No era nuestro tiempo.
Uno de mis dedos recorre su labio, un hilo de sangre lo persigue. Son tan gruesos, tan esponjosos, tan tentadores… sus dientes lo atrapan y… ¡Al diablo!
No sé si fui yo o ella, o la gravedad al fin interfiriendo entre estos tontos cobardes, pero al segundo en que entramos en contacto ardo en llamas. Su labio inferior entre mis dientes sabe a hierro y pecado, a todo lo tentador e innombrable. Es un veneno mortal y la cura a todas mis dolencias. Es muerte y dolor, renacimiento y alivio.
Un gemido llena la habitación y voy por más, me inclino y retrocede, siguiéndome. Las manos se me van sin control, avariciosas. Y la toman, se apoderan de sus contornos. Pero un segundo gemido, me detiene. Diferente.
—¿Estás bien? —Pregunto agitado y asustado, siento que el corazón se me escapará por la boca.
—Si, si, estoy… —Sus dedos suspenden en el aire sobre ella, y quiero golpearme, es obvio que le duele todo el cuerpo. Y yo saltando sobre ella como un puberto sobre hormonal.
—Perdón —Me retiro con cuidado pero me detiene, aferrándose a mí. Levanto la mirada y me la devuelve, se ve hermosa, ansiosa, deseosa. También con duda—. No tenemos…
—Quiero.
¡Por todo lo divino! Esta mujer me mata y revive con tan solo una palabra.
—No te traje aquí para eso… —Quiero. Claro que quiero. Es mi deseo más ansiado. Pero no cuando su cuerpo tirita de dolor—. Y menos sin que te revise un doctor.
—Pero quiero… —Súplica.
—Podemos esperar.
Suspira.
—Seguro piensas que soy una vieja necesitada —La interrumpo. Tomo entre mis manos su rostro.
—No. Jamás —Me acerco un segundo y presiono mis labios contra los suyos. Un beso casto—. Yo soy el viejo cachondo que no se puede contener con una chica bonita, ni siquiera estando ella herida.
Le sonrío y me corresponde.
—No es que te esté usando —El puchero más lindo aparece en mi vista—. Bueno, quizás un poco… es que-
—Úsame —Es tan sencillo como eso—. Te dejo usarme encantado.
Tantas veces la imaginé entre mis sábanas; envuelta como una diosa, toda sudada y satisfecha. Y con mis brazos adorando sus más recónditos recovecos, con mi lengua probando su néctar y gozando del paraíso entre sus piernas.
—No es… —Cierra los ojos, hunde su cabeza para atrás y sin ver, sus dedos rozan mi boca. La siento temblar—. Soy una tonta, es que se me olvidó…
Vuelve a mí y me mira con el gesto contrariado.
—¿Se te olvidó… qué?
Se muerde el labio. Y quiero reprenderla, no dejan que cure, ella, mi boca…
—Como hacer esto…
Ah…
—¿Hace mucho que…?
Me arrepiento en cuanto lo digo, se ve avergonzada y es lo último que quiero, quiero que se sienta confiada, se sienta poderosa, como si escalara una imponente mont-.
Me alzo en mi lugar y mis manos se deslizan por sus brazos para aferrarse a las suyas e impulsarla. Me sigue. Ningún titubeo o duda. Hago que se siente y posteriormente se levante, con sus pies descalzos en el frío suelo. Pronto, me siento y mis manos se sitúan en su cintura. Descubre enseguida lo que quiero y me sigue el juego. Y antes de pensarlo, la tengo sobre mi, montada sobre mi endurecida y adolorida entrepierna. Se sostiene de mis hombros y se alza, desde lo alto. Como una reina.
—Solo bésame —No tiene que pedirlo dos veces. Mi mano se enrosca en su cuello y la atraigo con fuerza y de ese modo, brutal y violento, dos mundos colisionan.
Me trago sus quejidos como un hambriento, muerdo donde debo y donde no, mi lengua se desliza contra la suya, que corresponde con el mismo fervor. Y sus caderas; crueles, se sacuden contra las mías. No sé cuando inició el balanceo pero no quiero que terminé, enloquezco y sigo todos sus movimientos.
Ella gime, desprendiendo su boca de la mía y con temblores intenta arrebatarme la camiseta, sus intenciones son torpes y reuniendo toda la calma que puedo alejo sus manos. Contención que dura nada, ya que en un arrebato rasgo un extremo de la prenda, por haberse atrapado debajo de mi.
Con el pecho descubierto y su piel en contacto con la mía, la escuchó suspirar.
—Por favor dime que no te arrepentiste —Rezo.
—No, no, es…
—¿Qué? —Gruño con la voz rasposa.
—¿Se ve mal..? —Nunca aparta sus ojos de mis bíceps—. Mi marido me acaba de dar una paliza y yo sobre otro hombre, y no ha pasado ni una hora…
Me cago sobre todos mis muertos.
—Deja de pensar —Bramo. Y con las manos llenas y mi sangre ardiendo, la volteo en su lugar, azotando su cuerpecito sobre la cama en posición horizontal y escalo sobre ella. Y la beso. La reclamo. No soy suave, no puedo serlo.
Sus piernas encarcelan mis caderas y me sacudo de forma salvaje. Es una carrera, un desafío y como un campeón, quiero gobernar su mente. Siendo una meta ante mí, hago de mi propósito; desbaratar su conciencia.
Con ningún cuidado tanteo su vientre y rozo unos botones, un punto de agarré que arranco con brutalidad. Sus labios se me escapan y sueltan un grito, y mi cabeza se hunde en su cuello.
¿Ya dije que su aroma es mi perdición?
Su carne es tierna, blanda y dulce, muerdo y saboreo a plenitud. La habitación se llena de sus gemidos y de la tela de mi pantalón contra el suyo. Bajo, tentado por el contoneo de su pecho y en cuanto me topo con su corpiño, con la nariz lo hago a un lado. Y muerdo, más. Es todo lo que quiero, para una piel tan suave que ha pasado por tanto maltrato, sus marcas deben borrarse debajo de mis mordidas.
El corpiño es molesto, cada vez que lo corro vuelve a su lugar. Y me obliga a apartarme. Me desquito con la molesta prenda y la arranco de su cuerpo. El sonido del desgarro la hace reaccionar y abre los ojos.
—¡Deja de romperme las cosas! —La respiración entrecortada dificulta sus palabras, aún así se sobreentiende su enojo.
—Eso es lo que pretendo —La vista es preciosa, su piel blanquecina y el color de sus pezones que resalta contra la claridad—. Voy a romper todo, destruir cada recuerdo de sus manos sobre tu piel…
Sus tetas se balancea, es hipnótico.
» Voy a reclamarte como nadie, eres para mí… Toda para mí.
Y ella lo quiere también. Lo veo. La veo. El sonrojo de sus mejilla que se desliza por su cuello y se une a mis mordiscos, marcas rojas que decoran sus monumentales colinas.
Vuelvo a lo mío, cansado de la espera. Me prendo a su seno derecho como un goloso. Así es mejor. Sin detenimientos. Sin estorbos.
Con la otra mano agarro el izquierdo. Y me hundo más cuando sus dedos penetran mi cabello. Esto es la gloria. Es todo lo bueno que hay en el mundo. Podría desatarse una guerra, estallar una bomba atómica, un meteoro acabar con la vida en la tierra y me iría sin saber que acabó con mi vida.
Con la lengua lamo el pezón irritado por mis mordidas. Y siento cada protuberancia.
—El pantalón…
¿Qué?
—¿Qué? —Atrapado en la bruma, no tengo idea de nada.
—¡Que te quites el maldito pantalón! —Exige en un grito. Alguien está ansiosa.
—Quítate el tuyo —En cuanto lo digo, me empuja. Retrocedo sorprendido y alarmado. ¿Se arrepintió?
No tengo tiempo de preguntarle, ni siquiera de pensar en algo que la convenza de continuar, sus manos abren el botón de su pantalón, bajan el cierre y bajan con alevosía la tela por sus piernas. El color rosa suave de la prenda debajo me da ternura y para sorpresa mía, un buen combustible para la excitación.
Parezco uno de esos perros falderos, tiemblo como un mocoso que está probando a su primera mujer o un sujeto con un grave caso de asma, o todo junto. El pantalón me da pelea, pero logro desprenderlo y no me detengo ahí, el calzoncillo lo sigue.
Regreso a sus brazos, una vez la tarea de desnudarme se acaba. Pero me detiene.
—No vayas a romper… —La interrumpo.
—No me atrevería —Con manos de seda tomo su última capa y las deslizo por sus piernas con cuidado.
—Ajá —Su sarcasmo me divierte, pero sin perder tiempo reúno nuestros cuerpos, que se ansían.
Tomó mi miembro y lo alineo, encontrándome con su carne mojada, dejándolo surcar todos sus labios sin hundirme como tanto deseo. La pruebo. Pruebo mi paciencia.
Hago de su intimidad, mi pasillo de juegos, deslizando todo mi grosor, todo su labio inferior me contiene, me guarda, me encierra y me pierdo…
» Métete. Solo métete —Su voz es gomosa, apagada. Exigente pero atrapada por la neblina del deseo. Está tan perdida como yo.
—Paciencia —Ordeno. A ella y a mí.
—¡Al diablo la paciencia! —Es una maldita exigente, como me encanta. Y como si predijera que no le voy a hacer caso, sus pies tras mi espalda empujan con fuerza y hunden todo lo que soy en su profundidad. Ella grita, yo grito o gruño, o todo y nada.
Caigo sobre la cama, con mis antebrazos encarcelando su cabeza y mi pecho impactando contra el suyo, mi rostro como último recurso o pieza del rompecabezas, se entierra en su cuello.
—Un puto paraíso —Grazno contenido y aferrado como una maldita garrapata.
Mi brazo izquierdo se arrastra por la cama hacia arriba, traspasa líneas en la sábana sin pausa, va mucho más allá y encarcela todo el grosor del colchón, un punto de anclaje. Mi brazo derecho va en la dirección contraria, se escurre por su cintura y se pierde de vista entre su espalda y la superficie alcolchonada, recorre su columna y trepa hasta la cima, para acabar atrapando su nuca. Fin a la espera.
Mi cadera se arquea, retrocede y tomando impulso, impacta contra sus muslos. Y es un camino sin retroceso, como un mecanismo con una única función, vuelvo a retroceder y vuelvo a chocar. Una. Dos. Tres. Mil. Pierdo la cuenta.
Sus garras recorren mi espalda, clavándose en mi carne, de seguro, me dejará marcas. Y las exhibiré como medallas.
—Ma-s… Más, ¡más! —Sus jadeos son una sinfonía hermosa.
Fuerte, profundo y demoledor, el ritmo es insuperable y aún así le ofrezco más. Seguro terminaré tomando un relajante muscular por la travesía, pero no freno, jamás. Tengo como objetivo imprimirme en su cerebro y en su anatomía como un fierro para marcar.
Me levanto para verla, quiero hacerlo para cuando se corra, recordar para siempre su expresión al soltarse. Se ve tan perdida, con los ojos apretados y la boca entre abierta, incluso tiene una suave capa de sudor que la hace brillar. Mi diosa.
Y explota.
Yo exploto.
Explotamos.
Juntos.
A la par.
Y sin fuerza, me derrumbo. La caída es brutal, toda mi anatomía pierde tono y fuerza. Toda su estructura me sostiene, con los brazos arañando mi espalda y cráneo, acunándome y reteniéndome. Como si fuera a dejarla ir…
El poder arde bajo mi piel, filtrándose de a poco y perdiendo intensidad, con cada suspiro.
—¿Estás bien? —Ofrece.
Temblando me alzo, pero vuelvo a caer.
—Muerto.
Sus muslos me aprietan e intenta levantarse, aún conmigo sobre ella.
—¿Qué?
Un segundo intento, lo logro.
—Me morí y entre en el cielo.
Una risita surge pero es contenida e interrumpida. Unas voces se acercan desde el pasillo, lo que hace que ella retroceda y yo me aparte. Las sábanas la envuelven cuando la puerta se abre, y dos intrusos se meten de lleno. Uno persiguiendo al otro y discutiendo entre sí. Y quiero sacarlos a patadas, pero… no puedo. La primera es la hija de mi mujer y el segundo mi jefe…
—¿¡Ma-má!? —Marnie retrocede aparentemente asustada.
No. No. No.
—No hemos visto nada —Artem con un tirón brusco la agarra del brazo—. Ven para acá, no hemos terminado.
Y se la lleva.
—Bien, ¿lista para el segundo round? —Dejo de ver la puerta y sin advertencia de que van a volver, me devuelvo. Y la mujer más hermosa del mundo me observa con los ojos abiertos y la boca cubierta por sus manos.
¿Ahora si se arrepiente?


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