
Llego con prisa al establecimiento que busco, un lugar que hace mucho tiempo no pisaba y que creí jamás volver a hacer.

El letrero y las persianas abajo me indican una cosa, pero lo ignoro y tomo el callejón, directo a la parte trasera y con suerte, acceso sin delatar mi presencia en el vecindario.


La primera habitación está libre, como siempre, sólo un montón de cajas de alimentos en almacenamiento. La segunda cerrada, también como siempre, e imposible de acceder. La tercera es la que busco, de la que proviene una luz cálida y un tenue sonido de movimiento.

La persona que ocupa el espacio es un hombre, de edad madura y de aspecto nervioso, se mueve de un lado al otro y revuelve en sus cajones de forma caótica.

—¿Tengo que preguntar o desde el inicio asumo lo peor, como siempre? —Me recargo en el marco y lo observo desordenar el cuarto con gran éxito.

—No, no —Comienza a negar con la cabeza y con la voz agitada—, no deberías estar aquí. Tú no.


Sonrio.


—Ya no tengo placa —Subo los hombros—, no significa que me haya detenido.

—No deberías estar aquí —Repite, poniendo más fuerza en sus palabras—. Harás que te maten.

—Estoy mejor sin ese trozo de metal —Sobrepienso mis palabras—. Me detenía.

—¿Qué es lo que quieres?

—Lo mismo que quería el primer día que nos vimos —Recuerdo mis palabras, el objetivo que tenía y como se negó, cuando le pedí su ayuda. Por miedo.

Pero muchas cosas han cambiado desde ese día y no fui la única en sufrir una pérdida.

—¿Y cómo piensas lograrlo, sin todos esos hombres y mujeres cuidando tu espalda? —Estoy sola, si. Pero no soy lo que fui, llevo mucho aprendizaje conmigo.

—Tengo una nueva fuente de recursos —Mis recursos son limitados, pero se me presentó una oportunidad y la aprovecharé, le sacaré todo el jugo que pueda—. Y esta vez, sin las cadenas que me detenían, lograré acabar con Mateo Herrera.

—¿Y aún necesitas la ayuda de este pobre viejo? —El señor Franco fue mi primer informante en la fuerza, y aunque se describe a sí mismo como un viejo inservible, siempre mantiene el vecindario vigilado. No hay nada que suceda en las calles que no llegué a sus oídos. Pude encerrar a muchos, por la ayuda de este “viejo inservible”.

—Un grano de arena puede inclinar la balanza —Me acerco con lentitud—, y es lo que necesito, un pequeño movimiento en el tablero y podré inclinar al rey. Un movimiento imperceptible.

—Demasiadas analogías —Suelta una pequeña risita—. Sigues hablando como policía de serie de televisión.

—Nunca te pondría en peligro y lo sabes —Se recarga en el mueble detrás de él y llegando a su lado, me siento junto—. Nadie lo sabrá.

—¿Qué quieres que haga?

—Quiero que cuentes una historia —Comienzo y frunce el ceño, confundido—. ¿Sabes que pasó anoche?

—¿Los disparos?

Asiento.

» ¿Es cierto? —Pregunta—. Dicen que los hombres de Herrera se enfrentaron a la Bratva.

—Algo así —Contesto a medias—. Quiero que me ayudes a aclarar todo.

—¿Cómo?

—¿Y quiénes eran estos muertos?

¿Los muertos? No son relevantes.

—Tranquilo, no los extrañarás…

—¿Solo diré que la policía va enseñando fotos de muertos por las calles? —Me mira aún más confundido.


—Para ser encontrados —Franco resuelve fácilmente el esquema con las herramientas que le proporcioné.

—Los hombres fueron identificados y eran de ascendencia rusa, y todos fueron ejecutados —Finalizo.

—¿Entonces la Bratva si estuvo involucrada?

—Algo así —Asiento—. ¿Oíste sobre la nueva administración?

—El viejo murió —No se le escapa nada—. Fue hace varias semanas.



—Es lo que pasará —Afirmo—. Pero él no está detrás de lo que sucedió anoche.

—¿Cómo así?

Mis últimas palabras son decisivas, pondrán a rodar las ruedas.

—Quién mató a estos hombres, fue él.

.
.


El tono suena. Una vez. Dos veces. Y se descuelga.

—¿Si? —Contestó. Si contestó.

Freno en mi lugar, completamente paralizada. Doy un pequeño giro de cabeza viendo a mi alrededor, buscando peligro y al no ver a nadie, camino con rapidez en dirección a la avenida principal.

Me mantengo presente en la llamada pero en completo silencio, sin poder hablarle.

No debería sorprenderme con su respuesta, es una línea sin registrar, no sabe que soy yo al otro lado del teléfono. Pero no puedo evitar sorprenderme al escuchar su voz, después de cortar lazos, no creí poder volver a escucharlo hablar. Menos conmigo.

» ¿Quién habla? —Suena molesto. Sigue siendo el mismo de siempre, con el peor caracter del mundo. Eso, de una forma que no entiendo, me reconforta—. Conteste ahora, o voy a colgar.

—Soy yo.

La línea queda en silencio.

—¿Qué quieres?


—¿No puedo solo querer hablar? —Mi respuesta está empapada de culpa, intento sonar con gracia, pero no llego al tono correcto.
Suelta una risa, se persible la falsedad fácilmente.


Lo recuerdo, una hora a la semana sentada entre un montón de extraños, contando sus tristes historias y deprimiendo a la audiencia. Odié cada segundo.

—Hablar nunca fue lo mío —Soy sincera.

Valoré en serio su exfuerzo, pero en ese momento no estaba preparada para hablar. Ni creo estarlo ahora.

Sin poner atención al camino doy un zigzageo y cruzo a la vereda de enfrente.

—Me lo hubieras dicho antes de concretar cada visita —Es lo que hizo, cada que el psicólogo llamó para saber de mí. Ese hombre sabía que no estaba dispuesta a compartir, entre ambos me llevaron de la mano a cada paso—, no habría perdido el tiempo.

El juramento fue en serio, de ambos lados. Estuvo conmigo, cuidando mi espalda.

—Me disculpé.

Lo hice, pero fue más que nada lo que él necesitaba oír. Y yo necesitaba que dejara de insistir, de intentar salvarme, lo que necesitaba era revolcarme en mi propia miseria. Como dicen: “Necesitas tocar fondo para poder subir”.

Sigo caminando y caminando, las piernas me duelen.

—¿Lo sentías en serio? —Es una buena pregunta y sin la presión que cargaba antes, puedo decir la verdad.

—No.

Los recuerdos me abruman, la presión en mis sienes se vuelve dolorosa. Corro a un callejón sin identificar y me pego a una pared mohosa.

—Yo también la perdí —¿Porqué tiene que mencionarla? ¿Porqué debe comparar su carga con la mía? No hay comparación alguna.

—No fue lo mismo —El tono me sale lleno de rencor, se me es imposible evitarlo.

Accedí a las reuniones porque estaba empezado a ser un problema para otros, el pozo auto destructivo estaba afectando a quiénes me querían y permanecían cerca. Pese a que yo los alejaba.

—Y te perdí a ti, también.


—No estaba lista —El “estaba” está demás, la palabra correcta en su lugar es: “estoy”.

No lo estoy, mi llamado es estrictamente profesional y de carácter urgente, muy peligroso. Necesito su apoyo, como en muchas operaciones, él siempre en mi oído, respaldándome. Él podía llegar a información que nadie podía alcanzar, información crucial que amparaba mis movimientos.

—¿Lo estás ahora? —¿Tenía que preguntar? ¿Era necesario?

—No.

¿Qué espera que conteste? ¿Qué me sincere en una llamada telefónica, después de meses sin hablar?

—¿Y qué quieres? —Muchas veces lo oí decir esa misma pregunta, siempre disponible para mis pedidos. Que giro argumental tan impredecible.

—Necesito ayuda.


—¿Mi ayuda —Suena intrigado, pero para mi curiosidad, suelta una carcajada—, cuando la has necesitado?

Lo necesito. La necesito. Es importante.

—Y de Lara.

Pronunciar su nombre hace que me duela el estómago.

—¿Lara? —Estuvo ahí cuando cerré su caja, la que contenía toda su información, y todos los casos en donde ayudó. Juré no volver a abrirla y hoy, al no tener acceso a ella, se lo pido a un amigo. Para que él lo haga por mi.

—Necesito que la traigas a la vida —Las palabras salen en un susurro, me cuesta mucho pronunciarlas.

La línea queda en silencio por un segundo.

—Eso es ilegal.

Hace rato sobrepasé la línea entre lo legal e ilegal, y ya no hay vuelta atrás.

.
.

Para cuando llego al complejo, la oscuridad se ha apoderado del cielo por completo. Dudo que me abran la puerta, pero sigo avanzando y cruzo la entrada.

Soy detenida por el mismo hombre que nos abrió la puerta en la mañana.

—El jefe te está buscando —Su voz suena dura pero monótona.

¿Estoy en problemas?

Ah, si, es que me escapé y no me he reportado en todo el día. No se puede quejar, él hizo exactamente lo mismo. Eso nos llevó a donde estamos.

En cuanto a mi madre le asignaron una habitación y al siguiente, a mí. Me eché agua en la cara para despertarme, me vestí con un conjunto oscuro pero general y salí a ajustar ciertos detalles. A poner mi plan maestro en marcha.

Bajar por las escaleras fue agotador, esquivar a los guardias en cada piso fue difícil y salir del edificio sin que me note el portero y chófer, que estaban en la entrada conversando como dos viejas solteronas poniéndose al día, fue casi imposible. Ni una sola persona entró en el edificio mientras los observaba, no se movieron de su lugar en casi una hora.

Casi me arranco el pelo, esperando.

El portero baja la mirada y me escudrina con los ojos.

» Lleva toda la tarde buscándote…

¿Está es la parte donde comienzo a temblar?


Respuestas