Capítulo 11 Vestida de novia

Laura ya estaba lista para asistir a la boda de su hija. A pesar del dolor que sentía al saber que no volvería a estar con Alejandro y de tener que ocultarle que esperaba un hijo de él, no podía negar que se veía realmente hermosa.

 A pesar de ser una mujer madura, aún se conservaba muy joven, y no cabía la menor duda de que no aparentaba la edad que realmente tenía. En cierto modo, esa era la razón por la cual Alejandro se había enamorado perdidamente de ella.

 Se vistió con un traje elegante que resaltaba su figura, pero al mirarse en el espejo notó que su vientre se veía algo abultado, aunque aún no se notaba su embarazo. Había notado algunos cambios en su cuerpo, pero los había atribuido al desorden en su alimentación y a la posible menopausia. Por eso, al principio había creído que solo se trataba de unos kilos de más; sin embargo, el médico le había confirmado su embarazo, algo que aún no podía asimilar.

 Mientras se miraba en el espejo y acariciaba su vientre, pensaba en el amor que sentía por Alejandro. A pesar de no estar segura de querer tener a ese hijo, en vista de las circunstancias en las que había sido concebido, finalmente se dio cuenta de que estaba completamente enamorada de él.

 De pronto, alguien llamó a su puerta, sacándola de sus pensamientos.

 — ¿Quién es?

 — Señora Laura, soy Sandra.

 Laura no soportaba la presencia de Sandra en su casa. No porque le hubiera hecho algo malo, ya que al fin y al cabo solo era la enfermera de su marido, sino porque había algo en ella que no le gustaba. Además, consideraba que los cuidados hacia su esposo iban más allá de una relación enfermera-paciente. Si no estuviera tan segura de que Javier estaba completamente incapacitado, habría pensado que entre ellos podría existir algo más.

 — ¿Qué quieres, Sandra?

 — ¿Señora, puedo pasar?

 Laura hizo un gesto con los ojos, mirando al techo con desagrado. Se dirigió a la puerta, que estaba cerrada con seguro, y le abrió.

 Sandra, al ver a Laura tan elegante y, aunque le costara aceptarlo, muy hermosa, no pudo evitar mirarla de arriba abajo mientras, con una sonrisa fingida, le decía:

 — Caramba, se ve usted muy bien.

 — Gracias, Sandra, pero me imagino que no has venido a mi habitación solo para decirme lo bien que me veo. ¿Qué pasa?

 Sandra, tratando de disimular su disgusto y el desagrado que sentía hacia Laura por obvias razones, le respondió forzando una sonrisa:

 — Vine a decirle que la señorita Valentina ya está lista y solo estamos esperando por usted.

 — ¿Cómo es eso de que “estamos”? ¿Acaso tú piensas ir también a la boda de mi hija?

 — Disculpe, señora Laura, sé que no he sido invitada, pero dado que la señorita Valentina decidió que su padre estuviera presente en la boda, yo, como su enfermera, debo acompañarle. ¿O acaso usted se va a hacer cargo de él?

 — ¡Por supuesto que no! Solo que no recordaba que Javier iba a ir a la boda, aunque sinceramente no entiendo qué papel va a desempeñar allí, cuando ni siquiera puede hablar ni moverse. Pero no pienso arruinarle este día a mi hija; si ella quiere que su padre esté presente, que sea ella la que lo aguante.

 — No es necesario que la señorita Valentina tenga que estar pendiente de su padre en un día tan importante para ella. Creo que su atención debería estar en su futuro esposo. La verdad es que hacen una pareja muy hermosa y él parece muy enamorado de ella. ¿No le parece, señora Laura? —dijo con toda la intención de molestarla.

 — Creo que eso no te compete. Recuerda que estás aquí para atender única y exclusivamente a mi marido. ¿Algo más que quieras decirme?

 — No, nada más que decir. Bueno, con su permiso, la esperamos abajo.

 Sandra dio media vuelta para marcharse. Sin embargo, antes de avanzar unos pasos más, se detuvo y, volviendo a mirar a Laura, le dijo para sorpresa de esta:

 — ¡Ah! Recordé que tenía que decirle algo más.

 — ¿Qué se te olvidó decirme?

 — Es que hace aproximadamente una hora, me dio la impresión de ver salir de su habitación al joven Alejandro.

 Laura se estremeció al escuchar esto y no pudo evitar palidecer de la impresión. En ese momento, corroboró que sus sospechas habían sido ciertas cuando escuchó a alguien detrás de la puerta justo en el momento en que estaba con Alejandro.

 — ¿Qué le pasa, señora Laura? Se ha puesto muy pálida. ¿Se siente bien?

 Laura se llevó la mano a la cabeza, tratando de secarse el sudor de la frente, ya que inesperadamente estaba sudando frío y sentía las orejas muy calientes; era la presión que le subía repentinamente por el inesperado comentario de Sandra.

 Sandra, alarmada al ver que Laura estaba a punto de desmayarse, la tomó por la cintura y la ayudó a caminar hasta la cama para que pudiera sentarse. No cabía duda de que su comentario le había causado un gran estrago.

 — Señora Laura, por favor siéntese aquí sobre la cama, no vaya a ser que caiga al piso. No entiendo por qué se ha puesto así. ¿Acaso dije algo malo? — preguntó con sarcasmo, sin que Laura se diera cuenta de que lo hacía con mala intención.

 — No pasa nada, ya estoy bien, solo fue un pequeño mareo.

 — Tenga, tome un poco de agua. Estoy segura de que eso le hará bien.

 Laura tomó un sorbo de agua y respiró profundo, tratando de controlar el nerviosismo que le había causado Sandra con su comentario.

 — ¿Ya se encuentra bien?

 — Sí, gracias, ya estoy bien. ¿De dónde sacaste que viste a Alejandro salir de mi habitación?

 — Yo misma lo vi salir de su habitación y bajar corriendo las escaleras, como si estuviera temeroso de que alguien lo viera. No sé, pero me pareció muy extraño porque al principio pensé que había venido a ver a la señorita Valentina; sin embargo, yo acababa de dejarla en su habitación, así que no era ella a quien venía a ver.

 Laura no sabía cuáles eran las intenciones reales de Sandra con ese comentario. Sin embargo, debía ser muy cuidadosa con lo que dijera, ya que no había evidencia de que estuviera enterada de lo que pasaba entre Alejandro y ella. Así que trató de responderle de la forma más natural posible, inventando una excusa creíble para justificar la presencia de Alejandro en su casa.

 — Bien, ya veo que descubriste que Alejandro estuvo aquí, pero hay una razón de peso para eso. Te pido completa discreción, especialmente con mi hija Valentina, quien no debe enterarse nunca de que Alejandro estuvo hoy en esta casa.

 — No tiene que pedirme discreción, señora Laura. Soy incapaz de hacer un comentario inapropiado. Solo le dije lo que había visto porque me extrañó mucho la forma tan misteriosa en que actuó el joven Alejandro.

 — Alejandro vino a verme porque le tiene un regalo de bodas a mi hija, y como es una sorpresa, no quiere que ella se entere hasta que se lo dé.

 — ¡Ah! Entonces se trata de una sorpresa. Qué considerado el joven Alejandro. Eso corrobora lo que le dije hace un momento: definitivamente está muy enamorado de la señorita Valentina. Espero que la sorpresa sea algo que la haga muy feliz. Debe ser algo muy grande, dado que se atrevió a venir a verla a usted a pocas horas de su boda.

 — Bueno, Sandra, ya me siento bien y, como comprenderás, no pienso decirte cuál es el regalo que le tiene mi yerno a mi hija, porque entonces dejaría de ser sorpresa. Ve a la sala y dile a Valentina que en cinco minutos estoy con ella; voy a retocarme el maquillaje.

 — Claro, señora Laura, con todo gusto así lo haré. Con su permiso.

 Sandra dio la espalda a Laura, llevando una sonrisa malévola y sintiendo gran satisfacción al ver la angustia que había provocado en ella.

 Por su parte, Laura cerró la puerta con fuerza y corrió a su tocador. Mientras se miraba en el espejo, estaba realmente atormentada y asustada, ya que Sandra estuvo a punto de descubrirla. Se secó el sudor de la cara, se retocó el maquillaje, respiró profundo y salió de su habitación. Había llegado la hora de enfrentar la cruda realidad que le esperaba.

 Bajó las escaleras y, al llegar a la sala, se encontró a Valentina con su vestido de novia, al lado de su padre. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, ver a su hija hermosa y radiante de felicidad la llenaba de emoción, ya que siempre había soñado con el día en que su hija se casara. Pero, al mismo tiempo, sentía dolor y rabia al ver que ella también era su rival, la mujer que le iba a quitar al amor de su vida y al futuro padre de su hijo.

 — ¿Qué te parece, mamá? ¿Crees que a Alejandro le va a gustar cómo me veo con el vestido de novia de su madre?

 Laura, tratando de contener las ganas de llorar, se acercó a su hija y la tomó de las manos mientras le decía:

 — Estás hermosa, hija. Realmente eres la novia más linda que he visto en mi vida.

 (…)

Respuestas