Agustín de Iturbide frente a la Independencia.

El joven teniente había demostrado su posición ante los acontecimientos que se suscitaron a raíz de la crisis política generada por la invasión napoleónica. Para él, el reino de la Nueva España debía subordinarse a los dictados de la metrópoli y esperar que desde allá llegasen las iniciativas de cómo afrontar los problemas geopolíticos del momento. Esta postura dejó a muchos conformes o indiferentes, pero para otros, que habían vivido en carne propia las crisis socioeconómicas de sus regiones, la situación representó la gota que derramó el vaso, especialmente con la supresión del Ayuntamiento de México.

Cuando comenzó la rebelión de Hidalgo, él se encontraba en su hacienda de Apeo en Maravatío, Michoacán. Al enterarse el 20 de septiembre, se dirigió a recibir órdenes del virrey Francisco Xavier Venegas, quien lo envió rumbo a Acámbaro el 5 de octubre. Allí, el joven teniente venció a una turba de 150 hombres al mando de los líderes Luna y Carrasco tras 12 horas de batalla.

Tras haber asestado una victoria a la insurgencia, se dirigió a la capital para unirse a las tropas del comandante Torcuato Trujillo, participando en la defensa de la ciudad durante la batalla de Monte de las Cruces. A pesar de que fueron derrotados por las fuerzas insurgentes, su actuación fue descrita como notable, lo que le valió una promoción al rango de capitán.

Hacia mediados de 1811, fue asignado a la división de Taxco, pero no soportó el clima cálido y tuvo que pasar un tiempo recuperándose. Una vez recuperado, fue enviado a proteger los convoyes de plata que circulaban entre Guanajuato, Acámbaro y Querétaro, enfrentándose directamente a la insurgencia que se había establecido en Zitácuaro para conformar la Junta Nacional Americana. En la laguna de Yuriria, se enfrentó a José María Liceaga, vocal de la Junta, quien mantenía su cuartel en una isla. Aunque logró evacuarlo en noviembre de 1812, no pudo capturarlo. La misma situación se repitió en el sitio de la isla de Jaujilla, en Zacapu, en febrero de 1813. Sin embargo, en esta ocasión, obtuvo un gran botín que impidió que los insurgentes tomaran Valladolid.

Pronto, Acámbaro se convirtió en un objetivo importante para los hermanos Ramón y Francisco López Rayón. Sin embargo, Iturbide se enteró de sus planes y los atacó en su base en Salvatierra, forzándolos a fortificarse en el puente de Batanes. Los insurgentes, desmoralizados, abandonaron su posición, lo que permitió a Iturbide capturar una gran cantidad de parque y causarles 170 bajas. Este éxito fue celebrado por el virrey, quien lo promovió al rango de coronel.

La fama adquirida por su desempeño le valió el mando del Regimiento de Infantería Provincial de Celaya, la protección de la provincia de Guanajuato y la comandancia de la División del Bajío. Este prestigio fue puesto a prueba en diciembre, cuando le correspondió interceptar al ejército de Morelos, que intentaba tomar Valladolid. Aprovechando los errores de los insurgentes, Iturbide los derrotó, y en enero de 1814, en la batalla de Puruarán, asestó un golpe decisivo a la insurgencia con la captura y ejecución de Mariano Matamoros.

El prestigio de Iturbide fue tal que, en 1815, fue nombrado comandante del Ejército del Norte. Sin embargo, pronto comenzaron a surgir acusaciones sobre los excesos cometidos tanto contra los insurgentes como contra la población civil. Estas acusaciones fueron encabezadas por el sacerdote Antonio Labarrieta, de Guanajuato, quien responsabilizó a Iturbide de los saqueos de las haciendas de Copal, Mendoza y El Molino, además de monopolizar el comercio de enseres domésticos. También se le acusó de dictar leyes a los cabildos de León, Silao y Guanajuato sin cargo de autoridad y de extraer recursos de las cajas reales.

Ante el escándalo, el virrey Calleja decidió someter a Iturbide a juicio. Iturbide, de manera torpe, intentó defenderse justificando sus acciones como castigo hacia quienes participaron en la insurgencia. Negó los cargos específicos, aunque no negó haber cometido actos de este tipo. El 12 de septiembre de 1816, Calleja desestimó las acusaciones, pero, para su mala fortuna, pocos días después, el 20 de septiembre, fue reemplazado por Juan Ruiz de Apodaca como virrey. Apodaca anuló la absolución y le retiró el mando, lo que llevó a Iturbide a retirarse de la vida pública.

Poco se sabe de las acciones de Iturbide hasta 1820, pero se tiene constancia de que estaba al tanto de los últimos enfrentamientos insurgentes, incluyendo la guerrilla en Guanajuato, la Junta de la Jaujilla y la expedición de Xavier Mina. Durante este tiempo, Iturbide esperaba que un nuevo virrey solicitara nuevamente sus servicios o que su representante en España lograra que Fernando VII le concediera la orden de la Cruz de Isabel, aunque esta gestión no tuvo éxito.

Independientemente de si el castigo por sus abusos fue justo o no, Iturbide representaba la creciente inconformidad dentro del ejército novohispano, cuyos miembros veían frustradas sus aspiraciones de ascender al rango de general y se sentían permanentemente subordinados a los oficiales peninsulares. Ante esta situación, Iturbide comenzó a cambiar su posición, pasando de ser un ferviente realista a partidario de que la Nueva España adquiriera mayor autonomía en su gobierno, aunque por la vía pacífica.

El cambio hacia un gobierno liberal en España, provocado por la rebelión del general Del Riego, llevó al virrey Ruiz de Apodaca a llamar nuevamente a Agustín de Iturbide al servicio, asignándole la comandancia del Sur. Su misión era acabar con los restos de la insurgencia liderada por Vicente Guerrero y Pedro Ascencio Alquisiras. Sin embargo, Iturbide puso como condición que fuera acompañado por el Regimiento de Celaya, con el que tenía un vínculo cercano.

Entre diciembre de 1820 y enero de 1821, se llevaron a cabo algunos enfrentamientos menores contra los insurgentes, pero estos parecían ser solo una fachada. En paralelo, Iturbide mantenía negociaciones secretas tanto con Guerrero como con los principales mandos del ejército realista. Estas negociaciones culminaron con la proclamación del Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821, un documento que unificaba a diferentes facciones y proponía la independencia de México bajo un régimen monárquico constitucional. Este acto desencadenó una serie de eventos que pondrían fin a 300 años de gobierno español, dando paso a un incierto futuro independiente para la nueva nación.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Agustín de Iturbide. De defensor del orden virreinal a independentista, de la revista Relatos e Historias en México no. 153.

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Imagen: Anónimo. Agustín de Iturbide, CA. 1820

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