Una voz maltratada por el tiempo

Hay canciones, gestos y voces llamándome desde lugares desconocidos; son sonidos que parecen apartados de la razón. Oigo sus voces, resonando como latidos, en un compás cardiaco, marítimo y depresivo.

Hay árboles resonando tras el viento, marcando las distancias entre los otoños, que lentamente se van despojando del verano, en un intento de mudar el tiempo y clavando las pausas astrales, en cada temporada de los años.

Hay una noche lunar, que hace parir las estrellas, que se reacomodan bajo los signos zodiacales, irritando al iris, que escudriña el espacio cósmico, con la idea fija de saber más del infinito.

Hay una voz que me persigue desde siempre y sus agudos cantos rozan angustias, inundando mi corazón de una atmosfera fría y destemplada. Son fantasmas, que me acosan e instalan en mi memoria las pausas oscuras del destino.

Absorto, junto a las hojas mustias del otoño, mi poesía va mutilada en el vagón trasero del viento de un verano extinto; lleva en su canto la incapacidad de la metáfora, diferente no logra transformar mi lengua, en una suerte de destino, que afirme para siempre mi quehacer de poeta.

Sé que no escribo con claridades y mis verbos son prisioneros de una voz incapaz de romper las superficialidades, que cohabitan conmigo. Escribo y reescribo en un cuaderno, que no tiene fin y sus hojas garabateadas de ideas, enturbian mis días. Soy un estigma en las hojas blancas que aún no paren poesía.

Sin embargo, soy un persistente animal mal alimentado y en mis intentos, creo una silueta enigmática y salvaje, que viaja en una cabalgadura astral, cruzando las estepas de los años, en un intento por rescatar las voces ahogadas, que musitan verdades, desde los muertos olvidados del pasado.

Son aparejos de las percepciones mundanas, que hace nacer y crecer los árboles desde nuestro interior y nos coloca en ciertos trances no elegidos, porque somos marionetas del destino, que se trazan metas imaginarias, para darle un aire de verdad a nuestras vidas.

De este modo, vivimos el día a día, sin dar explicaciones, haciendo rodar las palabras para salvar tiempo de crecimiento, en una encarnizada lucha de los sentidos, por encontrar las llaves de la esperanza, para llegar a un puerto donde asirse para escapar del miedo a no ser.

O son los anodinos encuentros cotidianos con los demás, que van quemando el imaginario colectivo, que nos impuso la escuela-calle, de la cual llevo un rotulo, como un estigma que me traza siempre, en pugna con el destino y me obliga a transitar los caminos de un tiempo, que ya no dispongo…

Son los poetas de mi pasado, que insisten en apuntar cosas al oído y entre las citas de sus metáforas abiertas, hay un mundo que no logro reconocer, porque las piedras de mi camino, se están fundiendo con los sentidos de un corazón adverso.

En sigilo escribo los versos irreconocibles, porque me asusta este tiempo de causas perdidas y veo la miseria humana por doquier, alimentándose de cuerpos extraños, que abarrotados en los interiores de los comercios, solo saben degustar un tiempo, que no llega nunca…

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