Sin sentido NOTAS de un hombre absurdo

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Ayer desperté de nuevo con ganas de suicidarme, pensé en hacerlo esta vez tratando de intimidar a esos guardias que custodian los vehículos blindados mientras reparten dinero a los cajeros automáticos, no funcionó, no les parecí amenaza suficiente. Asumí que mi muerte se postergaría.

Hace tiempo he comenzado a hastiarme de la soledad. Alguna vez alguien dijo que yo no estaba solo, traté de explicarle este sentimiento utilizando el idioma inglés, recalcando la diferencia entre las palabras -alone- y -lonely-, le dije que la primera se usaba únicamente para expresar la soledad tangible, y la segunda en cambio para expresar la soledad abstracta, así si yo estaba solo en casa, estaba alone, pero si estaba acompañado y sentía un vació interior imperceptible e irreparable por quienes llenaban la estancia, yo estaba lonely. Asintió como si entendiera.

El sin sentido me llevó a descargar una aplicación de color azul y mal calificada, desconfío del azul y de las malas referencias, pero no le di importancia, como he dicho estaba demasiado lonely. La aplicación en cuestión tiene como único propósito enlazar por aparente libre albedrío a personas que se hayan cruzado a cierto rango aceptable de kilómetros a la redonda y cuyo nivel de insatisfacción, hastío y vacío emocional es símil o al menos compaginable. No parece funcionar.

Debo ser hipocondriaco, tuve dolor en la parte inferior del abdomen, al lado derecho y alrededor del ombligo, le escribí a mi amiga la médica. Dijo que podía ser apendicitis. Luego leí acerca de las implicaciones de esta enfermedad; síntomas, tratamientos, riesgos, población común, causas… concluí que tenía apendicitis. Empecé a imaginar qué por tratarse de mí, por ser como soy, todo resultaría en peritonitis aguda, capaz de matarme en horas, así como le pasó a Houdini. La noticia fue inesperada, pero bien recibida. Era la oportunidad perfecta para suicidarme, por fin la que estaba esperando.

Y es en este punto donde debo explicar el fin del suicidio. El suicidio, mí suicidio, EL MÍO, debe ocurrir así, por apendicitis. Tengo poco valor, no podría reconocer que huyo de todo, prefiero aparentar la muerte casual, y, dicho sea de paso, esquivar secuelas emocionales en mis allegados (mis padres), por esa razón morir por apendicitis resultaría solo casualidad fatídica, en cambio, sí encontrasen mi cuerpo después de uno o dos meses, ahorcado en el apartamento, se cuestionarán su rol de padres en mi juventud.

El plan era por lo demás sencillo, llamar a papá, decirle de manera casual que sentía algo de dolor en el abdomen, continuar la conversación, colgar, pedir cita médica (a modo de aparentar), engañar al médico, aguantar el tiempo necesario hasta que se desarrollara la peritonitis, morir, la entidad promotora de salud sería demandada (de nuevo), la demanda sería olvidada (de nuevo). Llamé a mi padre, le conté de mi dolor, me recomendó cuidar la dieta y se alegró que no fuera apendicitis, porque a los cinco años sufrí tanto que ni lo recordaba. Esa noche en particular no pude dormir hasta que cagué en la madrugada.

Luego soñé que un Alienígena de nombre indescifrable descendía a la tierra para estudiar nuestra especie, con tal fin debía tomar forma humana, como yo era el dueño del sueño, y su forma debía ser tan desapercibida para no escandalizar el transcurrir de nuestra naturalidad y tan desdichada para no generar el menor atisbo de deseo, pues decidió ser F…Ovalle (Desgraciado que odio) , en su afán de estudiarnos palpaba en vía pública los senos de una señorita, acababa perseguido por muchedumbres eufóricas y llamando a la puerta de mi apartamento para pedir refugio, como era F… Ovalle decidí no abrir la puerta. Impedí el éxito de aquella misión alienígena y más tarde fui contactado por un juez de garantías del planeta Kepler 525.

Pasados días revisé la aplicación azul, descubrí que en la sección -sobre mí- destinada al auto conocimiento, no puse nada, luego recordé aquella alegoría del escritor y el fanático. El escritor conocido por ser cocreador de la sitcom más exitosa de los 90s (durante los dos primeros episodios de su estreno), asistía como invitado al conversatorio anual para gente desocupada. Allí el fanático le preguntaba -señor escritor en el capítulo 43, cuando todos los personajes están desayunando la taza del personaje X… está en posición diferente a la del resto de personajes, ¿fue eso intencional para mandar un mensaje sobre la salida del personaje X… de la serie? – el escritor contestó -No, el actor que interpretaba a X… llegó drogado al estudio mientras grabábamos el capítulo 55 y decidimos despedirlo-. Tras ello volví al -sobre mí- y pensé que como en aquel caso del escritor y el fanático, la vida de cada persona está saturada de cosas intrascendentes a las que el resto le dan demasiada importancia o al menos su propia interpretación. La esencia misma del -sobre mí- es entonces la intrascendencia. Cualquier cosa que se pueda decir solo será capaz de definirme desde mis ojos. Resolví abrir el libro que tenía a la mano y poner en -sobre mí- la primera frase que mis ojos captaran: ‘‘Violinista, boxeador, maestro en esgrima, abogado, autoenvenenador a base de tabaco y cocaína’’ la cerré sin actualizar las fotos.

Esa noche no ocurrió nada capaz de sorprenderme, nada más allá de las desgracias a las que estoy habituado. El portátil se estropeó y murió la tía Carola. Para el primer problema pedí otro prestado, para el segundo supuse un itinerario lleno de cordialidades que ocupaban desde la asistencia autoimpuesta al velorio hasta el reencuentro con familiares distantes. Evalué las variables de escapada ¿Quién a parte de mi madre me extrañaría en el velorio de la tía Carola? ¿Será necesario asistir?

Acabé yendo, la funeraria quedaba al sur, más al sur que de costumbre. El cuerpo estaba dispuesto en la sala 8, me enteré después de pasar treinta minutos en la 7 buscando a mi madre. No veía a mi hermana hacía cinco años, está de novia con un tipo extraño, cara de tonto y nombre chistoso, Níquel o Lechim algo así, se llaman cariñosamente -Guirnalda- entre ellos, mi hermana siempre ha sido entregada a las cursilerías y rarezas. Cuatro personas que ni siquiera recordaba me llamaron gordo, lamenté no estar atendiendo a sus funerales.

Cosas sobre las que escribiré más tarde: Un hombre se dedica todos los días a visitar funerarias al azar y velar muertos que no le corresponden. En el proceso hace descripciones detalladas del comportamiento en los funerales. También lo hace porque teme que nadie lo visite en su funeral, el teme que su cajón se encuentre -alone- en la funeraria.

Me encontré con William G… ex compañero en épocas del colegio, gordo, ex gordo. Contó que estaba trabajando con Herbalife, eso explicaba la decadencia del aspecto circunflejo y el entusiasmo irritante de sus palabras. Me ofreció líquidos de cortesía, oriné de inmediato, sentí el olor corrosivo de la orina estrellándose con la porcelana del retrete. Él consideraba la vida digna de ser vivida, y yo clavaba con fuerza la estaca en el corazón de mi voluntad. ¿Qué necesito para hacer mi vida apremiante, o al menos mediocre pero habitable en la ignorancia? ¿Por qué todos parecen felices?

Gasté todo mi pago en el póker, ya no puedo ni siquiera engañar a los otros ludópatas que mal gastan su existencia entre fichas de casino y cocteles baratos. Hasta ellos pueden ver en mis pupilas el reflejo de un par de manos vacías. Debe ser la soledad.

Estuve con mi amiga, no la médica, otra, toda la mañana. Tiene delirios de influencer, quiere brillar en redes. Compartir con ella funciona como anti depresivo, su existencia resulta una metáfora ridícula de la vida en nuestros días. Creo que todos son absurdamente abiertos en compartir lo que consideran define su existir, somos seres demasiado positivos con nociones idealistas de nosotros mismos, con temor al escarnio público y a quedar rezagados en la competencia de experiencias.

Después de presentarme a la oficina de remisos del batallón 51 tomé el bus de transporte público, con diez o doce personas a bordo, quedaba espacio, no tenía pasaje, pedí en voz baja y con pena que alguien me vendiese uno. Hice el trayecto a casa caminando.

Revisé en la madrugada la aplicación azul de malas calificaciones, había cinco almas interesadas en contactarme, dos escribieron con modestia -hola-, saludé a las tres restantes. Pasadas doce horas solo continuaba conversando con una y había otras seis nuevas. Las razones de los fracasos previos fueron diversas, dejé de responder conversaciones porque tomaron con demasiada trascendencia el -sobre mí-, hicieron comentarios acerca de la difícil vida del abogado, mi supuesta especialidad en el arte de la pelea, y alguien terminó por confesar que buscaba dealer con urgencia e interrogó si la cocaína que yo conseguía estaba a buen precio. Otras dejaron de responder cuando les expliqué que nada del -sobre mí- era cierto y solo me tomé la molestia de abrir un libro para poner lo primero que encontrase. La única conversación vigente lo pasó por alto, lo quité para no arruinarlo.

Hablamos por días acerca de cosas absurdas e intrascendentes, luego accedimos a encontrarnos. Llegué al lugar equivocado. Se tomó la molestia de esperarme. El resto de noche fueron intercambios innecesarios de anécdotas, posiblemente más de mi monologo infinito a un público inexistente. Me sentí mal por no tomar las cosas con mi falsa actitud natural. Quise reivindicarme forzando la conversación e invitándola a cenar. No respondió más. Volví a la aplicación y escribí nuevamente la cita del libro en -sobre mí-, cerré un micro ciclo.

Compré el desayuno, un hombre demasiado robusto hacia la fila frente a mí. Pensé que ese sería mi aspecto en cinco o siete años. En el mismo barrio, con más apariencia de fracasado, y comprando en la misma panadería. Tuve nuevamente la intención de suicidarme. Me dio asco al pensar en auto infligirme asfixia con pan francés.

Soñé que leía acerca de un hombre quien conocía por medio de la aplicación azul mal calificada a la mujer de su vida. El tipo era ingeniero químico, de cargo importante, y gusto exquisito para los restaurantes. Pero la mujer nunca visitaba su casa, con el transcurrir del tiempo ella empezó a descubrir agujeros en la identidad del sujeto. Terminó averiguando que era un hombre sin vida. Vivía a los treinta y dos años con su madre y no hacía nada para cambiar la situación. Mensualmente la madre le regalaba pequeños porcentajes de su pensión, que utilizaba para sorprender a la mujer de la aplicación mal calificada. Mientras leía eso sonaba Psycho killer. Desperté dispuesto a no perder la historia, tomé el celular y traté de consignar al pie de la letra todo lo que recordaba de la última línea leída por mi subconsciente. No logré nada.

Cosas sobre las que escribiré más tarde II: La historia de una gota de lluvia cuyo único fin es caer en el lugar correcto. A todas las gotas les asignan un lugar para caer, pero ellas no lo saben.

Llegué al medio día, la película era a las dos. Tuve dos horas en las que hablé mucho conmigo. Pedí té negro en el donuts del primer piso, reconocí a la mujer que atendía. Creo que lleva trabajando demasiado tiempo en este lugar. Como era festival de cine, fui toda la semana, y toda la semana pedí té negro en ese donuts, llegado el viernes ella me vio venir y lo puso a preparar sin esperar mi orden. Conversamos esa tarde porque el lugar estaba vacío, es estudiante del Sena, planea ingresar a la universidad apenas termine, pero antes debe ahorrar para el semestre. El donuts es su única fuente de ingresos. Se llama Diana. El festival terminó, no la he vuelto a ver.

Le preguntaron: ¿qué pediría si tuviera un deseo? Dijo mientras su rostro reflejaba aquella inocencia de la que su gesticulación es inconsciente – morir un ratito y volver a despertar, para saber cómo es la cosa – Yo estuve pensando al respecto, y recordé el buen cuento de Edgardo acerca de un hombre que muere atropellado en Buenos Aires, y aparece en la misma ciudad, pero habitada solo por los seres fallecidos. ¿Y si es poco más de lo mismo habría valido la pena?

Me cayó una pesa en el pie, ahora voy al gimnasio. O iba, porque creó que no podré hacerlo más. Tengo el dedo inflamado y de color indescifrable entre verde y morado. No siento deseos de caminar, pero la falta del deseo estaba antes del golpe.

Leí un libro malísimo acerca de las relaciones sexuales. La conclusión en aspectos generales es que siempre nos hacemos la pregunta incorrecta. Las preguntas son otro de los motivos más comunes de suicidio, ¿Qué pasa si la respuesta que has buscado toda tu vida es otro interrogante? Debo tener alguna enfermedad mental, al parecer son hereditarias. Tengo un tío esquizofrénico, y otro feliz.

Hoy he despertado dichoso, como si hubiese dejado de ser gusano para convertirme en mariposa, las cosas grandes y negras que reposan con las alas abiertas son polillas. Fui a caminar, y no paré de contemplar la magia de los colores, ¿Habré vivido todo este tiempo en escala de grises y no lo he notado? ¿Esto sentirá un daltónico al ver los colores por primera vez?

Y yo que era un pobre diablo, ignoraba la feliz confusión de estar vivo, ignoraba que una vida modesta con suficiente locura y apremiada por alcanzar algo de sabiduría es recompensa suficiente. Me he encontrado a Marina, la vecina anciana del quinto piso, estaba tan contento que hoy decidí seguirle la conversación, contó que se sentía demasiado enferma de las rodillas y desdichada, le respondí que la tía Carola tenía una crema buenísima para ese mal, muy sonriente pregunto ¿Cuál?, la cremación, contesté. Lo tomo demasiado enserio porque he escuchado sirenas de ambulancia y luego paramédicos subir hasta su apartamento.

He avanzado en cantidades jamás pensadas con mi trabajo. Sigo cuestionándome sobre el impulso de productividad.

Llevaba buen tiempo sin revisar la aplicación, otra alma errante ha escrito ayer: – ‘‘…Holmes sonrió al escuchar la última observación.’’ – Su nombre es C… la amaría si su perfil tuviera el nombre completo y no tres puntos. Aun así, esto no acabará aquí, quizá es el amor de mi vida, pero ella no lo sabe todavía.

Se ha presentado otra oportunidad impasable de suicidio, un alimentador quedó sin frenos en la calle 80, comenzó a pitar y todos huyeron, yo lo dudé, pero corrí a último minuto. Habría sido el accidente perfecto. Algo me detuvo. Llegué a casa y reflexioné al respecto. Quizá fue mi naturaleza escasa de positivismo. Solo los positivos que ya no pueden ser más positivos deciden suicidarse. El resto de nosotros quienes no esperamos cosas maravillosas de esta existencia apenas merecida, no tenemos motivos para matarnos.

Cosas sobre las que escribiré más tarde III: Cuando un hombre pierde el sentido de la vida, tiene la potestad de inventarlo.

Hoy llueve demasiado, y pienso disfrutar las gotas de lluvia, ellas han elegido caer aquí….

Y murió alcanzado por un rayo (alguien tenía que escribir el final)

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