Sangre nocturna: Siete Reinas

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PRÓLOGO

La niña en el ala del avión

Ana abrió los ojos despacio. Miró por la ventanilla el cielo difuminado entre las nubes. Se frotó los ojos, y al girar hacia el asiento de al lado, el corazón le dio un brinco, haciéndole sentir un vacío inmenso en el pecho. Levana no estaba.

—¡Levana! —dio un grito ahogado mientras se ponía de pie, se sostuvo del respaldo de su asiento y miró hacia atrás. 

El avión iba casi vacío, pocas personas viajaban a Bosnia y Herzegovina en esa época del año, en realidad, pocas personas viajaban a Bosnia y Herzegovina en cualquier época del año. 

Por eso había elegido Mackovac, un pequeño pueblo ubicado en la parte central de Bosnia y Herzegovina, como destino para comenzar de nuevo. Las posibilidades de que la encontraran ahí eran casi nulas.

La mayoría de los pasajeros dormían, los que no, la miraron con ojos inquisitivos, achicando la mirada.

»señorita, mi hija no está —le gritó a la azafata mientras caminaba por el pasillo a zancadas. Al llegar al baño se percató de que estaba ocupado y golpeó la puerta con empeño 

—Señora, tengo que pedirle que se calme, por favor. No tiene de qué preocuparse, le ayudaré a encontrar a su hija—la azafata se le acercó por atrás, cogiéndola con suavidad del brazo y ofreciéndole una sonrisa amable.

Ana abrió la boca para decirle a la azafata que no se calmaría hasta encontrar a su hija, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la puerta se abrió y apareció una niña de piel tostada, cabello rizado y grandes ojos negros que miraba a Ana y a la azafata.

»Lo ve, su hija está bien —dijo la azafata sin quitar de su rostro la expresión cordial.

—Ella no es mi hija —dijo Ana con la voz quebrada mientras la niña se alejaba por el pasillo —la azafata frunció ligeramente el ceño.

—Ah, entonces…la buscaremos —la azafata mantenía su tono calmado, pero el desconcierto asomaba en su expresión

Se encaminó hacia el baño ubicado en el otro extremo de la cabina, estaba vacío.

—¡Oh por Dios! ¿Dónde está mi pequeña? —la voz de Ana se quebró y sus ojos estaban vidriosos de aguantar las lágrimas que se apresuraban a salir

—No se preocupe señora, la encontraremos —la azafata rubia de piernas largas se acercó a su compañera pelinegra, un tanto menos agraciada, pero igual de elegante y le susurró al oído. Ana la seguía de cerca, pero no alcanzó a escuchar lo que le decía, la otra azafata abrió los ojos y caminó apresurada hasta que se desapareció al finalizar la cabina.

Recorrieron la clase ejecutiva, primera clase y volvieron a clase turista sin conseguir a la pequeña Levana.

—Vuelva a su asiento —le dijo la azafata a Ana —quizás haya regresado. 

Ana hizo caso, pero al comprobar que Levana no había vuelto, se tiró en su asiento. No pudo contenerse, rompió en llanto, las lágrimas desbordaban copiosas por sus mejillas enrojecidas. Gimoteaba sin control.

Los pasajeros empezaron a murmurar, algunos se mostraban preocupados y apenados por la situación de Ana, otros se quejaban de que no los dejaba dormir con el alboroto. 

—Me parece que ella ha subido sola —una voz se alzó entre los murmullos. Ana respiró profundo al escucharla

—Sí, yo la he visto sola —dijo otro pasajero —los cuchicheos se intensificaron 

—¡Está loca! —gritó un tercer pasajero a la vez que la azafata se acercaba a Ana.

—Señora. ¿Está segura de que su hija abordó el avión? 

Ana enjuagó las lágrimas de sus ojos y miró a la azafata indignada

—No estoy loca, mi hija abordó el maldito avión y ha desaparecido. Si algo le ocurre demandaré a la aerolínea —Ana se había levantado de su asiento y gritaba a todo pulmón

—Señora, ya cállese, nos está asustando —dijo una joven sentada unas cuantas filas atrás

—Ya callen a esa loca —dijo un chico

Y pronto el bullicio se hizo insoportable, algunos se quejaban del ruido, otros pedían empatía con la señora.

Ana cogió su bolso y sacó de este un papel. Era el boleto de avión con un nombre impreso: Levana Campbell. Se lo mostró a la azafata junto con el pasaporte y esta puso cara de total desconcierto.

—La hemos buscado en todas partes. ¿Qué edad tiene su niña?

—Cuatro años —dijo Ana

—Es pequeña —respondió la azafata y Ana achicó enseguida la mirada, se levantó de su asiento y miró a algunos pasajeros que le parecieron sospechosos.

—Tan pequeña que podría caber en una maleta —dijo exteriorizando esa loca idea que se había precipitado en su mente

—¿Qué? ¿qué está diciendo señora? ¿de verdad cree que alguien ha metido a su hija en una maleta?

—No lo sé, pero si la han buscado en todas partes, es lo único que se me ocurre —respondió aterrada con una imagen perturbadora en su mente; el pequeño cuerpecito sin vida de su hija contorsionado de tal manera que entrara en una maleta.

La azafata se ausentó por unos minutos y volvió anunciando que revisarían el equipaje en cabina de todos los pasajeros, el vuelo era largo, había tiempo para hacerlo. Al cabo de un par de horas, con la ayuda de todo el personal y del oficial a bordo (un hombre vestido de civil que llevaba un arma en la cintura y no hacía ningún esfuerzo por ocultarla) se habían revisado todas las maletas y no habían conseguido a la pequeña Levana. 

Ana no podía creer lo que estaba ocurriendo. Por un momento pensó que la manada las había encontrado, pero… ¿cómo era eso posible? Y si la habían capturado a Levana ¿a dónde se la habían llevado? Estaban a miles de metros del suelo. Sobrevolaban el atlántico. Era imposible, aún para quienes la perseguían.

—Tiene que volver a su asiento señora —le dijo la azafata a Ana. La chica se veía angustiada.

Ana se dejó caer en su asiento y escuchó una voz que anunciaba que iban a aterrizar.

Se negó a bajarse del avión. Dijo que no se movería de su sitio hasta que encontraran a su hija. Nadie intentó persuadirla para que bajara. Después de una hora de estar sentada en el avión vacío, el oficial de policía a bordo se le acercó

—Hemos encontrado a su hija —le dijo, y Ana se levantó como si la hubiese alcanzado un rayo, sus enormes ojos negros centellantes se clavaron en los del oficial.

Pero entonces, reparó en el gesto del hombre, hacía un esfuerzo por mantener una débil sonrisa que más parecía un mohín. Un par de arrugas surcaban su frente perlada por el sudor.

Al llegar a la oficina de la aerolínea, vio a Levana sentada, a su lado, una chica vestida de azafata conversaba con ella. Ana corrió hacia su hija, se arrodilló frente a ella y la abrazó

—¿Dónde estaba? —le preguntó a la chica al lado de ella. 

—Señora, no estoy autorizada para darle esa información —respondió con la voz nerviosa

—¿Y quién demonios me dará la información? —Ana estaba alterada

—El gerente hablará directamente con usted. Pase adelante

 Ana salió de la oficina del gerente, al cabo de un par de horas, con un cheque en las manos por unos cuantos miles de dólares. 

A cambio de esta gran cantidad de dinero, la aerolínea le hizo firmar un documento en el que se prometía a no demandarlos por permitir que una pequeña niña de cuatro años se colara en la bodega de equipaje. 

Estaban consternados, no sabían cómo aquello había sido posible. Le pidieron disculpas una y otra vez.

Ana cogió el cheque, firmó los documentos, pero con una condición; que no despidieran a ninguno de los sobrecargos que estaban ese día en el avión.

Al gerente le pareció una petición muy peculiar. Pero aceptó. Ana había aceptado el cheque porque necesitaba comenzar de cero con su pequeña y ese dinero le había caído como anillo al dedo, pero sabía muy bien que la aerolínea, los empleados o las medidas de seguridad en el vuelo no eran el problema.

Levana tenía “habilidades especiales” que le hubiesen permitido aparecer de pronto en una de las alas del avión si lo hubiese deseado. Pero ese era su pequeño secreto.

 

 

 

 

 

 

 

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