Renacer arrastrado por la realidad 

Volví después de escribir un poemario sin belleza. Fue un vomito que despejó mi garganta y limpió mis vísceras en una época, que casi me mató, porque vegeté en un ambiente si luz, poseído por una zona de confort, que irritaba mis necesidades más profundas de escribir lo que llevo dentro y expresar mis necesidades de redención, para reencontrar los tiempos que me hicieron crecer.

Recuerdo que en ese espacio cultivé el miedo por un tiempo y espere muchas manos que nunca llegaron. Lo peor de todo, fueron las expectativas, porque generan una visión errada de la realidad. Recuerdo que me quedé sólo, sin nadie a quien pudiera expresar mis honduras, que me estaban ahogando en un mundo sin sentido para las aspiraciones por conocer el ser y estar siempre en la vigilia de saber quiénes somos y qué sentido tiene ser humano.

Agobiado por esas y otras circunstancias, fui enredándome en acciones que mi cuerpo rechazaba, pero que no podía dejar, porque hay momentos donde la vida te lleva por un callejón imposible de eludir y se hace improbable volver atrás; es un momento irreflexivo, donde no puedes salir y quedas a merced del destino y esperas resurgir, cerrando los ojos y esperando que el porvenir te bendiga con golpes blandos, para no sufrir, lo que ahora estaba viviendo con una doble realidad y perdido entre los tiempos, con pocas historias que contar y errando en un espacio que necesitaba más de mí.

Hoy todo es más mesurado: Camino reflexivo por la ciudad, ya sin el estrés del que dirán y viajo en los vagones del tren metropolitano, cubierto por la sensación de un mi menor…Es una música propia, que se forjó en los días difíciles del ayer, cuando había una nebulosa en la cubierta de mis horizontes y un eminente naufragio en mi corazón. Fue un tiempo de vacilaciones, con horizontes que aparecían y desaparecían todos los días y a cada rato; una visión empantanada por la realidad, que agobia sin respuestas, en días que se hacen interminables, anémicos, espesos.

Sé que llevo una carga pesada, que nadie más que yo ve. Es la vida me arrastró por ciertos dilemas, que resolví con una decisión dura y definitiva. Admito que esto me permitió enfrentar la realidad de nuevo, con otros ojos, en otros espacios, con otras personas, con los cuales aún me asombro de lo que va ocurriendo a mí alrededor… Ahora no hay espacio para las vacilaciones y entregado a la vida y viviendo de momentos tristes y alegres, cabalgo la realidad, haciendo un tiempo para reflexionar y expresar lo que llevo en mí. Hoy no hay más tiempo para llorar, ni para esperar. Hoy solo puedo vivir, aunque esto cause daño al entorno, que me mira con suspicacia y desencanto.

Concentrado en mi poesía, aprendí de los silencios y endurecí mi mirada, para que en el enfrentamiento directo, mi voz no se censurara y expresara lo que siento. Es difícil mirar a los ojos y exponer el alma, que herida, aún está sintiendo el ayer. Mis metáforas están rotas y no existen concordancias semánticas entre lo que digo y lo que siento. Un río de vocablos inconexos brota de mi pecho, esperando que el destino sea definitivo conmigo y anuncie un último tiempo.

No tengo miedo y una pequeña luz me indica un que la vida me está hablando en distintos tonos y con diferentes señas; es mi voz interior, la que sigo en silencio, sintiendo que mis pasos van acompasado de una historia, que nació en un canal poblacional y se forjó a punta de pacientes amaneceres, donde se aprende de los tonos que quedan de la noche y se aprende de la blanquecina mañana, que despierta el día con todas las incógnitas, para quien busca renacer.

Hoy disfruto de esos amaneceres, que se alargan en el mutismo de mis viajes matutinos al centro: es una aflorada de tonos, que inunda una atmosfera citadina, despejada de las rutinas y las gentes. Una aventura por el cemento, donde los locales comerciales mustios y decadentes cuelgan sus anuncios para una masa que comienza a despertar, cuando recién comienza la mañana.

Hoy el andén, donde retorno a mi antigua vida está abandonado y un tren lejano avizora una esperanza que está hecha de nuevos besos y abrazos inimaginables. Es mi retaguardia nueva, que está comenzando a florecer; son mis primeros trazos de una vida que comienza con un sol. Como en mi niñez, junto al río, en la época de los silabarios y de las matemáticas encantadas de esos limoneros en el campo, donde solía correr junto a mis amigos, en una loca aventura que me hacía renacer.

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