Puebla ante la independencia.

puebla siglo xix 1

Para el año de 1787, con el establecimiento de las intendencias le es asignada la suya propia a la que fuese la segunda ciudad más importante del virreinato, Puebla, administrando un territorio de 2696 leguas cuadradas a la que le tocaba costa tanto del lado del Golfo como del Pacifico, poderío que le otorgaba el poseer tres ciudades en la Real Corona como Huejotzingo, Cholula y Tepeaca, dos villas como Atlixco y Tehuacán, y sobre todo la ciudad capital. Todas ellas gozaban de privilegios reales y fue reconocida como la segunda ciudad con el derecho al voto en los congresos de las ciudades virreinales contando bajo su control el dominio de numerosas poblaciones a lo largo de la intendencia. Su situación de privilegio fue ganada gracias a su localización en medio del camino entre la Ciudad de México y el puerto de Veracruz, convirtiéndose en paso obligado tanto del comercio como de las mismas autoridades virreinales.

Al nivel clerical también quedaba en una posición de importancia al ser la segunda diócesis con una alta recaudación del diezmo solo por debajo de la Ciudad de México y casi alcanzada por el Obispado de Puebla, pero muy superior al vecino Obispado de Oaxaca al que aventajaba por aproximadamente 100 parroquias, teniendo como una debilidad los territorios del Pacifico que era la zona marginal al quedar lejana de los grandes centros urbanos. Todo esto hizo que para principios del siglo XIX esta intendencia viviese en conformidad con el régimen virreinal y fuese uno de los territorios donde tardaría en florecer el sentimiento independentista.

Para el momento en que se produce el Grito de Dolores de Miguel Hidalgo, el intendente Manuel de Flon, conde de la Cadena, se encontraba ausente de la capital al estar acompañando al virrey Francisco Javier Venegas en la Ciudad de México para ir tomando las riendas del poder, sin regresar a su intendencia y quedando con el poder de facto el obispo Manuel Ignacio López del Campillo, solo se limita a mandar al Regimiento Provincial de Infantería de Puebla junto a otros cuerpos de tropa a combatir en Querétaro y San Miguel. El obispo tenía la jefatura de la diócesis desde 1803 y se había caracterizado por mantener sus funciones con una alta eficacia tanto en lo eclesiástico como en lo civil. Hacia 1805 cuando se hacía notar la decadencia de España, el obispo Campillo en lugar de promover el movimiento autonomista defendía la idea de que el virreinato no era ni superior ni subordinada a la península, sino que se trataba de parte fundamental de la Monarquía hispánica, asegurando con sus discursos la lealtad de los poblanos a la corona.

Cuando sucede la crisis política de 1808, la oligarquía poblana jura lealtad al rey legitimo Fernando VII e inicia la preparación de las tropas en caso de que llegase a ocurrir una invasión, pero sobre todo participa en los esfuerzos de formar las Juntas Generales con el Ayuntamiento de México reafirmando su posición de ser la segunda votante, adhiriéndose a la propuesta de la conformación de un gobierno autonómico. Todos estos movimientos se explican por la constante pérdida de poder por parte de los potentados poblanos para beneficiar a las autoridades peninsulares como el Alcalde Mayor y posteriormente al intendente, sobre todo por haber perdido el privilegio de poder vender los cargos del ayuntamiento con la llegada del alcalde Juan Jose Veytia y Linaje a finales del siglo XVII, inicios del XVIII, quien además acaba con la evasión fiscal y la especulación del precio de los cereales.

Tanto Manuel de Flon y el obispo López del Campillo actúan de forma cautelosa al mantenerse al margen de los esfuerzos de formación de las Juntas y el 31 de agosto acaban con la intentona de los potentados poblanos de recuperar el poder, legitimando su puesto con la jura de Fernando VII como rey y vuelven a reencausar la intendencia con el sentimiento de apoyo a la defensa de la metrópoli contra los franceses, aunque se mantuvo una opinión critica respaldada por el sentimiento criollo hacia el actuar de los reyes frente a los movimientos de Napoleón. Es así que resurge el sentimiento hispanófilo en la sociedad poblana al ir circulando las noticias llegadas desde la península donde sabían los esfuerzos de resistencia a los franceses y se atacaban los ideales de la Revolución Francesa, pero también tenían muy presente los compromisos que tenía el rey frente a sus súbditos.

Este flujo de información no impide que llegasen a la vez otros textos de origen alemán, holandés o suizo donde se cuestionaba el orden establecido y se proponía la necesidad de cambiar el pacto de la forma de gobernar, una tesis que fue muy influyente seria la del decano gaditano Pascual Bolaños y Noboa quien argumenta la nulidad de todo intento de enajenación de las Indias por parte del rey debido a los compromisos adquiridos, por lo que no impedía que en caso de necesidad se pudiese constituir Cortes a la falta del soberano, pero siempre poniendo en claro que tanto la península como los reinos de Indias constituían una misma nación. Es así que, teniendo estos antecedentes, el ayuntamiento poblano justificaría su intentona de ser parte de las decisiones políticas que se estaban llevando a cabo con la conformación de las Cortes de Cádiz, como el de fijar una serie de peticiones al representante para llevarlas a la península, cosa que el obispo desecha. Para 1810 se daba la oportunidad de que los potentados poblanos se viesen seducidos por el movimiento de Hidalgo, representando un reto para el obispo el mantener la lealtad de la sociedad al viejo orden.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Alicia Tecuanhuey Sandoval. La independencia en la Intendencia de Puebla, del libro La Independencia en las provincias de México.

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Imagen: Anónimo. Catedral de Puebla, del «Calendario de señoritas Megicanas» de 1839.

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