Novela corta “Más allá del pecado”, capítulo 11

XI

Llegué un viernes al Tribunal de Viñales. Debía ver un expediente para un proceso penal. Me querían contratar para una revisión. En la recepción me esperaba una señora de aspecto cansado. Con tan solo cincuenta años su cuerpo ya reflejaba el desgaste del tiempo. Parecía una anciana sumergida en constante dolor y sufrimiento. Era mi cliente. La semana anterior había venido a la oficina. Desesperada, ofreció $5000.00 por la defensa de su hijo, que rechacé.

El sancionado estaba cumpliendo doce años por robo con violencia. Era, además, reincidente. Quizás lograría bajar la pena si demostraba un delito de menos gravedad, pero tan pronto revisé y vi la multitud de pruebas en su contra comprendí que nada podía hacer.

–Dime algo bueno, ¿Se puede hacer algo?–preguntó ansiosa.

–Lo siento, no hay nada que pueda hacerse.

–Por favor, abogado, intenta algo. Mira que yo tengo mucha fe en ti – la voz sonó quebrada. Estaba a punto de llorar.

–Créeme, por mucho que lo intente de nada te servirá. –quise consolarla.

Me costó convencerla y despedirme.

Faltaba poco para las 6:00 pm. Me dirigí hacia una piquera de taxis, a pocas cuadras. El día estaba obscuro, nublado, parecía que la noche iba a llegar de un momento a otro como una fiera hambrienta para depredar la tarde. Sentí aprensión y soledad. Cuando estoy así me pongo filósofo y eso no es bueno. Deseé llegar a casa, ver a mi esposa, abrazarla, refugiarme en su ternura. Tenía ganas de darle un hijo, crear una familia. No obstante, me pregunté si valdría la pena. Pensé en la señora, con el hijo preso. Vino a mi mente un comentario de una doctora anti natalidad. “La mayoría de los hijos no consideran los sacrificios de una madre. Ellas siempre intentan protegerlos, los defienden a ultranza. Se engañan acerca de sus conductas porque en sus corazones los consideran seres bondadosos, llenos de cualidades. Sus pecados o delitos son errores derivados de malas compañías con otros sujetos que sí son malos. De esa manera es como los justifican, mientras ellos, como alacranes, les clavan su aguijón. El amor de madre nunca es realista ni objetivo.”

Meditaba estas cosas cuando al pasar frente a un Restaurante vi un cartel lumínico con un letrero rojo: Odaly´s Hostal. Se despertó un torbellino de emociones. “No puede ser”– pensé mientras quedaba paralizado. Tuve recuerdos.

– ¿Sabes?, mis sueños desde niña son convertirme en chef, empresaria y dueña de un hotel. Y por supuesto, nadar en fulas. Ja ja ja.

–Al menos ya el primer sueño lo cumpliste, cocinas riquísimo, me encanta tu sazón– le di una nalgada con malicia. Me subí sobre ella.

–Ay chico, tú no me calculas… ja ja ja… ayyy, yaaa, no te burles de mí tú verás que…ayyy que rico…

Permanecimos horas dormitando, enroscados en la cama. Nos despertamos al oscurecer.

–Con lo que sabes de inglés, francés e italiano, podrías pasar fácil lo niveles de idiomas en Formatur y por ahí estudias cocina.

–Ay no, a mí no me gusta estudiar. Mis conocimientos son empíricos. Te habrás dado cuenta que cocino como una reina.

–Sí, lo sé– dije juguetón

–Deja de jugar tú sabes que es verdad.

Todo el pasado acudía como un paroxismo. “No puede ser esa coincidencia”– me repetí en voz alta. La imagen de Odalys, como una sombra, siempre planeó sobre mi cabeza, sin embargo había perdido nitidez por la influencia de Rosy. La Imaginaba en el extranjero, bien distante. Por eso sentí una mezcla de excitación, temor y curiosidad. Tuve el impulso de entrar para despejar la incertidumbre, quitarme la inquietud. Necesitaba eliminar esa sensación y así irme con paz de Viñales. No encontré coraje, algo me detuvo de hacerlo.

Cuando llegué a mi casa todavía pensaba en lo ocurrido. Con los días intenté olvidar el incidente, inventándome posibles alternativas para explicar, de un modo convincente la extraña coincidencia. Nada encontré para calmar la aprensión. Algo me decía que había regresado, y con ella, la posibilidad de un reencuentro. Me distancié de Viñales. Era lo mejor y así hice.

Las semanas pasaron y la angustia se fue alejando como las nubes de un día soleado. Hasta llegué a pensar que el nombre mostrado en aquel lumínico era simple coincidencia. Decidí no preocuparme más, concentrar las energías en darle un hijo a Rosy y luchar por los sueños convertirme en un gran abogado.

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