“Más allá del pecado”, capítulo 13

XIII

Cuando el gobierno de Los Estados Unidos comenzó a flexibilizar su política hacia Cuba, el acontecimiento no pudo ser pasado por alto en la prensa miamense. El Nuevo Herald lo anunció a bombo y platillos. Era natural. Todo lo relacionado con Cuba revestía importancia en el sur de la Florida.

Odalys se sorprendió al saber la noticia. Desde hacía tiempo deseaba regresar. Aunque en Miami habita una importante comunidad de cubanos, el ambiente no era igual. No se sentía a gusto. Extrañaba lo que dejó. Ahora tenía la oportunidad de ir y quedarse. Tan pronto bajó la escalerilla del avión y puso los pies en Rancho Boyeros sintió una alegría indescriptible. Retornaba por fin al terruño. Los años vividos valieron la pena. Llegaba de una guerra con el trofeo de los vencedores. Alquiló un taxi y se dirigió a Artemisa, donde la madre la esperaba. Durante el trayecto se acodó de las dificultades en España y la forma tan dichosa con que se libró de aquel orate, de quien apenas recordaba el rostro. Con miles de Euros ganados del divorcio, se fue para Los Estados Unidos donde las cosas le fueron bien. Perfeccionó su inglés, estudió marketing, administración de empresas, cumplió sus sueños de empresaria, y lo más importante: sus finanzas aumentaron. Se volvió a casar, esta vez con un congresista. Duraron seis años. Decidió dejarlo. No podía decir que era mal esposo. Le abrió puertas. La trató con delicadeza y se comportó como un caballero, pero la aburría hasta matar. Demasiado blando y complaciente para lidiar con ella. “Rom es un buen hombre, lástima que no pude quererlo como se merece”–pensó.

Llegó de noche. La madre la recibió llorando. La encontró más gruesa y envejecida. “El tiempo no pasa por gusto”–pensó, a pesar de que en ella pareció haberse detenido. Al entrar a su antigua casa vinieron los recuerdos. Pensó en los últimos días, cuando perdió a aquel muchacho por causa de Enrique. “¿Qué habrá sido de él?” –se preguntó. Nunca lo olvidó en todos esos años. Era lo más semejante a ese príncipe azul que toda mujer sueña, el único que logró despertarle un sentimiento romántico. Si la relación no se salvó fue porque llegó a destiempo. Decidió huir de esos pensamientos. Ya no le serían útiles. “Mañana veré como darle un nuevo rumbo a mi vida, buscar un lugar donde vivir, poner mi negocio y olvidar todo lo que sufrí. En La Habana no quiero vivir ni tampoco aquí. Por suerte ya todo cambió, ahora tengo dinero pa parar un tren. ¿Quién lo diría? Jajaja, y soy una señora decente. Tengo que acostarme. Necesito descansar”.

La empresa mixta Cubasol, llevaba años invirtiendo en Cuba y tenía presencia en Viñales. El gerente español, Nicolás González, poseía allí una lujosa casa de dos pisos. La vendió a un “pivón de cubana”, según sus palabras.

Era una propiedad extensa, cercada de árboles maderables, y oculta de las miradas curiosas de los transeúntes. El césped bien cuidado, de un verde intenso, de hermosos arbustos, rodeaba el garaje y la fastuosa residencia de paredes de mármol. En fondo la terraza exhibía una alberca amplia con patio de losas y un ranchón, convirtiéndola en sitio ideal para grandes celebraciones. Estaba ubicada en una zona privilegiada, donde la vista, desde la piscina, revela lo más admirable del paisaje viñalero. El interior lucía perfectamente decorado, demostrando exquisitez y buen gusto. Al costado había una edificación anexa, compuesta de restaurante, cafetería, piscina y siete habitaciones. A metros de la calle, se hacían visibles, mediante un anuncio lumínico, las ofertas gastronómicas y de hospedaje de ese establecimiento. Ahora pertenecía a Odalys Martínez, la mulata despampanante a quien todos llamaban “la millonaria”.

Meses atrás pensaba sobre el lugar idóneo para reiniciar la nueva etapa de su vida, sabía lo que quería, buscaba un sitio limpio, tranquilo, paradisiaco, con perspectivas de desarrollar su negocio y lejos de todo aquello que le recordara su antigua vida de jinetera. Lo pensó y ninguno fue tan coincidente en esas cualidades como Viñales. Entonces resolvió plantar bandera. Ignoró otra razón de su decisión(o al menos el subconsciente ignoraba): La posible cercanía de un hombre al que no consiguió olvidar, y a quien imaginaba en Pinar del Río. Se puso en acción. Era una mujer decidida, la guerrera de siempre. No le costó trabajo contactar a las personas indicadas y comprar la propiedad. Esta vez no tuvo que usar el sexo. Había quedado atrás la muchacha pobre que para conseguir algo estaba obligada a transar con el cuerpo. Eso sí, soltó buen dinero combinado con alguna falsa esperanza de “ligue” por parte del empresario. Cuando el negocio fue consumado, lo despachó sin miramientos.

Desde su llegada comenzó a causar revuelo, llamando la atención por disímiles razones. Era una advenediza, en extremo hermosa, joven y con ostensible riqueza. Se encargó de que todos supieran lo necesario. Habanera, varios años residiendo en España y Miami. Había venido para establecerse en Viñales, quería invertir como cuentapropista, etc. A despecho de la competencia logró sobresalir igual que años atrás, cuando estableció un hotel en La Pequeña Habana, a poca distancia del Versailles Restaurant. Su talante emprendedor, carisma, genio en la ingeniería social, experiencia de calle, conocimientos culinarios y de idiomas y el gran talento empresarial marcaron la diferencia entre tantos restaurantes, moteles y casas de alquiler que proliferan en el territorio. A su negocio acudían multitud de clientes, la mayoría extranjeros, pero también no pocos cubanos. Estos últimos eran los nuevos ricos ya no tan nuevos, que habían emergido a partir de los 90 del pasado siglo. Todos quedaban extasiados por la calidad del lugar y la presencia de la dueña. Una vez más era envidiada por sus competidores, pero esta vez el gremio al que pertenecía era de estatus superior. “Pero la misma basura de gente”– razonaba.

Tenía contratados a cuatro cocineras, dos dependientes de cafetería, dos meseras, un jardinero, dos auxiliares de limpieza, dos lavanderas, un administrador y un contador. Pensó en un abogado para las cuestiones legales del negocio. En lo esencial, respecto a los contratos. Se sirvió de una jueza del Tribunal Provincial, con quien había trabado amistad. Indagó sobre los más exitosos en pleitos económicos. Uno de las recomendaciones recibidas fue la de Juan Pablo Castaño. La sorpresa la dejó aturdida.

–¿Quién es él, lo conoces?–preguntó.

–Lo he visto pocas veces. Su fuerte son las defensas penales, pero las pocas veces que ha tenido litigios económicos ha demostrado estar preparado.– respondió la jueza.

–¿Qué edad tiene? ¿Cómo es su aspecto?–preguntó conteniendo la emoción.

–Como te dije lo he visto poco pero es blanco, alto y debe tener unos treinta.

Ya no tuvo dudas. No podía ser otro. Era aquel Juan Pablo que jamás pudo olvidar. Él único con quien pudo sentirse una mujer plena. Lo imaginaba restaurado a su religión después de abandonarla por su causa, establecido como un predicador consagrado. Lo menos que menos esperaba fue encontrarlo convertido en abogado. Pensó que si Dios o la vida ahora le permitían reencontrarlo, lo pelearía no solo como abogado, sino también como hombre.

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