LOS PLATOS DEL DOLOR

Era Julio del 2005 mis padres habían venido a visitarme y me traían de obsequio una frazada “Tigre”. En sus ojos una gran tristeza se reflejaba. Yo había decidido vivir en esta ciudad caótica, Lima “La ciudad de los reyes” y solamente había traído mis libros.

El inicio fue tan difícil. Mi cocina era pequeñita y usaba ron de quemar. Cada día era una lucha intensa. Jamás me rendía. Cuando las cosas se ponían difíciles mi gran terapia era cantar y cantar. No canto hermoso, pero es lo que más me apasiona y me libera de toda tristeza.

Los años transcurrieron con sus penurias y alegrías. Ahora era mayo del 2015. Recuerdo aquel beso en la mejilla de mi padre. Muy triste él me preguntó:

-¿Hija, vendrás para el día de la madre?

-No puedo padre (agachando la cabeza y besando su mejilla) Justo ese día tenemos que trabajar. Hay práctica en la Pre.

-Entonces nosotros iremos a visitarte el día 16. Los tres: tu madre, tú y yo prenderemos velitas en el nicho de tu hermano Martín. Espéranos.

-Estaré contando los días, padre (otro beso en la mejilla).

Luego del trabajo fui rápido al centro para comprar platos. Quería que todo esté perfecto. Limpio, ordenado y que nada faltara. Había mucho por hacer y mi labor terminó a la 2:00am. Cada vez que sentía el cansancio una sonrisa asomaba al recordar que mis padres vendrían. Nada podía estar fuera de lugar. Quería reflejar a una hija ordenada y que también poco a poco estaba progresando en comprar cosas de la casa.

Por fin coloqué mi cabeza en la cama. Imaginé el rostro alegre de mis padres al saber que ya sabía cocinar. Imaginé también ese caldo de gallina en los platos que por ellos había comprado.

Silencio y oscuridad. Sueño y sueño.

De pronto tocaron la puerta. Eran las 3:30a.m.

“Profesora Cecilia, la buscan en la puerta principal”.

Bajé. Tres personas me dieron la noticia. Mi padre no vendría a Lima. Había muerto.

El impacto fue al alma. Me quedé fría. El hombre de fierro se había acabado. El patriarca. El fuerte. El que solía decir: “Un Portilla nunca se cae”. Hoy cayó. La neumonía fatal abrazó y fulminó sus ganas de seguir viviendo.

Mi corazón se quebró en mil. Subí a la azotea. Busqué estar sola. Di golpes al viento. Miré al cielo y pregunté con llanto ahogado:

“¿Por qué? Yo te esperaba…Ahí estaban los platos…disfrutaríamos del almuerzo…¿por qué?

Me abracé fuerte y bajé. No había huellas de mis lágrimas. Con voz firme dije:

“Vamos ahora mismo a Huacho. Quiero verlo”.

Llegamos. Vi a mi madre sumida en profundo dolor. En el centro de la sala estaba el ataúd. Me acerqué. Lo contemplé por minutos. Tomé sus manos blancas, lo besé. Y muy despacito en su oído le supliqué:

“Nunca me dejes caer. Haz que soporte este dolor. Sostén mis manos. Por piedad, JAMÁS permitas que me derrumba”.

Las horas transcurrieron y en el funeral, mientras cargaba su ataúd recordé a César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes”… Luego a Calderón de la Barca: “Apurad cielos pretendo…”.

Todo el pueblo fue a acompañarlo en su última morada. Recordé a Julio Jaramillo y la canción “SOMBRAS”. Miré al cielo y las nubes anunciaban noche profunda de dolor y recuerdos.

Regresé pronto a Lima el trabajo esperaba. Al entrar a casa vi los platos en la mesa. Esos platos del dolor… los platos de la espera infinita. Busqué los discos que amaba mi padre…los escuché recordando la última noche en que bailamos por su cumpleaños (abril, 2015). Recordé cuan feliz estaba aplaudiendo y bailando con todos sus hijos. No lloré. Sentí en el aire unas manos firmes que me sostenían. Mi padre JAMÁS se fue. Está conmigo y se enoja si me rindo o lloro. Sonríe cuando canto y yo siento su mejilla tibia como aquel domingo de despedida.

Hoy 2019 los platos siguen conmigo…no los regalé…no los rompí…para mí simboliza el dolor…aunque nadie me entienda: es un dolor que fortalece. Al ver esos platos veo a mi padre sonreír. La sonrisa del patriarca. La sonrisa del hombre de fierro. La sonrisa de mi héroe por siempre.

AUTORA: Cecilia Portilla Sandón

( Chechicorazón) 

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