Los cantares del mudo 

En la ribera de un lago, azul como los ojos del verano, sobre una colina, se asentaba la casa de uno de los primeros conquistadores del nuevo continente. Dando hacia el acuoso trocito de cielo era su más florida ventana, junto a la cual posaba cada tarde la hija del prominente dueño. Con el sol de la tarde derramándose con la cascada de flores del muro, nunca faltaba la visita de su muy peculiar pretendiente, un pájaro azul con pinceladas violáceas. No menos curioso que este amante era su canto enamorado: ií-ií-lilí-lilí. ¡Con qué pasión cantaba aquel pajarito!

Liliana o Lilí, como la llamaban en casa, no podía evitar sentirse la dulce clave de su melodía , al escucharlo cantar su nombre de mil maneras. No lograba entender lo qué quería decir, pero le inspiraba versos dados a luz en su ventana.

El cadencioso idilio siguió al compás del ií-ií-lilí-lilí, hasta que una tarde el emplumado trajo consigo una rara flor y la depositó ante ella, con la devoción de quien ofrenda lo último que se tiene ante un altar. Esto confirmó las sospechas de la damisela; aquel alado no era el amante sino su mensajero. Sin saber si era comprendida o no, Lilí siempre le hablaba al ave, pero hoy por primera vez le hizo una petición, que se apersonase quien lo enviaba frecuentemente a ella. El pajarito pareció comprenderla. Y ascendió a la maraña de ramas del aguacatal junto a la casa, donde comenzó a cantar con más emoción.

El júbilo del corazón de ella era demasiado grande, pues por fin conocería a su misterioso amor…

Lilí se figuró que ahí era el escondedero del joven, alguien tímido para acercarse, pero tan carismático que podía encantar a un pájaro y hacerlo su cantante y conquistador exclusivo. Un sujeto así debía ser más que un príncipe.

Al cabo de un rato, el himno del ave se volvió como discusión, por lo que ella se preocupó un poco. Mas finalmente, el bullicio cesó, y el amante descendió al suelo con la gracia de un animal. Desmedida fue la impresión de Liliana al conocer al que inspiraba de sus versos: un indio con los pelos parados, cual asolados maizales después de la cosecha; con la piel ennegrecida por los látigos del sol; y un notable olor a cuántas jornadas de arduo trabajo acumuladas.

La descorazonada muchacha le pidió una explicación con la mirada. Pero para rematar, el nativo le hizo señas, indicándole que no podía hablar. Era mudo.

El pájaro, por su parte, voló y cantó a su alrededor para presentarlo: «Este es a quien tanto amas; y yo, su voz desde que nació. Su gente lo ha rechazado, pero tú lo has hecho muy feliz, aceptando su cariño». El chico bajó la mirada, los ojos de Lilí lo quemaban más que el propio sol.

La melodiosa mentira que envolvía la realidad del enamorado había sido rota. La desnudez de la verdad ofendió tanto a la señorita que esta demudó su rostro, y no nada, el eco de la confesión del mudo. Cerró violentamente la ventana y lloró con la amargura de una enviudada, pues había muerto su amado a manos de un pobre diablo.

El que ni siquiera podía decir su nombre también sintió morir, a manos de su única razón de vivir. La desgracia que lo golpeó fue tan grande que ahogó su vida en el alcohol. Pero nadie notó su ausencia, nadie más que su voz y único amigo.

El pájaro decidió tomar venganza y hacer que todos se compungieran por su amigo. Así que, una noche de verano, acudió de nuevo a la ventana, una vez sagrado altar, y entró volando a arrancarle la lengua a la cruel Liliana, quien enseguida gritó desgarradoramente, hasta ahogarse con su propia sangre. La única evidencia que encontró su padre fue un sombrero, como los que solían usar los indios bajo su dominio. Enardecido, les dio un escarmiento peor que la muerte a los supuestos verdugos de su hija: cercenándoles parte de la lengua a todos, para que nunca jamás se entendiesen nuevamente entre ellos. Pero en realidad, el sombrero también había sido parte de la venganza de la voz del silencio contra los que no entendieron a su amigo y lo rechazaron.

Ejecutada la condena que no comprendieron, a aquellos indios, ya con la lengua mutilada, solo podían decir «lilí-lilí», dando voz a lamentos perdidos. Mientras que cada noche endechaba el cantor.

Ií-ií-lilí-lilí (‘Era un amor más grande que las palabras’).

Ií-ií-lilí-lilí (‘Pero no tuvo palabras para excusarse de quererla tanto’).

Ií-ií-lilí-lilí (‘Su amada lo condenó, no supo escuchar su silencio’).

Ií-ií-lilí-lilí (‘Ay, Lilí, menospreciaste su silencio’),

Ií-ií-lilí-lilí (‘Ahora callarás hasta el fin de la eternidad, Lilí’).

Los cantares del mudo, sonidos que cuentan historias.

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