Las disputas de la Iglesia mexicana contra Maximiliano y Carlota.

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La decepción por parte del clero mexicano con respecto al emperador se hizo patente ante la ratificación como políticas imperiales las Leyes de Reforma, por lo que tuvieron que recurrir a la ayuda del papa Pio IX para que lo persuadiera de mantener las reformas liberales y acatase los acuerdos a los que llegaron cuando lo visito en Roma. Para el papa estaba claro que la existencia del imperio se había dado gracias al pulso mantenido por el clero quienes habían hecho las gestiones para hacer realidad la existencia del Segundo Imperio, por lo que era imperativo que el emperador velase por restaurar los intereses de la iglesia, pero como Maximiliano no había quedado con un acuerdo formal con el papa, solo se comprometió a prestar protección a la Iglesia como institución. En cambio, Maximiliano esperaba reformar a la iglesia mexicana siguiendo el modelo francés conformando un concordato para iniciar los trabajos de renovación, todos estos movimientos fueron conocidos por el emperador Napoleón III quien le da su visto bueno y se llega a mandar a las principales editoriales liberales del imperio.

Quien trabajaría en las nuevas reformas de la iglesia seria la emperatriz Carlota de Bélgica, cuyas apreciaciones sobre el clero eran muy negativas al notar como estaban más interesados en sus posesiones materiales que en velar por la espiritualidad de la feligresía, calificando al país como “mediocremente católico” comparada con Francia donde la Iglesia no se metía en los asuntos del Estado. Carlota consideraba al catolicismo mexicano como algo anticuado salido de los tiempos de la conquista donde se derrochaban recursos para mantener el culto, en contrapunto consideraba mucho más cristianas las iglesias protestantes de Estados Unidos quienes mantenían la austeridad de la predica e importantes actos de caridad con los más desfavorecidos, por lo que se platearía que la iglesia católica mexicana debía de seguir su ejemplo para evitar la intromisión estadounidense en el país. Si Maximiliano era liberal de su tiempo, Carlota era considerada una “roja” debido a su radicalidad con respecto a la postura del imperio con la Iglesia, llegando a matizar el compromiso del emperador de hacer al catolicismo la religión de estado al darle el sentido de la necesidad de garantizar la libertad de cultos y la de conciencia del pueblo, ni que decir de su apoyo a la iniciativa de vender las propiedades de la iglesia para financiar al gobierno.

Con estos principios como base, el concordato de Maximiliano establece la libertad de cultos dándole protección especial a la Iglesia católica, el compromiso del estado por mantener los gastos derivados del culto, prohibía que los sacerdotes le cobrasen a los feligreses y ellos no podían ser obligados a pagar lo que les pidan, las propiedad de los bienes de la iglesia para el Estado, el establecimiento del regio patronato emulando el que tenían los reyes de España, el acuerdo para que el papado restablezca las órdenes religiosas que fueron suprimidas, la negociación de los fueros, el registro civil debía de ser administrado por el gobierno y por último la secularización de los cementerios. El concordato recordaba muchos de los postulados planteados por los liberales hacia 1833 y la Constitución de 1857, como el caso de la libertad de culto que no fue tocada en el legislativo de 1833 debido a que todos los mexicanos eran católicos, aunque políticos como el Dr. Mora estaba en contra de la intolerancia de ley, por lo que en el constituyente de 1857 se establece la libertad de culto para incentivar la migración extranjera.

Los liberales mexicanos en un inicio buscaban que la Republica ejerciese la potestad del Regio Patronato una vez alcanzada la independencia tomando como ejemplo a la Francia Republicana que la ejercía desde 1801, pero como tuvieron con la negativa papal debido a la influencia de la monarquía española tuvieron que descartar el uso legal de esa figura, como Maximiliano si contaba con el aval del papa si podía ejercer el Regio Patronato y con ello lograr el objetivo de las primeras décadas, convertir a la clero en funcionarios del Estado. Como la Iglesia se convertía en parte del gobierno y dependía totalmente para su manutención, se acababa con los cobros arbitrarios de los sacerdotes para ejercer el culto, algo que la reforma de 1859 decidió no tocar y dejarlo como un asunto entre los religiosos con la feligresía, esta relación también facilitaba procesos como la desamortización de los bienes de la iglesia para engrosar las arcas del gobierno, el problema es que no atacaba problemas generados como la concentración de las tierras para las personas con más dinero.

Sobre el control de las órdenes religiosas era un punto compartido tanto por los liberales como por Maximiliano, ya que vieron a muchas de ellas como un freno importante para alcanzar la libertad individual, por lo que tanto la Republica de forma fáctica empezaría a desterrar a las ordenes que consideraba problemáticas, pero como Maximiliano contaba con el Regio Patronato tenía la legitimidad pontificia. Sobre la negociación de los fueros, Maximiliano pensaba usarla como medio de negociación política con la Iglesia para facilitar la aceptación de sus reformas, además de que al convertirse en funcionarios era necesario que gozasen de cierta protección a la que el emperador no estaba de acuerdo. Maximiliano buscaba empoderar al estado frente a la Iglesia, aprovechando que gozaba con el “aval” papal para lograr ejercer el Regio Patronato y buscar una solución transitoria para impulsar la adaptación del clero a la modernidad, pero esto sería impugnado por el sector más recalcitrante del conservadurismo mexicano.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Patricia Galeana. Las relaciones Estado-Iglesia durante el Segundo Imperio.

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Imagen: Grémar Fréres. Maximiliano y Carlota. Emperador y emperatriz de Mexico. 1863.

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