La Muerte de Ignatius

Todos los seres me miraban extrañados, no podían comprender el porqué del cese de mi emoción, se acercaron a mí, listos para escuchar algo que les ayudara a entender qué era lo que me sucedía. Inicié diciendo que el primer paso para estar triste era no estar feliz, pero de inmediato aprecié la confusión en sus rostros, aquel mundo era inquietante, pues esos seres no borraban su sonrisa ante ninguna de mis palabras. Opté por narrar una historia de la tierra, así tal vez podía hacer que sintieran algo, porque sin importar cuantos argumentos les diera, ellos no iban a entender con el razonamiento de sus cerebros algo que solo se puede razonar con el corazón.

<<Ignatius B. Samson era un escritor de mi cuidad, una ciudad pequeña de apenas varios cientos de habitantes. Escribía una crónica de sucesos y espantos en un serial por entregas mensual titulado “Entre Sonrisas y Maníacos” en un periódico local de la ciudad llamado “El Cronista”, a quien muchos conocíamos y quien pasó a formar parte esencial de la rutina diaria de todos; durante mis turnos en el ambulatorio lo veía, era yo quien desde hace 20 años cumplía su tratamiento de antirretrovirales, él tenía SIDA, también había conocido a sus padres ya difuntos, quienes cuando él había sido diagnosticado a los 30 años decidieron darle la espalda y hacer correr entre sus conocidos la noticia de que Ignatius tenía cáncer; supongo que para ellos era más digno morir de cáncer que de SIDA… como si en la muerte hubiera alguna dignidad.

La mañana del 16 de diciembre cuando no llegó a su tratamiento me temí lo peor, las horas pasaron intranquilas como si el tiempo, meditabundo y taciturno, me recordaba la inevitable hora en la que recibiría malas noticias. A las 9:15 del día vi su auto estacionar al borde de la acera, pero él no estaba ahí. Isabella, con la cabeza gacha y sin mirarme a los ojos me entregó una tarjeta, una invitación cordial para recordar y reflexionar todos juntos sobre el paso del Sr. Ignatius Barceló Samson por nuestra vida durante el funeral donde velarían su cuerpo y su memoria. Acepté el cartoncillo y sin cruzar palabras nos despedimos.

Esa tarde en el funeral que se dio en la más modesta capilla de la catedral de la ciudad, noté que ella estaba ahí, la tristeza envuelta en un manto invisible se acercaba a todos diciendo lo mucho que lamentaba nuestra pérdida; silente y poderosa posó la manos sobre el Sr. Martín, un hombre que rondaba los 40 años a quien Ignatius frecuentaba en un bar de la calle Candelaria miraba hacia la urna, pensaba en la inestabilidad de la vida, en como un ritual iba a desaparecer de su itinerario, con resignación bajó la mirada y sonrió amargamente pensando en el único destino que compartiríamos todos, la muerte.

Cuando la tristeza toco la espalda de Cristina, la secretaria del periódico, esta no pudo sentir más que nostalgia, recordaba con cariño la máquina de escribir Underwood con la que aquel hombre, que hoy no era más que un cadáver, transcribía sus manuscritos para hacerlos legibles y finalmente entregárselos a ella para que los digitalizara. “Pretencioso”, dijo para sí, acusando al hombre dentro de la urna.

La Sra. Feymann no fue tocada directamente por la tristeza, no había tal necesidad, ella vivía sintiendo lástima por el escritor, a quien le rentaba un departamento el cual ella tuvo que vaciar junto a la asistente del finado, sintió lástima porque tenía más libros que tiempo para leerlos, más escritos que tiempo para publicarlos y más cartas de amor que tiempo para enviarlas.

Flessanders Chiossone, un ridículo que caminaba bajo un seudónimo, cuyo nombre real era Jorge Pinto, fingía estar afligido, pero su pésima actuación invocó a la tristeza a tomar cartas en el asunto. La tristeza le dio una bofetada tal, que cayó de bruces y recordó lo mal que le caía Samson, su rival del periódico, recordaba el dolor que le producía que le redujeran su columna informativa de ideologías políticas nuevas y viejas que, hasta él reconocía, era pesada tanto de escribir como de leer. Mientras que Ignatius se ganaba las cartas, los lectores, los corazones y el reconocimiento que, según pensaba Jorge, se merecía Flessanders. Sus encuentros visuales eran una comunicación entre sonrisas y miradas envidiosas que el ahora difunto solía contestar con una sola frase que nunca había dejado dormir en paz al comentarista político “la envidia es la religión de los mediocres”. Aquel hombre se dio cuenta del lugar donde estaba y colocando los codos sobre las rodillas se inclinó a llorar humillado por un muerto y entonces, cuando notó que había sido un cretino ladrándole a un alma que nunca le perteneció; sollozó con amargura.

La tristeza miró la escena de pie ante el hombre, sin cambiar su rostro ni secar sus lágrimas y siguió su camino hasta llegar junto a la urna, donde Isabella miraba de pie la urna de su patrón. Ella era la asistente de Ignatius “Isa, vamos por un café, esa inyección le abre el apetito hasta a un faquir”, podía escucharlo decir. Las lágrimas caían de sus ojos y acariciaban sus mejillas lentamente y en silencio, de no ser por el movimiento de sus hombros para suspirar una vez cada dos minutos habría jurado que ella también había muerto. Recordaba con melancolía el día en el que pidió ser su aprendiz porque soñaba ser escritora, miraba apenada a la ventana que quedaba en la cabecera de la habitación recordando las noches de vela y vigilia en las cuales tuvo que cuidar de un hombre solitario sin familia, o lo que era aún peor, con una familia que decidió abandonarlo. A ella la tomaban como la doliente del difunto a quien había que darle el pésame y deconstruír verbalmente al hombre que ella conocía más que así misma, expresando la pena que sentía cada quien. Al parecer nadie, además de mí y de la tristeza, quien la abrazaba por la espalda, notaba como aquello la devastaba a un más.

A la hora que la tristeza decidió encararme ya había anochecido, ambas sabíamos que lo que yo sentía era un vacío absoluto, que hacía sentir mi alma como un agujero negro por donde se colaba un frío tenaz al saber que ya no lo volvería a ver, saber que cuando todos nos hayamos ido, alguien seguiría yendo al trabajo al día siguiente y el mundo no se detendría de girar, la recibí como a una vieja amiga y le conté lo que sentía hasta que amaneció.>>

Cuando subí la mirada para ver a los seres de ese raro planeta me sentí culpable por lo que estaba mirando, dije “Lo siento” y finalmente me uní a mis acompañantes, quienes lloraban sin cesar.

Nika Verduto

2020

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