La Montaña de Guerrero en el Porfiriato.

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Para 1910, el estado de Guerrero tenía 60 años de haber sido conformado de partes de los estados de México, Michoacán y Puebla, estimándose una población de 594,278 habitantes cuya vida económica giraba en torno al eje del camino de México a Acapulco, siendo el puerto, Chilpancingo, Iguala y Taxco los polos principales de un desarrollo que apenas empezaba a llegar. Esto provocaba que las regiones fuera de ese eje estuvieran completamente relegadas de cualquier indicio de desarrollo, como sucedía con los casos de las regiones de La Montaña y la Costa Chica, territorios antiguamente pertenecientes a Puebla y que debido a su terreno abrupto hizo imposible cualquier clase de aprovechamiento al no poder comunicar los pueblos mediante caminos y otros medios de comunicación (aun hoy resulta difícil llegar a algunas poblaciones), por lo que la forma para entrar es por medio de Chilpancingo para llegar a Tixtla, seguido por Chilapa y de ahí a la capital regional, Tlapa, en la cual confluye el comercio de los pueblos nahuas, mixtecos, tlapanecos y algunos de la Costa Chica con posibilidad de salir a Puebla.

En los años del Porfiriato y hasta el día de hoy, tanto La Montaña como la Costa Chica concentran buena parte de la población indígena del estado, por lo que ante la falta de vías de comunicación entre las comunidades hicieron que la miseria se volviera endémica entre ellos, a esto hay que aumentarle que la educación en el estado estaba muy retrasada al reportarse para los años 1909 a 1910 solamente 431 alumnos que pudieron terminar la educación primaria de los cuales es muy dudoso si alguno de ellos pudiera haber salido de La Montaña. Debido a estas condiciones de aislamiento, hizo que la región fuese gobernada de forma casi feudal por jefes políticos quienes tomaron el control las cabeceras municipales, disponiendo a su voluntad del destino de sus habitantes, empeorando la situación la promulgación de una ley el 11 de noviembre de 1908 donde se establecía un impuesto de 25 centavos al mes a los hombres de 16 a 60 por vivir en el estado, provocando en La Montaña que en el día se fuesen a vivir al monte y regresasen a sus hogares en la noche para evadir a las autoridades. El camino de Tlapa a Puebla hizo que otros dos pueblos pudiesen salir de la pobreza para participar en la dinámica económica, Huamuxtitlán y Olinalá, estableciéndose un eje donde se concentraron los principales negocios de la región como la compra-venta de ganado y el acaparamiento de tierras en complicidad con los jefes políticos.

Durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX, la miseria endógena hizo a La Montaña una de las regiones con mayor inestabilidad social en el país al desatarse algunas de las rebeliones rurales junto con las de Chihuahua, Sonora y los mayas rebeldes al no aguantar estas situaciones de abuso, como la de febrero de 1882 donde los lideres Marcos Hernández de Xochihuehuetán y José Vázquez se levantaron en armas con una gavilla de 25 personas y asaltaron Tlapa para liberar a los prisioneros de la cárcel y hacerse de las armas para saquear los comercios de la ciudad como los locales de españoles. A principios del siguiente año, volvería a formarse un movimiento armado, pero esta vez con reivindicaciones sociales como la exigencia del repartimiento agrario y que los librasen de la opresión de los jefes políticos, el cual fue reprimido con facilidad por el gobierno del presidente Manuel Gonzales a través del gobernador Diego Álvarez. Conforme pasaba el tiempo, las reclamaciones indígenas empezaban a agarrar solidez ideológica para darle un mayor sustento popular, como paso con el caso de Pascual Claudio de Temalacalcingo, siendo conocido como el “coronel del ejército del pueblo” lanza el manifiesto “Tierra, industria y armas” el 12 mayo de 1884 con claros indicios de influencia del socialista utópico Plotino Rodakhanaty llevada por Francisco Zalacosta, donde reclamaban el reparto agrario, acceso a ganado e igualdad con respecto a los extranjeros.

A pesar de que estos movimientos eran rápidamente sofocados, era cierto que Porfirio Diaz estaba inconforme sobre como los gobernadores no lograban mantener la paz en la región, cayendo de su gracia Diego Álvarez (hijo y heredero político de Juan Álvarez) a quien relacionaban con los caciques de Huamuxtitlán y Tlapa y el poco tacto que tenían para con los indígenas, por lo que decide apoyarse en Francisco O. Arce para ocupar el puesto de gobernador y pudiese disminuir la presión en el estado. Una de las primeras acciones para estabilizar la región fue el mandar al ejército federal para que sirviese de intermediario, pero esto no frenó la continua proliferación de manifiestos donde llamaban a la rebelión de los campesinos y que contaba con el supuesto aval del general Álvarez, dando pie al nacimiento del Ejercito Regenerador comandado por Silverio León en 1887. Por más que el ejército federal y estatal lograsen someter a un caudillo, en otro pueblo surgía otro levantamiento sin que hubiera nada para detenerlos como los mixtecos de Potoichan en Copanatoyac quienes asaltaron Tlapa, pero la realidad fue que al presidente Diaz no se preocupó mucho por resolver los problemas de raíz, mientras en lo político solo se reducía a acusaciones vacías de Arce hacia Álvarez como el supuesto instigador.

La falta de interés por resolver el problema de los campesinos en La Montaña hizo que el conflicto tuviese mayores alcances, como se demostró en 1891 cuando se agota la paciencia de la población hacia las comunidades protestantes apoyadas por el gobierno como un intento de contrarrestar el poder de la Iglesia católica representado en el obispo de Chilapa, quien ordena la expulsión de un templo masónico de Tlapa para tranquilizar a la población, aunque después tuvo que lidiar con el gobierno estatal. Los aires de la rebelión empezaron a bajar a la Costa Chica como lo demuestra el levantamiento de Juan Galeana en Ayutla hacia 1890, la del general Canuto A. Neri en 1893 y la de Rafael Castillo Calderón en 1901. Este fue el panorama con el que llegaron para las elecciones de 1910, quienes, ante la nula iniciativa por parte del gobierno, apoyaran a la candidatura de Madero al verlo como alguien recto y digno confianza para encontrar una resolución a sus problemas.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Francisco Herrera Sipriano. La Revolución en la Montaña de Guerrero. La lucha zapatista 1910-1918.

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Imagen: S/D. Procesión del señor del Nicho, Tlapa, Guerrero, finales de siglo XIX o principios de siglo XX.

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