La civilización andina en Chile.

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Como hemos analizado previamente, los primeros núcleos de la civilización andina se manifiestan en la Costa Central, la Costa Norte y la sierra hasta Ayacucho. Cada región desempeñó un papel crucial en la maduración e integración cultural, culminando en la emergencia de la civilización Chavín, cuyo fenómeno religioso otorgó una sólida base espiritual a estos territorios. A partir de esta etapa inicial, la Costa Sur, anteriormente en un nivel aldeano, comenzó a desarrollar su propia dinámica cultural. Surgió la cultura Paracas, que posteriormente influiría en Nazca, así como otras culturas aldeanas del sur de la sierra, como Pukará y Chiripa, que se integraron en este proceso.

Sin embargo, más al sur, las condiciones climáticas se tornaron más adversas con la presencia de ecosistemas inhóspitos como el desierto de Atacama. Esta circunstancia retardó la expansión del modelo civilizatorio andino hacia el territorio actual de Chile. A pesar de la abundancia de recursos pesqueros en las costas chilenas, la falta de fuentes permanentes de agua, en contraste con los oasis de los desiertos peruanos, limitó el desarrollo de sociedades complejas en esta región.

No obstante, estas sociedades chilenas exhibieron manifestaciones culturales de gran complejidad, como lo evidencia el caso de las famosas momias de la cultura Chinchorro, cuya antigüedad se remonta hasta el 5,000 a.C.

Gracias a las redes de intercambio con las sociedades de la costa peruana, los pueblos autóctonos chilenos adoptaron algunos elementos de la civilización andina, como la agricultura basada en el maíz, la cría de camélidos y conocimientos técnicos en metalurgia, alfarería y arquitectura para la construcción de infraestructuras. Sin embargo, estas influencias no fueron suficientes para impulsar un crecimiento demográfico significativo, lo que llevó a que, hasta el río Biobío, predominaran las sociedades aldeanas.

La influencia civilizatoria se dio en dirección de norte a sur. En la región del Norte Grande, especialmente en la zona cercana a Antofagasta, encontramos las primeras referencias de sociedades que combinaban la caza con la cría y el pastoreo de camélidos, complementando su dieta con recursos marinos. Fue alrededor del 2,000 a.C. cuando aparecieron las primeras evidencias de cultivos de maíz y calabaza. La primera cultura en adoptar la parafernalia cultural andina fue la Alto Ramírez, relacionada con los pueblos del altiplano peruano-boliviano, como la cultura Pukará, de la cual pudieron haber adoptado diseños en tejidos que simulaban cabezas cortadas. Este fenómeno marcó el inicio del desarrollo religioso en torno al pequeño centro ceremonial de Tilocalar, datado en el 1,200 a.C.

Uno de los principales núcleos civilizatorios se desarrolló en torno al oasis de San Pedro de Atacama, donde desde el 400 a.C. hasta el 400 d.C. encontramos vestigios de una pequeña élite que gobernaba sobre las aldeas de la región y controlaba el comercio de productos como la lana de las llamas, cobre, turquesa y cuentas de malaquita. Esta élite adquiría productos suntuarios como conchas, plumas de aves tropicales y estupefacientes como el cebil del noroeste argentino, como evidencia la aldea fortificada de Caserones. La interacción con los pueblos del altiplano llevó al Norte Grande a entrar en la zona de influencia de Tiwanaku hacia el siglo III d.C., con dominio centrado en San Pedro de Atacama y el valle de Azapa, donde establecieron colonias agrícolas y llegaron los llamados «cabuzas», quienes adoptaron el modelo de vida tiwanakota sin abandonar completamente el modo de vida aldeano y mantuvieron buenas relaciones con los últimos pueblos de la cultura Alto Ramírez.

El interés de Tiwanaku en el Norte Grande se centró en controlar el centro caravanero de San Pedro de Atacama y los yacimientos minerales de la región, asegurando a los jefes locales la conexión con la sociedad tiwanakota y el acceso a productos suntuarios tropicales a través de las redes de intercambio andinas. Esto dio lugar a desarrollos locales como Quitor, pero la presencia de Tiwanaku terminó hacia el siglo XI con su decadencia, lo que provocó el abandono de las colonias.

Más al sur, en la región conocida como Norte Chico o Norte Verde, hacia el siglo III a.C., encontramos indicios de la adopción tanto de la ganadería como de la agricultura. Esto dio origen a la cultura El Molle en la región comprendida entre los ríos Copiapó hasta el Choapa, donde la población se concentró adoptando un modo de vida sedentario. Esto permitió que una parte de los aldeanos se dedicara tanto a la alfarería como a la metalurgia. Las relaciones mantenidas con pueblos del noroeste argentino llevaron a que las sociedades El Molle desarrollaran el llamado Complejo Las Ánimas hacia el siglo VIII. Este complejo se trasladó tanto a los valles como a las costas, alternando su subsistencia entre la agricultura y la ganadería y aprovechando los recursos marinos, destacando la caza de mamíferos marinos.

Sin embargo, a partir del siglo X, comenzó un periodo de invasiones provenientes de Atacama por parte de los Diaguitas, quienes también tenían un modelo de vida aldeano. Su influencia artística andina se reflejó en la cerámica local con diseños geometrizados, introduciendo así una innovación en la región.

Los límites de la influencia andina se extienden hasta la Zona Central, con epicentro en la actual ciudad de Santiago. Se ha encontrado un desarrollo autóctono de la cerámica datado hacia el año 860 a.C. en Punta Curaumilla. Aún no está claro si este desarrollo fue local o producto de influencias externas, pero a partir del 300 a.C. ya se evidencia la presencia de agricultura en la región. Las sociedades aldeanas se dedicaron tanto a la vida agrícola como a sus actividades tradicionales de cazadores-recolectores, destacando la importancia de la producción alfarera. Gradualmente, la vida sedentaria ganó importancia, como se observa en las culturas Bato (250 a.C. – 600 d.C.) y Llolleo (150 – 900 d.C.), que construyeron complejos habitacionales y practicaban la deformación craneal.

El último desarrollo cultural más sureño relacionado con la influencia andina se encuentra en la cultura Aconcagua, que se desarrolló a partir del año 900 d.C. con límites hasta el río Cachapoal. Al igual que el resto de la región, no abandonaron la vida aldeana basada en la producción cerámica, lo que llevó a su completa integración en el contexto andino hasta la llegada de la invasión inca en el siglo XV.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Chile antes de Chile. Prehistoria.

José Berenguer Rodríguez. El Norte Grande en la prehistoria. Donde el agua es oro.

Francisco Gallardo Ibáñez. El Norte Verde y su prehistoria. La tierra donde el desierto florece.

Luis E. Cornejo Bustamante. El país de los grandes valles. Prehistoria del Chile central.

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Imagen:

Izquierda: Bandeja de rape con imagen del Dios de los Báculos, San Pedro de Atacama. Fuente: https://www.researchgate.net/figure/SAIS-snuff-trays-from-various-sites-San-Pedro-de-Atacama-a-Sequitor-Alambrado-tomb_fig4_333999281

Centro: Urna funeraria, cultura Diaguita.

Derecha: Jarro con representación antropomorfa, cultura Llolleo, valle del Maipo.

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