Julia.

Julia estaba distraída realizando labores del hogar; ya había lavado algunas camisas, limpiado el piso y la sangre que se hallaba en la alfombra de la cocina, justo al lado de la puerta que está adherida al piso y da inicio al sótano.

 Ella aguardaba un poco intranquila, a la sangre ya estaba acostumbrada, lo que realmente le inquietaba era la receta de la torta de maíz que había hecho para el postre. Repasó varias veces y en efecto, la había realizado tal cual dictaba en la hoja, pero a su parecer algo faltaba, así lo percibía, un poco resignada por la posibilidad de no haber mejorado la receta de la torta de maíz que solía preparar su madre, cuando aún vivía.

Si no hubieran tocado a la puerta, seguramente Julia hubiera continuado en la labor de verificar sigilosamente la receta. Así que soltó la hoja y se aproximó a la sala para ver si su padre y sus hermanos habían llegado, ya que éstos se encontraban adentrados en el bosque, deshaciéndose de cierto cadáver.

Y sí, ¡eran ellos!, difícilmente se pudiera tratar de otra persona, puesto que no recibían visitas, vivían en un lugar aislado y poco accesible a cualquier persona. Habían llegado cansados, Julia lo sabía por la cara que traían e inmediatamente le pidieron que les sirviera la cena. Todos aguardaron en la mesa mientras Julia enérgicamente salió a la cocina en busca de los alimentos.

El padre de Julia presidia la mesa, y luego de comer le explicaba a sus hijos que era importante que entendieran el significado de sus actos, ya era costumbre que luego de matar a alguien, y al culminar el proceso de deshacerse del cadáver, dedicara un momento para hablar al respecto y justificar todas esas acciones con un discurso basado en creencias fundadas por él mismo.

Les decía enfáticamente que no se trataba de una familia más que enloquecía por religión, pues ellos hacían su propia religión. No tenían que invitar a nadie a unirse, ni respaldar en deidades o tener fé, pues consideraban que no era requisito existencial para vivir en religión.

Explicaba además con mucho detenimiento los principios que lo regían y lo llevaban a tomar esa conducta que para el mundo significaría algo erróneo, ilógico y malo. Él mismo afirmaba no estar equivocado, no prometía un cielo pero si una vida muy realista, rodeada de muertes. Sus otros dos hijos eran sus colaboradores, y no daban la impresión de estar en desacuerdo con alguna de esas palabras, más bien parecían estar complacidos y conforme con el hecho de pertenecer a aquella aberrante idea de la que ya eran participes desde que tenían uso de razón.

Julia en cambio era una joven que a pesar de las personas con las que vivía, podría definirse como una chica normal, algo tímida, que pasaba la gran parte del día en conversaciones con ella misma. Tenía diecisiete años, era de cabello castaño, largo y ondulado, ojos color café, de piel blanca y contextura delgada. No había asistido jamás a ninguna institución educativa, todo lo que sabía, en gran parte, lo había adquirido particularmente. Su madre fue quien le enseñó la mayoría de las cosas que sabía. Era muy introvertida y jamás había interactuando con más de cuatro personas en su vida, debido a que la cabaña donde vivía estaba totalmente aislada de otras personas, Julia jamás había salido de aquel lugar, su padre no lo permitía. Precariamente había recorrido los alrededores de su propia casa. 

Su madre casi siempre había estado con ella, pero un día comentó  que su madre se había marchado definitivamente, que ya no quería seguir viviendo en la cabaña, que quería estar sola y no regresaría del Pueblo. Julia estaba devastada, no podía creer que su madre la hubiera dejado, aun sabiendo lo mucho que ella anhelaba salir de la cabaña. Ella no confiaba en su padre, pero éste le entregó una carta, que al darle una corta mirada pudo identificar que se trataba de la letra de su madre, en la carta explicaba su cansancio por el lugar y que necesitaba un tiempo, que se disculpaba por tener que dejarle, pero le imploraba entendimiento. Julia jamás pudo comprender aquello de una manera plácida, desde ese día se prometió así misma ser más fuerte. Su carácter cambió mucho desde aquel evento, con ella hacía la mayoría de las cosas, además de que a su lado podía desconectarse de la fatídica realidad en la que se encontraba, de esa perturbación constante de tener que ver la muerte como un asunto normal,con su madre no había sensación de cautiverio, no había sentimiento de culpa por las muertes que se llevaban a cabo en el sótano de su casa, ella era su protección, pero de pronto había desaparecido de su vida y se habia llevado consigo su estabilidad… 

Tuvo que adecuar su rutina a la ausencia de su madre, solía levantarse muy temprano, ella había asumido de lleno las actividades cotidianas de la casa; la alimentación de sus hermanos y de su padre. Se había resignado un poco a que ese era su destino, el único deber para el que se sentía capaz, esa era su manera de suprimir la realidad, levantarse cada mañana con el propósito de servir. Pese a que su voluntad era grande, su padre la controlaba completamente, pues ejercía una autoridad enorme en toda la familia. 

Ella era consiente de lo frágil que podía tornarse su fuerza de voluntad antes algunas situaciones, así que cada día comenzaba por limpiar alguna mancha de sangre que hubiera en la cocina. Julia no soportaba una pequeña mancha de sangre, mucho menos si conllevaba a algún recuerdo de sucesos relacionados con algún asesinato que se haya salido del itinerario, luego iba al bosque, donde colectaba algunas plantas. Su familia poseía algunos sembradíos de verduras y frutas de donde provenían la mayoría de los alimentos que consumían. Pero a veces ella solo iba por plantas para aliviar malestares, o algunas hojas de té que se hallaban entre la maleza. Julia conocía muy bien lo que era bueno y malo en el bosque, respectos a las plantas. Entre sus pertenencias favoritas se hallaba una colección de libros que contenían información detallada sobre muchas especies de plantas, gracias a su madre, Julia había adquirido una sorprendente destreza para identificar las plantas benignas y que sirvieran para algún tipo de enfermedad, esto le era de mucha importancia para aliviar cualquier malestar que pudiera suscitarse con cualquiera de los miembros de la familia. También conocía muchas especies de plantas venenosas, las cuales no eran de su particular interés, sin embargo leía mucho sobre ellas a modo de advertencia.

Julia era pulcra internamente y jamás había participado en los crímenes en familia, ella sólo se remitía a limpiar la sangre, realmente era una víctima silenciosa que sobrevivía cada día. No por esto tenía más tranquilidad, casi todo el tiempo. Su refugio era la introspección. Veía sombras que se formaban de la nada, paralelas a los árboles, y luego se perdían entre la niebla,y casi al tiempo  cubría una fría y suave brisa. Julia no prestaba mucha atención, siempre le sucedía, así que volvía a la cabaña con lo que había colectado y su día seguía la marcha cotidiana.

Al llegar a la casa se disponía a preparar el almuerzo y algún postre mientras su familia llegaba. También le daba de comer a Dam, un gato que había sido obsequio de su madre, lo trajo a casa una de las pocas veces que fue al pueblo. Una vez Julia terminaba sus deberes del hogar, se iba a su habitación y se sumía en la lectura, veía viejos álbumes de fotos, removía viejos juguetes. En eso se pasaba el resto del día, en secar lagrimas con las manos llenas de polvo.

Por las noches la realidad era distinta, Julia debía librar batallas en contra de sus sueños, casi siempre tenía pesadillas, sueños ocurrentes, parálisis del sueño, sueños premonitorios, sufría alucinaciones, y nunca había podido lidiar con esos sueños donde aparecía su madre pidiéndole ayuda de manera desesperada. En cada sueño sentía su ausencia intacta y se despertaba muy perturbada.

Había veces en donde quedaba tan exhausta que durante varios días se sentía indispuesta y sus hermanos debían encargarse de los deberes. Tomaba algunas hojas de té y poco a poco iba recuperando el brillo en los ojos. Era como un círculo del que Julia no podía escapar.

Todos los conflictos internos que habitaban en Julia iban paralelos a los que se manifestaban en la familia. Ella no participaba en la violencia que le infringían a las víctimas de su padre, y de alguna manera, esa enfermedad, esa hostilidad que vivía en Julia no le permitía comprender la gravedad del asunto. Colaboraba en la limpieza de la sangre, pero ella asumía eso como un deber más, no había malicia en sus actos. Ni siquiera estaba segura de si lo que veía era realmente algo malo, solo se sentía envuelta en una situación agobiante. 

A Julia le gustaba la puesta de sol, el bosque no permitía la mejores de las vistas, sin embargo ella se esforzaba mucho por imaginar un hermoso atardecer, trataba de suprimir por todos los medios los recuerdos tortuosos de un pasado que no terminaba de pasar y que se había casi perpetuado en su presente.

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Julia se declaraba en una permanente molestia con Dios, ella sentía que Dios la había abandonado, que permitía esas muertes y que la mantenía con vida porque era cruel, la hacía ver todos esos rostros carentes de vida, ojos sin brillo, piel incolora y con olor a putrefacción en señal de que comenzaba el proceso de descomposición del cuerpo que se aproximaba a ser devorado por gusanos que poco a poco despojan los huesos de la piel, dejándolos expuestos y desnudos, listos para ser corroídos por el tiempo hasta convertirse en polvo y finalmente desaparecer.

C     o      n     t     i     n     u    a     r     á. 

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