Francya y Pariz

Ellos nunca iban a permitirlo.
No serían capaces de entenderlo y por eso teníamos que marcharnos. Aunque nos pesara.
Y doliera.
—¿Crees que nos estamos equivocando? Porque ya no lo sé, Paríz ¿estaríamos dispuestas a correr ese riesgo? —Francya yacía en mis brazos, recostada sobre mi pecho, cerca y cálida.
Descansando sobre mi cama de cisne.
Con la luz apagada y las ventanas abiertas disfrutábamos de la tranquilidad de la noche.
Mientras ella fantaseaba con ojos abiertos.
—Paríz —pidió mi atención con voz suave y la miré por primera vez en mucho rato.
Me detuve en sus cejas, pobladas y arqueadas, sus pestañas alargadas y reparé en el rosa de sus mejillas.
Oh, mi Francya, tan dulce y majestuosa.
Mi mirada la acarició con ternura y me acerqué para besar levemente sus labios enrojecidos
—¿Si, Francya? —ella se acomodó un poco, de modo que yo pudiese apoyar mi mentón sobre su cabeza.
—¿Te escaparías conmigo?
—Si —respondí de inmediato—. Si, lo haría —me incliné un poco y dejé un delicado beso en la piel de su hombro. Me embriagaba su aroma.
—No digas lo que quiero escuchar —se levantó y me miró directo a los ojos, que a diferencia de los suyos, eran verdes—. Quiero que lo digas porque realmente lo quieres. Yo lo quiero… Te quiero a ti. Y no me importa lo que digan las personas o lo que piensen nuestros padres… Aun cuando sé que nunca lo aceptarían…
Una lagrima brotó de su ojo y la limpié con gentileza.
—Si —repetí—. Francya, hemos estado juntas casi toda la vida… Lo eres todo para mi —dije con sinceridad—. Y tienes razón, nuestros padres jamás lo aceptarían… Nos enviarían a ese internado de monjas antes de que terminemos de decirles que nos amamos.
—”Dos mujeres juntas es una aberración” —recordó ella con tristeza—. Eso fue lo que dijo mamá cuando se enteró del beso accidental que Odette compartió con Crystal. No le volvió a hablar a su familia. Imagina lo que pasaría si fuesemos nosotras. No quiero ni imaginarlo. No quiero alejarme nunca de ti —se lanzó a mis brazos.
—Entonces está decidido —dije, mirando el cielo a través de la ventana —Nos iremos.
Y su carita se iluminó como la luz de un millón de estrellas. Y esa noche hicimos un pacto.
Siempre juntas.
Pero nadie debía saberlo o siquiera sospechar. Nadie debía saberlo o nos separarían.
. . .
Dejamos pasar dos semanas. Era el tiempo suficiente para preparar la huida. Francya tenía casi todo organizado mucho antes de pedirmelo.
Me reí como loca. Ella era todo un caso.
Hicimos nuestras tareas, compartimos con nuestros familiares e hicimos todo correctamente. También nos distanciamos para guardar apariencia.
Y aunque todo marchaba a la perfección… podía sentir ojos sobre mi.
Escrutándome.
Revelando mis pensamientos.
La última noche antes de partir nos reunimos con nuestras familias a la hora de la cena con la esperanza, bastante marchita, de no tener que marcharnos.
Lo intentamos.
Y no tuvimos éxito. Ni siquiera tuvimos que hablar, sólo escuchar lo que ellos tenían para decir fue suficiente.
Estábamos cansadas.
Nuestras familias nunca aceptarían que estuviesemos juntas
Y sabíamos lo que pasaría si no nos ibamos.
Esa última noche, antes de ir a dormir, me topé con mi hermano mayor de camino a mi habitación. Él soló se limitó a observarme detenidamente.
Y por la forma en que lo hizo… Ya podía ponerle nombre a mis inquietudes.
Rogué para que la noche se hiciese día.
. . .
Al día siguiente, aún no estabamos listas para salir… O al menos, yo no.
Y el fuerte estruendo de mi puerta chocando contra la pared casi hace que mi corazón se detenga del susto.
—¡Pariz! ¡Pariz! —su dulce voz herida hizo que algo apuñalara mi interior. Francya tenía los ojos rojos y llenos de lágrimas.
Y las mejillas húmedas demasiado rosadas para el color natural.
—¿Quién te pegó? —chillé alarmada, tomando mi botella congelada para colocarla sobre su mejilla.
—Fue papá —comenzó a llorar—. Me quiere enviar a un internado, Pariz —se dejó caer en la cama agarrada a mi falda—. No quiero irme allá, no quiero —sollozó—. Me negué a la primera, por eso la cachetada. Y mamá lo único que hizo fue enviar a la sirvienta a preparar mi maleta ¡me enviarán allá hoy!
Y el corazón se me cayó a los pies. 
¿Qué? ¡No!
—Nos vamos ya —decidí. Tomé a mi mejor amiga y el amor de mi vida de los hombros y la coloqué de pie. 
Tomé la maleta, que por suerte ya estaba lista y eché a correr con ella tomada de mi mano. Aferrándose a mi.
Y yo a ella.
No nos separarían, no podrían, no iba a permitirlo.
Salimos de la casa y tomamos el sendero principal.
Esa área siempre estaba desierta la mayor parte del tiempo, además de que nos llevaría directamente al acantilado, que junto a él tenía un sendero, que si cruzabas con rapidez, te llevaría a la estación de tren más cercana en sólo minutos.
Y así lo hicimos. Atravesamos todo el lugar y salímos a la calle. Estabamos un paso más cerca de la libertad…
Pero las cosas no podían ser siempre perfectas.
—Eh, ustedes, par de lesbianas —paramos en seco y giré sobre mi eje para mirarlo determinada, no me avergonzaba, no lo hacía, no lo haría nunca.
Tomé su mano suave y la apreté con fuerza.
Yo había anticipado cada cosa. Lo pensé todo minuciosamente. Y no iba a permitir que nuestro camino a la felicidad se rompiera ni por un momento.
Ella tomó mi mano de vuelta. Mi Francya, siempre mía. Nos pertenecíamos la una a la otra. Siempre, siempre.
Miré a mi hermano y me preparé, tanto física, como mental, para lo que fuese. Echaría a correr con ella a mi lado si la situación lo requería.
Jack nunca fue un hermano comprensivo, no estaba ahí si lo necesitaba, él nunca me dirigía la palabra.
Yo, realmente, no conocía a mi hermano, a pesar de que vivimos en la misma casa por años.
—¿Creyeron que nadie iba a notarlo?
Apreté mis labios y Francya se sacudió con miedo a mi lado. La miré un segundo, le sonreí y lentamente artículé “te amo”.
No me importaba ninguna otra cosa en el planeta que no fuese ella. La amaba y lo iba a gritar a los cuatro vientos sin temor.
—Jack… —titubeé, pero él sólo sonrió, impenetrable como siempre. Llevaba su teléfono en mano y sentí pánico ¿llamaría a nuestros padres? ¿Ya lo había hecho?
¡No! Yo no podía permitir eso.
Pero, así como la vida está colmada de altos y bajos (más bajos que altos, a decir verdad) En algún momento debemos tener nuestro segundo de felicidad. De libertad… De vida.
—Se feliz —fue lo unicó que agregó luego de segundos de agonizante silencio.
Siete letras, dos palabras… infinito amor y dolor en cada sílaba. Una persona. Un desconocido de sangre.
 Mi hermano.
—¿Qué? —no podía creerlo.
—Lamento no haber sido un mejor hermano —se disculpó—. Sé feliz, Paríz.
Y no pude permanecer un segundo más sin moverme. Prácticamente salté a sus brazos. 
Y él me acogió con gentileza.
Jamás hubiese imaginado que algo como esto sucedería. Y por eso me permití dejarle cuanto amor pude en este primer y único abrazo.
Y aunque me hubiese gustado permacer así, un poco más, el tiempo se comía los minutos a bocados largos.
—Gracias —dije con lágrimas en los ojos. Él me respondió con una sonrisa cálida, una que jamás le había visto esbozar.
Ya no había tiempo que perder. Me aparte de él y corrí lejos, con el amor de mi vida tomada de la mano.
—¡Escribanme! —la lejana voz de mi hermano fue absorbida por nuestros oídos, mientras corríamos de la mano, felices. 
Juntas.
—¡Lo haremos! —gritó ella con fuerza, sin dejar de reirse.
Llegamos al acantilado, si bajábamos por ahí ya no habría vueltra atrás. Y nada pudo sentirse mejor.
—Te amo —susurró ella con una sonrisa radiante, hermosa, viva.
No pude resistirme, la tomé del rostro y la besé con fuerza. Eramos libres.
Miramos atrás sólo un segundo, para luego mirar al frente y deslumbrarnos con la belleza de una nueva vida.
Y sin pensarlo más bajamos juntas por la colina y nos echamos a correr.
Ya nada podría detenernos. Siempre juntas. Una sola.
Para siempre Francya y Pariz.
Fin…
. . .
Dedicado a alguien especial, por hacer de mis días malos una comedia.
Recomendado2 recomendaciones

Publicaciones relacionadas

0 Comentarios
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios

¡Descubre los increíbles beneficios de esta valiosa comunidad!

Lector

Escritor

Anunciante