Enough (Segunda parte de “Francya y Paríz”)

—¡Eso no es suficiente! —sus gritos desesperados se aferraron a las paredes, el techo, mi cabeza.

—Cariño, lo arreglaré —le dije con voz monótona.

—No lo harás —dijo, dolida—. Prometes y no cumples.

—Cat…

—Tú me encerraste aquí. Me tienes cautiva desde hace milenios —se abrazó a si misma y retrocedió hasta que su espalda tocó la pared.

—No puedo dejarte ir. No puedes apartarte de mi lado. No cuando te amo como lo hago… Eso debe atarte aquí, por eso no puedes irte.

—Te dije que eso no es suficiente —espetó sin mucho ánimo. Cansada.

—Catlan… Yo… Yo…

—Aedan, no puedes vivir para siempre de un amor a la fuerza.

—Tu me querías —bramé, sin demasiada convicción.

—Y amo el cielo, quien alguna vez fue mi cobijo. A las estrellas, que ya no son mis hermanas… Pero aunque las quiero, no las tengo conmigo, ¿puedes comprender lo que digo?

—Moriré si te vas —mi voz era una súplica rota.

—Yo moriré si me quedo —la dureza de sus ojos atravesó mi piel, quemó mi pecho y se alojó en lo más profundo de mi alma—. Estoy destinada a morir. No quiero dañarte.

—Yo te condené a esto. Lo lamento —susurré, mis palabras no se atrevían a llegar a ella por temor a ser golpeadas. Ella estaba furiosa y yo, aun en mi egoísmo, la comprendía.

—También es mi culpa —reconoció—. Yo salté a tus brazos extendidos, sabiendo cuál debía ser mi destino. Porque tenía miedo, miedo a morir. Pero ya no puedo hacer más. Esto, a la larga, nos afecta a los dos.

—¿Qué debo hacer? —me rendí, ella tenía razón—. ¿Cómo liberarte?

—Debes llevarme al lugar donde me encontraste. El lugar donde debí caer y morir.

—Oh, Catlan, Catlan —me arrodillé a sus pies y abracé sus piernas y ella se acercó para acariciar mi cabello. Su toque era delicado y a pesar de todo, lleno de amor—. Mi hermosa Catlan, como lo siento. No debí interferir en tu destino, pero no pude evitarlo

—Soy culpable del mismo modo. Por saltar a tus brazos —hizo que me apartara, para ponerme de pie y tomarla en mis brazos.

Acaricié su cabello color plata con mi nariz. Ella olía a polvo de estrellas. 

—Mi hermosa estrella fugaz —susurré contra sus labios.

—Es hora de irnos.

Limpié una lágrima de su mejilla.

—Lo sé

Catlan solía ser una estrella fugaz, ardiente y llena de brillo. Y Aedan un explorador vacío, con milenios de existencia desdichada.

Él y Catlan tenían algo en común.

Ambos estaban condenados al silencio. Catlan a caer y morir, como era el destino de toda estrella fugaz y Aedan a vivir eternamente entre soledad y vacío

Ambos le temían a sus propios destinos.

Hasta que una noche de luna llena y estrellas vibrantes, ambos temores se reconocieron. 

Ese fue el inicio de el más hermoso caos que pudo haberse forjado a partir del silencio

Ella debía caer y morir. Pero el la cobijó en sus brazos y ella adoró su cercanía.

Hasta que ninguno pudo dejarse ir. 

Pero la ley natural tiene sus reglas, también castigos para quienes las rompen.

Y la luz que debió permanecer en Catlan se fue apagando tan lentamente como un incendio en el interior de una cueva.

Lento, pero inevitable.

Aedan se negó a dejarla ir. 

Y muy en el fondo, a pesar de todo, ella no quería marcharse. Aun cuando le reprochaba tenerla prisionera, ella gozaba estar cautiva en sus brazos. 

—Puedes pedir un deseo —me susurró suavemente al oído, sujetando su cabello plateado detrás de su oreja.

La miré con todo el amor que aprendí de ella.

—¿Puedo desear lo que sea? —mi pregunta era mas bien una súplica.

Asintió sin despegar sus ojos de mi. Ya casi era el momento. Las estrellas fugaces nunca se salvan de caer.

—Entonces deseo que te quedes —ella sonrió con tristeza.

—Si deseas algo que no tienes, aparecerá, pero si pides algo que posees, desaparecerá. Lo siento —explicó con voz calmada.

—Entonces no quiero ningún deseo —refuté enojado y muy en el fondo, dolido.

—Tu estabas ahí cuando debí caer y morir. Es algo que es tuyo por derecho. Tendrás tu deseo aun cuando yo me haya ido.

—Quédate conmigo entonces.

Ella negó.

—No puedo.

—Por favor… —supliqué.

El sol se ocultó y un desfile de estrellas, camino a su muerte segura, comenzó a brillar frente a nuestros ojos.

Y los míos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—Es momento —se atrevió a mirarme un segundo, sonrió y dio un paso al frente—. Te amo, Aedan —acunó mi mejilla y aún con su mano sobre mi piel, comenzó a alejarse.

Pero cuando el cielo estaba a punto de tomarla en sus brazos como un pajarillo, para luego dejarla caer, la sujeté con mi mano.

—Entonces deseo que tengas una segunda oportunidad —dije.

—Aedan… —las lágrimas inundaron sus ojos y de un salto flotó hasta mis brazos.

—Ten una segunda oportunidad para caer —susurré contra su pelo, dejando que absorbiera mis palabras y le recitara al oído cuando estuviese lejos.

 

—¿Estarás ahí y me verás caer?

Asentí. 

—Y volveré a atraparte, luego a dejarte ir y pediré nuevamente el deseo. Una y otra vez. Así podré tenerte para siempre.

Catlan sonrió y se separó de él para luego dejarse caer.

Ya no tenía miedo. 

Ya no. 

Cayó y murió y fue feliz, porque sabía que regresaría a los brazos de su amado en algún momento y para siempre gracias a la eternidad de los deseos.

FIN.

….

Francya cerró el libro y miró a los niños con una enorme sonrisa. Maggie, la más sentimental de todos en el orfanato, tenía lágrimas en sus grandes ojos castaños y un puchero, que amenazaba con explotar, en sus pequeños labios.

—Entonces… Entonces —sorbió por la nariz—. Ella murió —no pudo seguir conteniendo sus lágrimas y se soltó a llorar.

Francya volteó a mirarme un segundo, sonriendo divertida, para luego volverse a la niña y rodearla con sus brazos e intentar calmarla.

—Si —le dijo suavemente, cómo quien cuenta un secreto de vital importancia—. Pero no debes preocuparte, ella regresará con Aedan.

—¿De verdad?

—Ujum —asintió y la pequeña sonrió, satisfecha. 

Cuando la niña de once años estuvo calmada y se alejó corriendo, me acerqué a Francya.

—Ha sido una historia hermosa. Estoy segura de que la amarán en cualquier editorial, Francya —concluyó la señora Carson, directora del orfanato que tanto amábamos visitar.

Francya sonrió con tristeza, fingiendo alisar su falda perfectamente planchada. Acaricié su hombro con suavidad. 

Y una de sus preciosas sonrisas fue suficiente para llenar mi corazón de felicidad.

—No sólo es mía —apuntó, mirándome. La señora Carson fijó sus ojos en mi y sonrió abiertamente.

—Ah, Paríz, hermosa —asentí.

—Ambas escribimos la historia —siguió Francya—. Somos un equipo.

—Y uno muy bueno. Deben probar con una editorial, ¿por qué no lo han hecho?

La sonrisa de Francya se congeló en su delicado rostro y bajó la cabeza.

Y es que no sólo ya habíamos probado con una editorial, lo habíamos hecho con varias, doce en total. Y todas nos rechazaban, otras ni se molestaban en enviar una respuesta para simplemente decir “No”

—Lo haremos… —balbuceó—. Cuando nos sintamos, eh, un poco más seguras.

Francya asintió y con una sonrisa comenzó a despedirse.

Visitábamos el orfanato dos veces por semana. 

Enseñamos a los niños, cuidamos de ellos y les leemos historias escritas por nosotras.

 Ellos lo adoraban y aunque las editoriales nos seguían rechazando, teníamos un gran público sólo para nosotras y eso nos llenaba lo suficiente.

Salimos del lugar luego de muchos abrazos y promesas de volver puntuales el miércoles siguiente para leerles otra historia.

La sonrisa de Francya había regresado a su rostro, bastó con muchos abrazos de los pequeños para devolverle el ánimo y finalmente, a las cuatro de la tarde, llegamos a casa.

—Paríz —Francya llamó mi atención desde la cocina, donde preparando un poco de té—. ¿Crees que alguna editorial nos acepte algún día? —la añoranza en sus voz era palpable.

Me acerqué y apoyé mi mentón en su hombro.

—No lo sé —admití—. Pero eso no hará que nos rindamos ¿cierto?

Besé castamente la punta de su naríz y sonrío para luego besar mis labios.

Ay, Francya, cuanto te amo.

Llevábamos viviendo juntas desde que nos habíamos marchado de casa. 

Y ya habían pasado dos años desde eso.

No volvimos a saber de nuestros padres y eso era tranquilizante. No obstante, persistía esa pizca de miedo. 

Nos atormentaba y decía que quizá algún día nos encontrarían y nos obligarían a volver con ellos.

Nos separarían.

Eso me rompería en mil pedazos.

Con mi hermano fue diferente y no supimos de él hasta un año después. 

Nunca me había alegrado tanto saber del él como en ese momento. 

De todas las personas que habían formado parte de nuestras vidas en el pasado, él era el único que aún podía vernos sin intención de dañarnos.

Y de algún modo, era algo que le hacía bien a Francya.

En cuanto al tema de las editoriales…

Nada, tristemente nada. No nos aceptaban porque éramos una sola. Ambas escribíamos las historia. Y nunca negamos el hecho de ser pareja ante nadie. Era algo que nos enorgullecía a pesar de todo.

El amor puede venir en todos los colores posibles.

Y para muchos ese era el problema.

 Maldito siglo.

—Ah, Pariz…

La voz de Francya me sacó abruptamente de mis pensamientos. Habíamos terminado el té.

—¿Si?

—Es jack —ella llevaba el teléfono en la mano.

Fruncí el ceño ¿Jack? El nunca nos llamaba luego de una visita. La cual había ocurrido ayer. Además, debíamos ser prudentes, esa era la razón de evitar llamadas.

—¿Jack? —tomé el teléfono y lo coloqué algo temblorosa contra mi oreja—. ¿Que sucede…?

—Tendrás que perdonarme algún día, Pariz —fue lo primero que dijo.

Y sentí la sangre congelarse en mis venas.

—¿Por… Por qué…? —Tartamudeé—. ¿Qué estás…? ¿Qué dices…?

—No pude evitarlo. Y se los dije, les dije todo. Salió mejor de lo que esperé. Sé que tú no querías, pero ya está hecho. 

—¿Qué cosa? ¿Qué dijiste? —estaba rozando la histeria con la punta de mis dedos.

¿Que lo dijo? ¿Que dijo todo? ¿Qué hizo exactamente?

—Jack… —de pronto sentí ganas de llorar y mas al percatarme de la mirada de susto de Francya sobre mi.

Tenía que sacarla de aquí.

—Se fueron ayer para allá. Tuve que darles la dirección aunque fue un poco difícil, aún me pierdo cuando voy a verla. Ellos estarán encantados de verte. De verlas a las dos —dijo, sonaba agitado, como si estuviera corriendo.

 

—Por Dios, Jack, ¡¿de qué se trata?! —grité y Francya se sobresaltó soltando la taza que llevaba en las manos, la cual se hizo añicos contra el pulido suelo de la cocina

—¿Qué sucede? —pregunto ella con voz temblorosa.

—Me perdonarás, Paríz, lo harás. Van para allá.

Y colgó.

Joder.

No podía dejar de pensar en lo fácil que todo se había deshecho y la mejor forma de sacar a Francya de aquí, todo con el teléfono aún pegado a la oreja.

Eran ellos.

 Nuestros padres. Venían para acá. Por nosotras. Nos separarían.

Solté el teléfono y este cayó sobre el suelo alfombrado en un ruido sordo.

Francya estaba sacudiéndome por los hombros, con una enorme duda resaltando en sus cejas.

—¿Qué sucede? ¿Qué pasa? Paríz, por favor.

—Tenemos que irnos —exhalé con dificultad.

—¿Qué? —me miró confundida

—¡Tenemos que irnos, Francya! ¡Nuestros padres vienen! ¡Vienen hacia acá!

Ella se quedó inmóvil, presa del pánico.

Jack dijo que partieron ayer. Maldición, era cuestión de minutos que estuviesen frente a la puerta.

—No, no… —negó—. Paríz, no…

—Nos iremos —decidí.

—Paríz, el orfanato —me miró con profunda tristeza.

—Lo siento mucho, Francy.

Ella se limpio una lágrima y luego asintió. No teníamos tiempo que perder.

La tomé de la mano y corrimos a la habitación, debíamos tomar algunas cosas. 

Pero no llegamos ni a la mitad del pasillo cuando el sonar del timbre, tan delicado como una campanilla, nos hizo detener en seco.

Eran ellos. Estaban aquí e iban a separarnos.

No, no, no.

Me encogí en mi lugar, sintiéndome pequeña.

 Inútil, desesperada.

Fue francya quien tomó la iniciativa, y apartandose de mi, caminó hasta la puerta. La tomé de la muñeca antes de que tomara la perilla. 

El timbre volvió a sonar.

—Espera —debía pensar en algo, pero nada se me ocurría, estaba nublada. Las lágrimas estaban agolpándose en mis ojos.

—No podemos huir toda la vida —acarició mi rostro con delicadeza. 

Antes de abrir la puerta.

Él. Cabello negro, traje impecable, arrugas en los ojos, nariz respingada. Semblante serio.

Ella, pose inmaculada, brazos cruzados, mirada dura, no hostil, vestido ceñido…

Eran ellos…

Pero, no lo eran.

Lo tenían todo pero, simplemente, no eran ellos.

No eran nuestros padres.

Ambas cruzamos una mirada, confundidas y aliviadas.

—¿Señoritas, Pariz y Francya? —preguntó el hombre con una sonrisa profesional y elocuencia en la voz.

Me acerqué a Francya y asentí lentamente.

—Es un enorme placer —esta vez habló la mujer—. Venimos de lejos, fue difícil llegar, pero no imposible, ¿podemos pasar?

Volví a mirar a Francya antes de asentir lentamente. Me hice a un lado, pues estaba bloqueando el paso.

Las personas sonrieron y con un asentimiento se adentraron en el departamento. Cerré la puerta.

—Es un bonito lugar —observó la mujer. Sonreía con calidez y de algún modo, los músculos de mi cara se relajaron

—Disculpen —preguntó Francya, algo dubitativa—. Pero ¿quiénes son?

La mujer sonrió y el hombre la imitó. 

—Veo que no nos esperaban. Disculpen nuestra falta de cortesía, por favor —se excusó él.

—Yo soy Ilsa Dal. Y el Joen Wells. Somos los dueños de la editorial ‘WritterZero’ y nos interesa mucho su trabajo. Nos gustaría hablar con ustedes al respecto y…

—Alto, alto, alto —interrumpió Francya—. ¿Editorial? Pero ¿cómo?

—Jackson Denner —explicó la mujer—. Él nos contactó, fue bastante persistente. Nos envió uno de sus escritos. También se tomó la molestia de ir a vernos en persona y darnos la dirección.

¿Jackson Denner? ¿Jackson? Jack…

—¿Mi hermano los contacto? —mascullé.

La mujer asintió.

Sentí las manos de Francya alrededor de mi cintura. 

—¿Les dijo que…? —titubeó.

—¿Son pareja? Si, lo hizo —la mujer sonrió de forma maternal—. Ese no es ningún problema. Seguímos interesados en su trabajo.

Francya y yo compartimos una mirada, confundidas, un poco extrañadas, pero llenas de felicidad.

No era una tormenta. Era nuestro sueño a punto de hacerse realidad. Quizá era momento de dejar el miedo y empezar a vivir por segunda vez.

Apreté su mano y sonreímos.

—Nos encantaría —dijímos al unísono.

Era nuestro sueño y no lo dejaríamos marchar.

Seríamos felices.

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