El tiempo cosmogónico y el Sol.

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Dentro de la religiosidad indígena, la realidad se compone de dos dimensiones cuyos tiempos transcurren de forma independiente. En la dimensión divina es donde habitan los seres etéreos conocidos como dioses, cuyos ciclos míticos se repiten de manera constante. Mientras tanto, en la dimensión terrenal, la existencia se rige por los parámetros dictados por esos ciclos míticos, proporcionando el sustento para su manifestación física mediante la materialización de episodios específicos.

Episodios míticos como el del Quinto Sol, el nacimiento de la música o incluso la creación de los diferentes animales continúan perpetuándose en la dimensión divina, asegurando su existencia tal como los percibimos. Tanto los sacerdotes como los médicos dentro de la humanidad poseen los conocimientos o la habilidad para acceder a esta dimensión divina. Por ende, para resolver los problemas presentes en el mundo terrenal, como las enfermedades, deben trasladarse a la dimensión divina. Allí, observan el episodio mítico que causó el mal, luchan contra el origen de ese daño y repiten rituales específicos para solucionarlo.

Un ejemplo ilustrativo es el testimonio para curar una fractura, donde el médico se transporta al episodio mítico de Quetzalcóatl viajando al inframundo por los huesos de las humanidades pasadas. Este episodio se manifiesta cuando el dios cae y arroja los huesos para que sean roídos por las codornices. El médico se enfrenta al jefe codorniz para asegurar la sanación del paciente.

El Sol es considerado el supremo gobernante del mundo material; sus rayos tienen la capacidad de materializar los resultados de las aventuras míticas, estableciendo así tanto las reglas como la forma de los seres mundanos. Esto da inicio al tiempo-espacio, aplicándose a todos los factores que gobiernan en la tierra, desde los animales y los diferentes grupos humanos hasta las plantas, las estrellas y los días.

Todos estos episodios míticos quedaron registrados durante el tiempo primigenio, el momento en que los dioses fueron expulsados de su hogar junto a la pareja divina. Existen relatos convergentes que explican este hecho, como el nacimiento de un cuchillo de pedernal por parte de los dioses creadores, que fue arrojado a la tierra y chocó en Chicomoztoc, dividiéndose en 1600 pedazos que se transformaron en dioses. Otro relato se relaciona con la transgresión de las reglas, como el acto de tomar las flores del árbol de Tamoanchan. Motivado por el pecado, este hecho provocó su quebrantamiento y resultó en la expulsión de los dioses.

Durante el tiempo primigenio, los dioses habitaban la dimensión mundana y protagonizaron diversas aventuras que dieron origen a las cosas en la Tierra. Estas culminaron con el nacimiento del Sol, cuando todos los dioses se sacrificaron para concederle vida. A pesar de esto, el Sol no escapa al ciclo de vida y muerte, asegurando su renacimiento siempre que los seres mundanos cumplan con sus obligaciones.

Lo que confiere al Sol su papel como gobernante del mundo terrenal es la capacidad de sus rayos para anular la creatividad de los dioses, fijando así sus acciones de forma permanente en esta dimensión. A pesar de este dominio, algunos dioses se resisten a reconocer la supremacía del Sol. En su intento de eludir su control, se refugian en el inframundo o en lugares oscuros como cuevas. Sin embargo, esto no afecta la supremacía del Sol.

Antes del ascenso del Sol, las acciones de los seres del mundo se caracterizaban por su comportamiento errático o pecaminoso. El nacimiento del astro impone un orden, asignando funciones específicas y transformando la naturaleza de sus acciones.

Bajo el gobierno del Sol, los dioses estaban obligados a cumplir con sus funciones respectivas para garantizar el mantenimiento del mundo. Sin embargo, el calor del trabajo provoca el deterioro de sus labores, generando fallas. Por lo tanto, los seres humanos tienen la función de alimentar a los dioses, ya que esto enfría sus cuerpos, repone sus fuerzas y les permite cumplir con su misión.

Una de sus funciones es la de ser regentes de los días, que siguen un orden donde participan 13 dioses guardianes junto con 20 dioses simples. Estos se fusionan para dar origen a un dios gobernante de ese día, creando así el calendario ritual de los 260 días, que converge con el calendario solar de 365 días. Esta interacción entre los dos calendarios y entre los diferentes dioses explica el azar, dando origen a la creencia en la existencia de días propicios o desafortunados para cada actividad humana. Asimismo, se sostiene la creencia de que el destino de las personas está predestinado desde su nacimiento.

El mundo, a su vez, está dividido en tres planos convergentes: el celestial, conformado por nueve cielos; la tierra, con cuatro niveles; y el inframundo, también con nueve niveles. Estos planos surgieron cuando los dioses Tezcatlipoca y Quetzalcóatl mataron al monstruo cósmico Tlaltecuhtli, dividiéndolo en dos para crear la dimensión terrenal. Distribuyeron cuatro árboles en cada uno de los puntos cardinales y uno en el centro para asegurar que no se volviera a unir. Estos cinco postes cósmicos actúan como receptáculos, permitiendo que los seres etéreos desciendan al mundo material, y aquellos con la habilidad de comunicarse con ellos pueden facilitar el paso de sus almas a la dimensión etérea.

Esta estructura sustenta la numerología religiosa basada en la sacralidad de los números 4, 9 y 13. Tanto el cielo como el inframundo tienen 9 niveles, pero al considerar todos los niveles regidos por el Sol, el total asciende a 13 niveles. Sumado a la cuenta de los días, esto proporciona la comprensión del tiempo a través de los calendarios.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Alfredo López Austin. La cosmovisión de la tradición mesoamericana. Segunda parte.

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Imagen: Nacimiento del Sol. Códice Vindobonensis, lamina 23, cultura mixteca, Posclásico.

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