El escape 

El reloj marcaba las 8 de la noche y el joven apresuró sus pasos al darse cuenta de que iba con varios minutos de retraso. 

Al llegar frente al cementerio por donde debía pasar se detuvo. Por un momento sintió como un frío estremecía su cuerpo y como los vellos de su piel se erizaban cuan gato asustadizo. Sus rodillas temblaron, su corazón retumbó en su pecho y haciendo acoplo de toda sus fuerzas tomó el camino del lado derecho mientras en su ser se instalaba una sensación de angustia y temor.

Siempre pasaba lo mismo al llegar frente al campo santo, siempre eran las mismas sensaciones a tal grado que lo hacían desfallecer, pero esta vez no debía pasar. Esta vez tenía que lograr pasar la puerta.

Sus pasos eran veloces, sus ojos y oídos estaban atento ante cualquier ruido a su espalda, pero una espesa niebla apareció ante él, inhabilitando por completo su visión, haciendo que diera de lleno contra varios contenedores de basura. 

Intentó levantarse, pero una fuerza invisible lo aprisionaba contra el suelo y entonces, sintió el filo de unas filosas garras rasgando la piel de su espalda mientras varios gritos de agonía se escapaban de su ser. 

—¿Cuántas veces te he dicho que no puedes volver? —Dos gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas al escuchar esa voz y reconocer a su portador— No tienes permitido salir. Ya no perteneces a este mundo. Hace años que moriste y ya es tiempo de que acepte tu destino.

—Aún no puedo hacerlo —Lloriqueó, mientras luchaba por zafarse del agarre que lo mantenía preso—. Ella, ella todavía me espera…

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