El cuervo

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Existe un recuerdo atascado en mi mente. Tan fresco como si acabase de pasar y tan lejano que me cuestiono, si gran parte de ello, es algo fabricado por mi corazón.

Todo comenzó con una invitación inocente, una tarde lluviosa de un 3 de diciembre, un día antes de mi cumpleaños. El día estaba gris, no solo por la lluvia, sino porque tenía el corazón herido, amaba y creía que no era correspondida y había decidido alejarme, aunque no quería aceptarlo. En medio de mi desgracia autoimpuesta, mi mejor amigo me escribe pidiendo que vaya a verlo tocar, era su primer concierto importante frente a personas destacadas.

Lo admito ahora, no quería ir. No encontraba el atractivo de loa música clásica.

Intentaba crear una excusa creíble para zafarme y enterrarme en mi miseria, en mi cuarto, pero su insistencia pudo más, así que estaba yendo a sus brazos, figurativa y literalmente. Pues cuando llegué y lo vi me sacudí, la confianza que tenía en su postura se había ido, la tranquilidad ahora eran espasmos y en lugar de su sonrisa pícara, había dientes apretados. En su lugar había un hombre encorvado, de manos retorcidas y ojos vidriosos. Lo vi y lo primero que hice fue acunarlo en mis brazos, recostarlo en mi pecho.

Intenté consolarlo lo mejor que pude, con palabras de ánimo para recordarle que ese era su lugar en el mundo y el miedo no debería arrebatarle su emoción. Poco a poco se relajó en su asiento y fue cuando me atreví a ir más allá y masajear sus hombres, y fue con su reacción que yo reaccioné. No solo él lo estaba disfrutando, también yo lo hacía.

Ahí lo noté, su cabello negro de seda, la piel de porcelana, los músculos del cuello, la sonrisa pícara, los ojos penetrantes. Mi mejor amigo era un hombre hermoso y era muy fácil caer en sus encantos.

Porque ese día… yo caí.

En un gesto de posesividad, cuando llegó el turno de tocar su parte en la pieza de invierno de Vivaldi, lo tomé del cuello para plantarle un beso rojo encendido, en un gesto de posesividad. Él solo sonrió y lo lució con orgullo, como una marca de una batalla ganada. Y ahí, mientras escuchaba hipnotizada, el mundo se veía diferente, se sentía diferente. Por él.

El baile de coqueteo siguió en la hora de distancia hacia nuestro pueblo, que se convirtió en una eternidad en mi memoria y mi memoria se quedó congelada en esa eternidad, cuando hablamos sobre amor y desamores y el futuro que podía tener nuestros nombres en él. Pues, según él, la ventaja de estar solos, es que podíamos estar juntos y podía garantizar que sería magnífico. Que no importaba nada ni nadie, siempre que nos tuviésemos el uno al otro. Y yo le creí… aún le creo.

Ahora, viene la parte complicada, donde se desdibuja, la realidad de mis sueños.

Esa noche, mientras el autobús rodaba en las calles mojadas y las luches se volvían puntos desenfocados, compartimos algo que no le dimos a nadie más. Que nos llevó a tomarnos de las manos, a recostarme contra su pecho, hasta que sentí cómo se acercaba a mi rostro, recuerdo escuchar su respiración pausada, profunda, necesitada, solo bastaba que subiera mi cabeza para sellar la pasión que emergía. Y aunque lo deseaba, me congelé… ¿Arriesgaría mi amistad por un momento mágico?

No… No lo hice.

Hasta ese momento me sentía como Cenicienta, pero yo misma hui antes que se hicieran las 12. Porque tenía miedo, miedo de perderlo, miedo de que todo fuese solo una fantasía. Ahora solo hay un muy corto cuento de hadas que vive en mis remordimientos, que en la soledad me atormenta y un príncipe que aún acecha en la distancia, esperando…

Ese día me llevé conmigo una promesa que no sé si se cumpla.

Un amor que pudo ser, pero que me incliné por la amistad segura.

El vacío de no probar sus labios.

Mi pieza favorita de música clásica.

Un recuerdo soldado.

Y un cuervo que, cada vez que mira, se lleva un pedazo de mi alma…

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