CRÓNICAS EN EL RÍO DE LAS ESMERALDAS III

III

Esa experiencia me desconcertó y asustó, de regreso al pueblo se la conté al anciano quien me recomendó:

-Has avanzado, mañana podrás ingresar al agua, ya verás lo que sucede, estoy seguro de que pronto podrás partir.

-¿No me ahogaré?¿por qué tiene que ser tan difícil?

-Has visto las esmeraldas, no todos los forasteros han podido hacerlo, ahora sabes nuestro secreto y comprenderás por qué vivimos aislados.

-Es una buena razón, pero usted ha dicho que el río no existía ¿cómo se formó entonces? ¿por qué no aprovechar esa riqueza en vez de ocultarla? ¿qué relación tiene el río con la humedad que corroe los metales?¿y esos destellos aguamarina que a veces iluminan el pueblo sin que nadie salga a presenciarlos?¿y cómo es…?

Mi pregunta quedó en el aire, el anciano tapó suavemente mi boca con sus dedos y dijo:

Si te cuento una historia ahora no la vas a creer, ve mañana al río, báñate en sus aguas, pero por ningún motivo toques las esmeraldas, si vences la tentación te la contaré al día siguiente y podrás irte; ahora te voy a platicar un acontecimiento que propició la formación del río, pues anteriormente sólo contábamos con pozos, lo hago para que algún día a su vez tú lo cuentes: aquí, antes de formarse el río nacieron dos bebés, una niña trigueña de ojos verdes, el otro un varón común y corriente, conforme crecían la niña destacaba por su gracia, hermosura y bondad, sólo tenía un defecto: era muda; el niño por el contrario carecía de atributos físicos además de desarrollar un carácter hosco , en contraste con apariencia poseía una voz potente y afinada, otra peculiaridad de Imelda (pues así bautizaron a la niña) era la de calmar las disputas con su sola presencia, tampoco había animal salvaje o ponzoñoso capaz de atacar si ella estaba cerca, sus manos calmaban dolores, revivían plantas, si la hubieras conocido…incluso Tomás (tal era el nombre del niño), quien al pricipio era huraño e incluso agresivo cambiaba completamente cuando se encontraban, convirtiéndose en el niño más obediente y cortés, ¿cómo decirte? Parecía que Tomás tenía una doble personalidad y era Imelda quien la activaba, por ella comenzó a cantar, y al hacerlo su apariencia se transfiguraba desarrollando entre ambos un amor por el cariño tan grande que se tenían, sí, no era un amor cualquiera, era un amor enraizado por el tiempo, firme como un roble, puro como el agua, una amor predestinado; ella era graciosa, bella y dulce, hecha para admirarse, él era feo, torpe e impetuoso, pero su canto embelesaba, estremecía, así se completaban, con su voz Tomás podía expandir toda la dulzura que Imelda le inspiraba, si hubieras escuchado sus serenatas, tan románticas que le traía con cualquier motivo, sus cantos por el bosque, mientras trabajaba en su taller, con el tiempo su carácter huraño y agresivo se endulzó, estaba enamorado y bien correspondido, todo parecía perfecto, ambos fueron muy apreciados y se esperaba con alegría su boda.

Como te comenté, vivíamos entonces comunicados con el resto del país, pero sucedió que eran tiempos de guerra, las poblaciones estaban desprotegidas y a merced tanto de bandidos como de generales inescrupulosos, al mando de tropas mermadas y desmoralizadas, uno de éstos entró al pueblo exigiendo alimentos y cooperación para sus soldados, nosotros siempre fuimos gente pacífica, pero beneficiar a un bando era enemistarse con el otro, aún así tratábamos de ser imparciales, de cualquier modo terminarían tomando lo que les apetecía, así pues se les alimentó y acomodó para descansar, la tranquilidad estaba rota y la preocupación se veía en todos los rostros, aquéllos hombres no conocían el respeto ni la compasión, eran groseros y vulgares, eran como animales acorralados y el general no se preocupaba por controlarlos porque había puesto sus ojos rapaces en Imelda, ella por su parte se mostraba siempre serena evitando en lo posible salir a la calle, Tomás estaba preocupado e irascible, mientras los demás ansiaban que la tropa partiera lo más pronto posible, pues nadie quería que se derramara sangre en vano ¿qué hacer? Los bandidos no eran mejores, el alcalde del pueblo trató de complacer al general, era difícil, sus hombres manoseaban a cuanta muchacha encontraban, maldecían, peleaban, amenazaban con sus armas, se emborrachaban, sí, eran un dolor de cabeza continuo y tolerarlos era cada vez más difícil, cuando por fin anunciaron su partida, el general reunió a la gente en la plaza y les habló de la necesidad de refuerzos para la tropa, de la obligación de los jóvenes con su país y el deber de los ciudadanos de apoyar al ejército para lograr la estabilidad y prosperidad; tal vez fuera cierto pero aquéllas eran órdenes, no exhortaciones, nadie le creyó, fue terrible, unos cuantos se ofrecieron para evitar que las armas siguieran apuntando a los ahí reunidos, Tomás también se ofreció; el general barrió a la multitud con su mirada, buscando a alguien; el general agregó que también se necesitaban mujeres fuertes y si ninguna se ofrecía él tendría que escogerlas, estaba escrito, Imelda avanzó ante el estupor de la gente y Tomás tembló de la rabia, todo estaba claro, el alcalde trató de protestar pero fue asesinado de un balazo, la gente quiso reaccionar y se hubiera abalanzado sobre esos desalmados ocasionando una desgracia si Imelda no hubiera volteado hacia la multitud extendiendo los brazos y abriendo las manos no los hubiera exhortado a detenerse, su hermoso rostro irradiaba paz y serenidad, sus ojos brillaban como esmeraldas recién pulidas, y así sin más, la columna comenzó a avanzar hasta perderse en la vegetación.

-Es una historia muy triste, pero no veo su relación con el río.

-Mañana lo sabrás, ahora hay que descansar.

Así pues pasé mi penúltima noche en el pueblo, escuchando el rumor del río que tal vez debido a la historia recién contada me pareció que hablara en su lengua mientras todo el pueblo se cubría como siempre de musgo y hongos, recordé las esmeraldas de su fondo y me las imaginé a la luz de la luna, brillando intensamente, desprendiendo de sí esos destellos que tanto me habían cautivado, veía levantarse ese resplandor como una niebla, Tomás, cubierto por un aura que embellecía su fealdad cantándole a su musa mientras bailaban cadenciosamente, sí, eran una sola alma dividida en dos personas, la gente del pueblo estaba en el río, bañándose, jugando y nadando con los pescaditos de colores, sí, fue un sueño muy bonito y eso me animó al día siguiente para presentarme ante el río y tratar de bañarme en él, estaba tan optimista que no pasé a visitar los despojos de mi moto.

El agua se veía tan tranquila como siempre, aún así me senté y con la mano comencé a jugar con el agua, platicándole la historia que me había contado el anciano y de mi sueño, le decía cuán agradecido estaría si me permitía entrar a bañarme, poco a poco los pescaditos de colores parecieron interesarse en mi monólogo ya que se acercaron a mi mano, deslizándose entre mis dedos y brincando alegremente, eso me pareció una buena señal, así que me despojé de mi ropa y me zambullí. El agua estaba exquisita, yo permanecí alerta cerca de la orilla, pensando que en cualquier momento se formarían remolinos, pero nada ocurrió, poco a poco nadé más hacia adentro mientras los pescaditos jugaban a mi alrededor, me sentí agradecido y relajado, la corriente era tranquila todavía pero yo sentía a veces movimientos en ella, como si me jalaran y me soltaran suavemente, ésta vez no me asusté, aunque no dejaba de ser extraño, me preguntaba dónde iniciaba el río o cómo encontrarlo en un mapa, no estaba seguro si ya habría sido suficiente la prueba y si podría tomar una de las balsas al día siguiente cuando las esmeraldas del fondo comenzaron a limpiarse de algas dejando toda su belleza al descubierto, brillaban con el resplandor del sol y yo creí soñar, nadé despacio, admirando aquél tesoro increíble, el agua seguía corriendo lenta, los pescaditos me seguían, pero un impulso me hizo desear tener una de ésas gemas entre las mano para apreciar su belleza, la advertencia del anciano resonaba en mis oídos pero yo estaba alucinado y me hundí para tratar de tomar aunque fuese una sola. Faltaban apenas unos centímetros para que mis dedos alcanzaran el fondo cuando creí escuchar un terrible grito, casi un rugido de animal herido y en esos instantes el agua inexplicablemente comenzó a teñirse de rojo, me espanté y subí rápidamente a la superficie, al hacerlo me vi en un río bullente de sangre, a lo lejos se escuchaban lamentos ininteligibles para mí prorrumpidos por alguna gran boca, su cercanía me hizo temblar y por más que nadaba no podía alcanzar la orilla, lo más macabro es que corriente comenzó a traer desde no sé dónde una procesión de hombres leprosos que se aproximaba violentamente, manoteando desesperados, con los ojos muy abiertos, pidiendo ayuda, hundiéndose en la corriente embravecida, golpeándose contra las esmeraldas del fondo y volviendo a emerger, me vi envuelto en esa escena, los sentí pasar junto a mi, aferrarse a mi sin éxito, cerré los ojos y empecé a rezar, sinceramente arrepentido de haber desoído la advertencia del anciano y supliqué al río que me dejara regresar a la orilla, poco a poco aquéllas voces de pesadilla fueron apagándose y me atreví a abrir los ojos, el agua había recuperado su color, suspiré agradecido y nadé temblando a la orilla.

Quise regresar inmediatamente al pueblo, pero sentí que no había recibido ninguna señal que me permitiera partir al día siguiente, estuve sentado un buen rato, disculpándome por mi atrevimiento, metí mi mano en el río, como al principio, diciéndole que lo había hecho por curiosidad, no por codicia, mi único y real deseo era volver a mi casa y necesitaba estar seguro de que podría hacerlo sin peligro, los pescaditos se acercaron nuevamente, fuese el reflejo del sol en el agua o mi sinceridad, lo cierto es que vi a los pescaditos deshacerse a sacudidas ocasionado que sus colores tiñeran el agua, miré a todo lo largo del río y era lo mismo, todo el río vibraba de colores, no era una ebullición, la superficie se movía, como cuando golpeamos un recipiente de metal lleno de agua, pero ésta formaba figuras, tal como si los pescaditos se hubieran mezclado entre sí y se combinaran para crear formas y figuras, yo estaba cada vez más asombrado y sonreí porque estaba seguro de haber sido perdonado, el sol ya se ocultaba y regresé al pueblo donde, como siempre me esperaba el anciano, pero curiosamente ésta vez mi cena consistía en un poco de guisado, sin tortilla y una jícara a medias de jugo, él, al percibir mi extrañeza dijo:

-Sé que te irás mañana, pero debe ser temprano, por eso no debes comer mucho, ahora cuéntame cómo te fue.

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